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El drago de Icod

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  Había estado ya dos veces en Tenerife y a la tercera fue la vencida. Si en las anteriores no pude acercarme al norte de la isla por imprevistos varios, este verano me prometí que no se me escaparía, aunque fuera en una visita somera. No resultó fácil porque la recalcitrante pandemia tuvo entre sus inusitados efectos secundarios el reducir el parque móvil disponible para alquiler y, dado que el plan fue más bien improvisado, me costó encontrar un automóvil que no se encuadrase en la gama alta (para la que siempre hay disponibilidad, salvo que uno no disponga de una chequera ilimitada, como es mi caso). Finalmente, el dueño de una agencia lo arregló, de forma tan meritoria como osada, cediéndome su propio coche.   Gracias a ese buen samaritano, por fin tuve ocasión de disfrutar de serpenteantes carreteras al borde de acantilados, sinuosas curvas generadoras de implacables náuseas y rampas de acentuado desnivel que erosionaban el cambio de marchas mientras ascendía los barrancos que fo

Puteoli (Pozzuoli), el balneario medieval napolitano

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  No todo se reduce a Pompeya, Herculano y Capri en Nápoles. Estas ilustraciones del siglo XV muestran algo realmente curioso: unos bañistas en la playa de Puteoli, actual Pozzuoli (un municipio metropolitano napolitano) cuyo nombre significa algo así como "pocitos" ¿Por qué? Porque en su entorno, a una decena escasa de kilómetros de la gran ciudad, se ubican los Campos Flégreos. Pozzuoli y los Campos Flégreos a vista de satélite ( Wikimedia Commons )   Así es como se conoce a una caldera vocánica situada en Campania y constituida por veinticuatro cráteres y conos, algunos de los cuales son accesibles a pie mientras que otros se hallan sumergidos bajo el mar o anegados, formando estanques de barro hirviente o lagos como el Averno (donde Virgilio, en la Eneida , situaba la entrada al Infierno) o el Lucrino (donde Plinio el Viejo sitúa su leyenda del delfín muerto de tristeza ante el óbito de un niño del que se había hecho amigo).  El Balneum Tripergulae , ubicado

Descubriendo el castillo asturiano de Gauzón

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  La mayoría de los lectores no habrán oído hablar de Raíces Nuevo. Lo cierto es que ese lugar de nombre tan peculiar tampoco le suena a casi nadie en el costero concejo de Castrillón donde se ubica, en el Principado de Asturias , por su pequeño tamaño: poco más de dos mil doscientos habitantes que, encima, están repartidos en dos núcleos poblacionales (Raíces Viejo y Raíces Nuevo) que no forman parte de ninguna parroquia.  Tal singularidad tiene su motivo más reciente en la edificación de nuevas viviendas para alojar a los numerosos emigrantes que en los años cincuenta del siglo XX llegaron desde toda España para trabajar en la siderurgia. Pero hace poco fue noticia por la recreación digital del castillo de Gauzón, por lo que vamos a remontarnos más atrás en el tiempo, a la Edad Media, para saber su origen y evolución. Todo empezó en un promontorio rocoso, medio tapizado de verdísima foresta en su base, que dominaba la ría de Avilés y el litoral de su entorno, constituyendo una buena

El alquimístico nacimiento del whisky escocés

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  No se puede viajar a un sitio y permanecer al margen de los productos típicos; la gastronomía forma parte de la experiencia turística y si uno pisa Asturias tendrá que probar la sidra; si va a Francia, el champán; si es México el destino será el tequila lo que tocará y así sucesivamente. Hablo sólo de bebidas porque el caso que me ocupa hoy es Escocia , donde está claro que el protagonista es el whisky y si llevarse como souvenir un pack de botellines de diversos tipos es un clásico, raro será que, además, a un visitante no le ofrezcan visitar una destilería.  En mi caso, fue casi la primera experiencia escocesa que viví fuera de Edimburgo, en una parada que hice nada más dejar la capital. Fue una mañana de verano, gris y nubosa como casi siempre en Escocia, tras partir  en dirección norte y pasar ante Forth Bridge, un puente ferroviario que me hizo especial ilusión por ser donde Richard Hannay, el protagonista de Los 39 escalones , escapa de sus perseguidores. Se trat

El Museo de Falúas de Aranjuez

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  Cuando visité Aranjuez, hace ya tiempo, me llevé tres sorpresas. La primera fue que, durante la primera noche en el camping donde pernocté, un gato noctámbulo aprovechó las tinieblas para asaltar la bolsa de comida que había dejado fuera de la tienda de campaña y se dio un festín de queso y embutidos a mi costa ¡y sin dejar propina! La segunda, asombrarme de que el Palacio Real local poco o nada tenía que envidiar en belleza y espectacularidad a los de Madrid y Versalles, salvo en tamaño. Y la tercera, verdadero descubrimiento, tiene nombre propio, también vinculado a la monarquía: el Museo de Falúas Reales .  Este último forma parte del Real Sitio, cuyo origen se remonta a la estancia de Felipe el Hermoso en el palacio de los maestres de la Orden de Santiago pero que como residencia de la Corona debe su primera piedra a otro Felipe, el II, y a sus arquitectos Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera. Posteriormente, las ampliaciones y reformas acometidas por sus sucesores, esp