Paseo por los patios de Córdoba
A veces, la magia brota de lo cotidiano. ¿Hay algo más doméstico e insulso, a priori, que el patio de una casa? Pues los patios tradicionales se han convertido, habilidosísima e imaginativa intervención mediante, en uno de los principales atractivos turísticos de Córdoba. Sin necesidad de desmesuradas inversiones millonarias y con un esfuerzo publicitario sosegado pero continuo, que los ha llevado a ganarse la consideración de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. La mayoría son modestos rincones de antiguos hogares con elementos típicos -tiestos, regaderas, aperos de labranza, pozos, máquinas de coser, etc-, sometidos a una intervención decorativa para concederles una segunda vida.
Algunos de sus dueños han restaurado también partes de las viviendas, fundamentalmente las cocinas, que presentan con todos los enseres típicos de otros tiempos, como molinillos de café a manivela, escudillas de cobre, pucheros de barro, lecheras de metal y tapetes de ganchillo, o detalles curiosos que pueden ir desde el clásico bote cincuentero de Cola Cao -aquel de lata en vez plástico- a una pecera improvisada en un televisor, una talla religiosa en la pared flanqueada de farolillos o incluso una maqueta a escala del hogar.
Pero como Córdoba rebosa patios también se pueden encontrar de mayor escala, generalmente pertenecientes a diferentes instituciones civiles o religiosas. Así, el Museo de Bellas Artes tiene el suyo, al igual que el Arqueológico, el convento de Santa Marta o el Palacio de Viana (que reúne una docena y, por tanto, será el tema del próximo artículo), por citar sólo algunos. Hasta los restaurantes han habilitado los de sus locales para acomodar a los comensales en un entorno con encanto especial. Y, ya puestos, no me resisto a adjuntar una foto del patio -convertido en hall- del hotel en que me alojé: La Casa de los Faroles.
Fotos: JAF.
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