El Palacio de Viana cordobés y sus doce patios

 

En el artículo anterior expliqué que la Ruta de los Patios es uno de los principales atractivos turísticos de Córdoba. Una tradición, existente al menos desde 1921, que consiste en la apertura al público de una serie de patios domésticos de antiguas viviendas, debidamente realzados con decoración tradicional y el colorido que aportan muchos, muchos, tiestos con flores engarzados en sus paredes. También contaba que hoy en día eso se ha hecho extensivo a patios de otros edificios, institucionales, civiles y religiosos: restaurantes, museos, conventos, hoteles y, por supuesto palacios. 

 

La austera fachada, obra del arquitecto renacentista Juan de Ochoa en el siglo XVI
 

A estos últimos corresponde el de Viana, declarado Monumento Histórico-Artístico Nacional y que dado su tamaño reúne en su superficie hasta una docena -la mayor concentración de la ciudad- bastante diversa: tiene patios grandes y pequeños, con fuentes y árboles, adornados con estatuas y estanques... También un gran jardín. Echémosle un vistazo a todo ese suntuario complejo que hacía más cómoda la vida de sus distinguidos propietarios; es curioso el hecho de que, según  los expertos, una familia modesta actual tenga mayor calidad de vida que aquéllos.

 

Plano del palacio

Ese conjunto arquitectónico remonta sus orígenes a 1425, cuando todavía era un puñado de casas que adquirió el señor de Fuencubierta, Ruy Fernández. Sesenta y siete años más tarde otro notable, Gómez Suárez de Figueroa, edificó allí el primer palacio, que fue pasando de mano en mano a través de los siglos a la par que iba creciendo y tomando forma. En 1871, quedó vinculado por herencia al marquesado de Viana, cuyos titulares lo cedieron en 1980 a una entidad bancaria y ésta, reconvertida en CajaSur, lo abrió al público al año siguiente, que fue cuando lo declararon Bien de Interés Cultural.

 

La cocina campera palaciega, lugar predilecto del último marqués para las tertulias

Son seis mil quinientos metros cuadrados cuya visita permite contemplar las dos plantas del edificio, enlazadas por una escalera y balaustrada atechadas con artesonado mudéjar y decoración heráldica, más sus patios y otras dependencias. Desde fuera nada parece augurar la espectularidad de la visita, habida cuenta que el exterior es relativamente modesto y hasta podría pasar desapercibido para el viandante. La sencillez de las paredes, blancas, encaladas, sólo se rompe con la portada blasonada del siglo XVI, situada en un chaflán aunque con una gran puerta y un doble arco -único en el mundo- diseñado para que pudieran pasar los carruajes.

Un rincón de las caballerizas con una elegante carroza nupcial (decimonónica, decorada con pinturas de Cupido restauradas por Sorolla) y el uniforme del postillón
 

Precisamente las caballerizas conservan una carroza nupcial tipo berlina, un palanquín, una montura árabe -que la tradición atribuye al sultán nazarí Boabdil-, varios pesebres, arreos diversos... En realidad es la última parte de la visita, siendo la primera, ya en el primer piso, el Salón del Mosaico, que debe su nombre a que el suelo es un mosaico romano del siglo IV. A continuación se suceden el Salón de Firmas (por las rúbricas de personalidades destacadas que visitaban Córdoba), el Salón de Tobías (que era el comedor principal y se llama así por los murales pictóricos que lo adornan, alusivos al libro bíblico homónimo) y la Sala de Vitrinas (que expone la colección de vajillas rococó de la Compañía de las Indias que el rey Alfonso XIII regaló al marqués de Viana).

El Salón del Mosaico, cuyo nombre se debe al mosaico romano del siglo IV d.C. que lo pavimenta desde 1923
 
Un detalle arquitectónico ornamental

La segunda planta se divide en dos zonas. Una es la habitacional, es decir, la que muestra al curioso las dependencias donde vivían la familia y el servicio, además de ocasionales -e ilustres- invitados. Hay varios dormitorios (con mención especial para el Negro y el Francés), la cocina (tipo campero, con una gran chimenea), el despacho de la última marquesa, un comedor donde se pueden ver un retrato de Alfonso XIII hecho por Sorolla y una colección de cerámica de Talavera de la Reina, así como unos cuantos salones: el de los Sentidos (de té, con muebles decimonónicos), el del Artesonado (nombre alusivo a su cubierta mudéjar), el Portugués (con mobiliario luso dieciochesco) y el Rojo (con paredes de seda de ese tono y exquisito mobiliario).

El Patio de Recibo, acceso principal aunque originalmente (en 1421) no tenía permiso para conectar con el exterior al compartir muros con vecinos. Cuando se reconvirtió la casa en mansión renacentista, fue dotado de columnas toscanas. Hoy se adorna con buganvillas y celestinas.


La otra zona está dedicada a la exposición de las colecciones, que incluye no sólo a las de la familia sino también parte de las de CajaSur. Allí están la Galería de los Azulejos (doscientas treinta y seis piezas de distintas épocas y culturas), la de las Batallas (con pinturas bélicas de Pieter van der Meulen), la de los Cueros (treinta piezas, acompañadas de cordobanes o cueros sin color), guadamecíes (o sea, cueros policromados,  a los que se suman arcabuces y libros cinegéticos), la biblioteca (siete mil volúmenes repartidos en dos salas, una de estilo francés y otra inglés) y la colección de tapices, que tiene dos partes: el Salón de Goya y el de Gobelinos, quedando entre ambos un espectacular tapiz que el maestro Wilhelm de Pannimaker tejió para Carlos V.

 

El Patio de los Naranjos. De inspiración mudéjar, era el acceso principal en el siglo XV y entre las flores que crecen en él destacan los heliotropos, que el marqués decimonónico solía prender en el ojal de su solapa

El Patio de las Rejas, del siglo XVII, se llama así porque puede verse desde el exterior a través de una ventana enrejada
 

A todo eso hay que añadirle cuatro salas más: la Brueghel, con pintura flamenca del siglo XVII; la dedicada al duque de Rivas, el famoso artista romántico, que al fin y al cabo fue el primer marqués de Viana; la Julio Romero de Torres, que expone cuadros de dicho pintor; y la Barroca, con obras de Valdés Leal, Aciscio Palomino y Lucas Jordán. Y, para rematar, la capilla palaciega: es de reducidas dimensiones, decorada con un retablo decimonónico, y se ubica en uno de los patios junto a la Galería de los Saavedra, nominación referente al autor de los seis retratos familiares que alberga -curiosamente todos ataviados a la moda de los Austrias-, aunque hay también otras piezas, entre ellas una colección de espadas y sables. 

El Patio del Pozo se adorna con piezas arqueológicas. Donde hoy está el brocal había antaño una noria

 

El Patio de la Capilla, llamado así por razones obvias, se hizo en el siglo XVII y pasó a ser el principal en el siglo XIX


Posiblemente lo que más visitantes atraiga el sitio, al menos en las fechas ad hoc, sean los patios. Hay doce y tienen poco que ver con los del circuito urbano, ya que, al tratarse de un palacio, su tamaño y esplendor son acordes a esa condición. Aquí dejo fotos de algunos junto a otras dependencias; no todas porque, del interior, sólo en algunas está permitido hacer fotos, así que si alguien tiene curiosidad puede ver más imágenes en la web oficial.

 

Foto de cabecera: El Patio de Columnas, contruido en los años ochenta del siglo XX para disponer de un espacio en el que celebrar eventos

Fotos: JAF 

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