Las urracas parlanchinas en Hughada
Cuando vives en ciudad no es el gallo el que saluda la aurora sino otras aves. En mi caso, cada mañana son las gaviotas las que me despiertan con una barahúnda que a veces parece el parlamento de Taiwán. Lo que nunca se me pasó por la cabeza es que un día pasaría un par de semanas de preciadas vacaciones en un destino exótico madrugando inmisericordemente por culpa de unos córvidos -a los que bauticé las urracas parlanchinas recordando los dibujos animados de mi infancia-, que estaban afincados plácidamente en el hotel. A cuerpo de rey, además, que el establecimiento era de cuatro estrellas. Fue una de las sorpresas que me llevé la primera noche que pernocté en Hurghada, una urbe egipcia que ofrece una alternativa de sol y playa a los clásicos cruceros por el Nilo y que, al estar en el Mar Rojo, pensé que sería pródiga en gaviotas. No ocurrió así. Apenas las ví hasta que que embarcarqué en una de esas excursiones contratables para bucear en los arrecifes de co...