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Destino final

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Hay una película de miedo titulada Destino Final en la que la protagonista se dispone a realizar un viaje en avión con sus amigos cuando tiene una visión de desastre y decide no embarcar. Los colegas no le hacen caso y acaban hechos papilla. Pero entonces la Muerte decide que el destino de la prota no era el previsto y se dedica a perseguirla por todas partes intentando matarla, con una inusitada torpeza, por cierto, pues no acierta una. No voy a decir que a mi me pase lo mismo exactamente porque yo sí que cojo los aviones, ya que no te devuelven el dinero. El problema no está en los vuelos sino cuando llego al destino, que resulta casi como el del título: final. Haciendo un repaso rápido tenemos que: 1-Unos días antes de viajar a Egipto se produjo un brutal atentado contra un hotel de turistas en Sharm El-Seikh (2005). Me lo comunicaron muy oportunamente cuando entraba al ayuntamiento a casarme. 2-Pasamos a Jordania : , el avión que nos traslada de Ammán a El Cairo empieza a sol...

La piel en el asfalto (II)

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Continuamos recordando la red viaria de otros países con la seriedad y el rigor que nos caracterizan. En la primera parte veíamos que los arcenes portugueses pre-Eurocopa estaban adornados con coches siniestrados, que las autopistas de Francia pueden resultar tan peligrosas como las del Tercer Mundo porque te cuestan un ojo de la cara, y que Egipto y Marruecos serían el paraíso de los conductores suicidas, no necesariamente a causa de la Yihad.    Las carreteras griegas tienen sus cunetas adornadas con unos graciosos ex-votos como el de la foto de arriba: maquetas en miniatura de capillas ortodoxas que se colocan en memoria de las víctimas en los lugares donde ha habido un choque, una salida de carril o un atropello (como los ramos de flores en España); al parecer la costumbre ha derivado también en su colocación como advertencia de una zona peligrosa. Si nadie hace caso de las señales quizá se lo hagan a la mano divina. Recuerdo que me pasé un viaje por Grecia , desde el Pe...

La piel en el asfalto (I)

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Iba recorriendo kilómetros y kilómetros por carretera y la decoración era siempre la misma: tanto a un lado como a otro del arcén el adorno consistía en un coche abandonado, desvencijado, corroído por el óxido, revestido de abolladuras, arrugado como un acordeón. Por supuesto, ni rastro de cristales o neumáticos. De vez en cuando había una pequeña variación y, en lugar de restos de un tortazo, me encontraba una carrocería calcinada. Era como una jornada a través de un campo de batalla donde se podía notar el olor del napalm por la mañana, como la exhumación de una fosa común, rebosante de esqueletos de los que únicamente tenemos la certeza de sus huesos y desconocemos su historia. Hace veinte años las cunetas de Portugal eran así, una especie de exposición de arte conceptual en la que a la pieza sólo le faltaba el cartelito con el nombre, como si uno de esos iluminados de ARCO hubiera diseminado por el país el contenido de un desguace para conseguir, pongamos, algo titulado "Tex...