lunes, 17 de abril de 2017

Buscando al demonio Guayota en el Teide


Guayota el Destructor, el demonio maligno que habitaba en las profundidades del infierno, bajo la majestuosa masa montañosa de Tenerife, salía periódicamente de su infernal guarida subterránea acompañado de una cohorte de demonios, todos adoptando la forma de siniestros perros negros,  para exigir a los guanches las correspondientes ofrendas con las que debían obsequiarle para aplacar su ira y evitar que, con prodigiosos poderes, actuara sobre las fuerzas de la naturaleza causando todo tipo de estragos: ríos desviados, vientos huracanados, lluvias torrenciales... Tal era la capacidad del malvado, aunque nada comparado con los estallidos de fuego y lava que provocaba haciéndolos brotar de la cumbre de Echeyde, dejando a su paso la muerte y la desolación.

Guayota canificado

Como se puede deducir cacofónicamente, Echeyde es el antiguo nombre que los aborígenes tinerfeños daban al Teide, el emblemático volcán que con sus 3.718 metros de altitud no sólo es el techo de la isla sino de España entera y el tercero más alto del mundo de los que están activos, tras los hawaianos Mauna Kea y Mauna Loa. Pese a todo, se trata de un gigante dormido que de momento parece no ofrecer peligro, hasta el punto de que miles de turistas lo visitan a diario; para ello usan un teleférico que en 8 minutos lleva hasta 160 metros de la cima, punto a partir del cual quien desee seguir hasta ésta debe hacerlo a pie y previa reserva. No fue mi caso al ir cargado con bebé, razón por la cual tuve que conformarme con recorrer el agreste sendero de lava endurecida que circunvala el cono, azotado por un viento implacable, gélido pese a ser verano, que me dejó los oídos pitando una temporada. Sin duda Guayota estaba empeñado en impedir un cara a cara conmigo.

El teléferico se queda a poco de la cumbre

Senderos entre la lava solidificada

Uno como el que mantuvo con Achamán, el dios supremo de los guanches, creador de la Humanidad; el cielo encarnado para atender a los ruegos de la gente porque el demonio había secuestrado y encerrado a Magec, la divinidad solar artífice de las almas de los hombres, y el astro rey ya no brillaba en lo alto cada mañana, quedando la Tierra sumida en las tinieblas. Achamán derrotó a Guayota en un duelo, lo arrojó a su propio antro y tapó la salida -el cráter- con una gran roca conocida como Pan de Azúcar, devolviendo la luz al mundo al liberar a Magec. Guayota quedó preso para siempre y ocasionalmente dejaba desatar su cólera en forma de erupciones, que los guanches aplacaban encendiendo hogueras por si salía, bien para espantarle, bien para que pasara de largo al hacerle creer que seguía en el inframundo.

El último tramo hasta la cima sólo puede hacerse andando y previa reserva

Los arqueólogos han encontrado restos de ofrendas indígenas en diversos tubos volcánicos de la base del Teide y el sonido del viento golpeando contra las laderas quemadas de la montaña simula muy bien los quejidos guturales del demonio atrapado y sus acólitos (Jucancha, Yruene, Hirguán...), reunidos bajo el nombre genérico de los Tibicenas. Y aunque en realidad la forma estructurada de este mito es muy tardía, los personajes sí son de la época, fusionados quizá con elementos cristianos intrducidos tras la conquista castellana y en paralelo a leyendas similares que había en otras partes del planeta; el caso más conocido es el de la diosa hawaiana Pelé, la irascible hija de la diosa de la fertilidad Haumea y de Kane Milohai, que habita en el interior del volcán Kilauea.

Una recreación de Pelé

Lo interesante de todo esto está en el papel fundamental que juega el Teide como escenario. Del relato se infiere claramente que la montaña era considerada una especie de ónfalos o axis mundi, o sea, ese centro del mundo que aparece en tantas mitologías; al menos desde la perspectiva de los habitantes insulares. De hecho, fue en su cumbre donde Achamán, a cuya omnipotencia se debía todo, creó al Hombre y en Echeyde incidió especialmente un terremoto enviado por el dios para fragmentarlo y formar así las demás islas del archipiélago canario. Desde allá arriba se contemplan espléndidas panorámicas y no extraña que los guanches se sintieran más cerca de la divinidad, si es que alguno llegó a subir superando el esfuerzo y, en invierno, el frío (el Pan de Azúcar es una metáfora obvia de la nieve).

Buenas vistas

Pero casi resulta más fascinante, por candorosa, la identificación del volcán con el monte Atlas clásico, aquel que según una de las versiones de la mitología clásica resultó de la transformación del titán homónimo a causa de la visión de la cabeza de Medusa exhibida por Perseo y según otras estaba condenado a sostener el firmamento. El Atlas era el pico principal de la Atlántida para muchos autores de la Antigüedad como Heródoto o incluso modernos, como el mismísimo Bartolomé de las Casas, aunque la geología nos dice que fueron una serie de erupciones hace 150.000 años las que originaron un primer cono que colapsó dejando como muestra de su existencia las llamadas Cañadas del Teide: una yerma llanura de 45 kilómetros de diámetro rodeada por montañas erosionadas y una capa de lava negra sin apenas atisbos de vida vegetal que es lo que queda de aquella caldera.

Las Cañadas, lo que queda de la antigua caldera

El pico actual se formó a partir de erupciones posteriores; una de ellas la vio Colón en persona en 1492, cuando zarpaba hacia su primer viaje, en el vecino Boca Cangrejo; otra, especialmente virulenta, tuvo lugar en 1798. Y es que, de vez en cuando, Guayota farfulla desde el fondo de su guarida prisión y la tierra tiembla: por eso el Teide está considerado uno de los volcanes más potencialmente peligrosos del mundo.  Hablando de farfullar, cuando detuve el coche en la estación del teléferico se me vino encima un gorila de uniforme gruñendo porque allí no se podía parar; dio igual cualquier intento de explicación sobre las necesidades de un bebé porque el tipo tenía la misma capacidad empática de Lisbeth Salander y los tres cuartos de neurona de su cerebro sólo le daban para repetir la misma frase prohibitiva una y otra vez, pese a que mi momentánea parada no provocaba ningún problema de tráfico. ¿Una reencarnación de Guayota? Probablemente no pasaba de Tibicena.

Fotos: JAF

lunes, 20 de marzo de 2017

Micenas, la ciudad de Perseo (II)

El sitio de Troya

Contaba en la primera parte de este artículo que Perseo había intercambiado con su primo el trono de Argos por el de Tirinto y después fundó Micenas. Éstas eran ciudades del Peloponeso, integradas en la Argólida. En realidad, el origen de Micenas ese remontaba a un asentamiento neolítico que alcanzó su máximo esplendor con la civilización micénica, entre los años 1600 y 1200 a.C. En el Heládico (la Edad del Bronce) empezaron a llegar pueblos emigrantes a la península griega y uno de ellos fue el micénico, que algunos asimilan al aqueo aunque, como siempre, hay discusión al respecto. Entraron en torno al segundo milenio a.C y hacia el año 1600 a.C. ya estaban asentados de forma estable. No formaron una civilización unida sino dispersa e independiente por muchos rincones de Grecia (Creta, Rodas, Ítaca...), pero sus centros principales sí tuvieron elementos culturales comunes, como una arquitectura ciclópea de carácter eminentemente militar que se alternaba con bellos palacios como los de Creta (una proyección expansionista que dio lugar a una civilización propia sobre la autónoma) o la misma Micenas y con tholoi funerarios. Una sociedad guerrera cuya economía combinaba la agricultura con el comercio marítimo y se completaba mediante incursiones de saqueo. El registro arqueológico revela un importante y destructor incendio quizá provocado por un terremoto y que paradójicamente favoreció la conservación de las tablillas escritas, al cocerlas. Y si bien Micenas aún perduraría un tiempo en decadencia tras las invasiones dórica y jónica, las Guerras Médicas le dieron la puntilla y quedó definitivamente abandonada. 

Reconstrucción de Micenas

Tras salir del museo llegué al recinto arqueológico, donde se alzaba la redondeada silueta de los túmulos. Uno de ellos, el más importante quizá, está abierto al público: el llamado Tesoro de Atreo. Schliemann solía dejarse llevar por la fantasía y si atribuyó la máscara de oro a Agamenón no tuvo complejos para hacer lo mismo en este caso con Atreo, su padre, que había muerto asesinado por su propio sobrino, Egisto, tal como -una vez más- anunciase el oráculo. Hablo en clave mitológica, por supuesto. El caso es que los expertos creen que esa tumba no tiene nada que ver con tal personaje porque es anterior, pero su monumentalidad -resulta mucho más grande en vivo que en las fotos-revela que sí acogió el descanso eterno de un rey. Se accede por un dromos, es decir, un largo corte estratigráfico en la ladera (treinta y seis metros de longitud) que muestra la entrada y donde es casi imposible moverse sin tropezar con algún visitante. Traspasado el umbral, ricamente decorado en varios tipos de piedra con arquitrabe, friso y columnas (que no se pueden ver in situ porque el famoso Lord Elgin se los llevó a Londres), hay una gran sala circular cubierta por una falsa cúpula apuntada que alcanza trece metros y medio de altura por catorce y medio de diámetro, lo que la convirtió en la más grande del mundo durante un milenio. La cámara funeraria anexa es más pequeña y de forma cúbica. Atreo, o quien fuese el ilustre ocupante de la tumba, se revolvería en ella probablemente al ver su última morada terrenal invadida por una horda de gente. Hititas, diría; o luvitas. Para él, un insulto.


Corte esquemático del tholos
Posando en el dromos del Tesoro de Atreo

Visto ya el tholos, llegaba el momento de subir a la ciudadela de Micenas. Me quedé retrasado deliberadamente para dejar que la masa de hititas se alejase y, así, no me estorbara para fotografiar uno de esos lugares icónicos a los que tenía ganas desde hacía muchos años: la Puerta de los Leones. Caminando cuesta arriba por una rampa hormigonada que serpentea entre los ciclópeos sillares de las murallas (nunca mejor dicho lo de ciclópeos, teniendo en cuenta que fueron cíclopes los que los construyeron para Perseo; tenían que ser ellos porque los muros tienen una altura de casi catorce metros y un grosor de siete); caminando digo, esfuerzo considerable no sólo por el nivel sino también por el tórrido calor de la tarde -40º se desparramaban sobre los visitantes-, se acaba topando uno con esa entrada monumental adornada con dos macizas felinas enfrentadas (sí, son leonas), labradas en relieve en la pesada piedra que hace de tímpano y apoyadas sobre el dintel de la puerta, una contundente losa de veinte toneladas. Las fieras perdieron sus cabezas a manos de los destructores de Micenas (por eso una teoría sugiere que eran esfinges) y tampoco se conservan los batientes de la puerta, que eran de madera recubierta de bronce; una lástima porque debían ser espectaculares, teniendo en cuenta que el arco mide aproximadamente tres metros de alto por otros tantos de ancho. Quedan los enormes agujeros de las bisagras como testimonio.

La ciclópea muralla que protege la rampa de acceso a la Puerta de los Leones. Delante, los luvitas se cobijan del sol bajo la copa de un árbol

La puerta con una micénica actual

Dejando atrás la puerta, a la derecha está el Círculo de Tumbas, un conjunto de seis enterramientos muy ricos en uno de los cuales apareció la Máscara de Agamenón. Señalados mediante lápidas vertical, a la manera actual, en realidad son más antiguos que los tholoi. El centro del recinto urbano está ocupado por el palacio real, que tiene una muralla interior y aprovecha una elevación del terreno como elemento defensivo extra. De las instalaciones palaciegas quedan apenas el patio y el típico mégaron o gran salón del trono, una estructura arquitectónica rectangular dotada de pórtico, pronaos, naos y columnas (posiblemente de dos pisos además), en torno a la cual se iba articulando el resto del complejo. En Micenas no se conservan las típicas columnas, no sólo porque es un sitio anterior cronológicamente sino también porque eran de madera, más anchas por su parte alta que por la baja y policromadas, así que hay que contentarse con ver las marcas en el suelo e imaginarlas. En el otro extremo del perímetro está la cisterna, un aljibe para garantizar el suministro de agua en caso de asedio. Una necesidad porque en esas circunstancias las clases altas sí permitían entrar a refugiarse al pueblo, que normalmente vivía extramuros.

El Círculo de Tumbas con algunas lápidas expuestas en el borde

Estructuras del palacio; al fondo se puede ver el Tesoro de Atreo

Allá arriba, pisando lo que queda de los muros de la ciudadela, el calor remite un poco gracias al fuerte viento que sopla a través del valle, del que se obtienen magníficas panorámicas. Un alivio no para los hititas, que una vez vistas las piedras corren a refugiarse en el aire acondicionado del autobús, sino para los que escudriñamos embobados hasta el último centímetro cuadrado tratando de imaginar el punto exacto donde Agamenón tomaba un baño cuando su esposa Clitemnestra, que además de ser hermana de Helena le odiaba por haber sacrificado a su hija Ifigenia a Artemisa para tener buen tiempo en el camino hacia Troya, consumó su venganza echándole una red que le inmovilizó mientras su amante Egisto le acuchillaba; Egisto era primo de Agamenón (de hecho, se trataba del mismo Egisto que mató a Atreo), pero eso, tratándose de griegos, son minucias, como demuestra que tiempo después Orestes, el hijo de Agamenón, acabara a su vez con el asesino de su padre y con su propia madre. Costumbres ancestrales de Grecia.


Fotos: JAF y Marta BL

lunes, 13 de marzo de 2017

Micenas, la ciudad de Perseo (I)


No puedo evitarlo. Siempre que visito un rincón de la antigua Grecia lo hago llevando en mente la mitología griega, que tiendo a sobreponer a la historia y a la arqueología porque hay que reconocer que es bastante más divertida. Y si tiene detalles escabrosos, cosa que ocurre casi siempre, mejor que mejor. Por eso cuando fui a Micenas no pude sustraerme al relato mitológico de Perseo, el que pasa por ser su fundador; el mismo, sí, que mató a la gorgona Medusa y salvó a Andrómeda, la hija de Cefeo y Casiopea, reyes de los cefenos, de ser devorada por un monstruo marino. Ceto, se llamaba el bicho, enviado por Poseidón para destruir el reino porque la soberana había tenido la osadía de autoproclamarse la más bella de todas las nereidas y eso ofendió a la mujer del dios del mar a pesar de que ambas eran hermanas. Los griegos eran así, de humanos divinidades incluidas. La única forma de calmar a Ceto era ofrecerle en sacrificio a Andrómeda, pero al final llegó Perseo y aportó su propia solución. En fin, ya me he dejado llevar por el entusiasmo, desviándome del tema de este artículo, que es Micenas. Quien quiera saber más que ve la entrañable película Furia de Titanes (la antigua, no la basura reciente), que yo sigo.


Llegué a Micenas por la tarde, tras salir esa mañana desde Atenas (que está a un centenar de kilómetros), atravesar el Canal de Corinto y entrar en el Peloponeso, pasando por el Teatro de Epidauro y Tirinto. Después de comer llegó el momento. La primera parada fue en el pequeño museo arqueológico local donde se ha depositado lo encontrado en las excavaciones, tanto en la ciudad como en los túmulos cercanos. Las vitrinas exhiben algo menos de dos millares de piezas pero eso es Grecia, lo que significa que uno estornuda y aparecen restos, así que sencillamente no hay sitio material en ningún museo para exponer todo lo que tiene cada uno; en concreto, la colección completa de ése ronda los treinta mil objetos. Hay armas (moharras, espadas, los dientes de jabalí que adornaban los cascos...), muñecas articuladas, 

Serpientes de terracota

Al hablar del país suele tenderse a simplificar identificando su arte casi exclusivamente con el del período Clásico. Pero el estilo micénico, muy anterior, guarda bastantes diferencias formales. Para empezar no había grandes estatuas como las que se harían después (aún cuando el museo tiene unas cuantas e incluso un bonito capitel corintio) y tan sólo pueden encontrarse figuras de terracota policromada, antropomórficas y zoomórficas pero muy esquemáticas: las primeras, que recuerdan monstruos de película de serie B de los años cincuenta, muestran al personaje con los brazos extendidos y probablemente tengan un sentido votivo, alcanzado su extremo sintético en los llamados ídolos psi (porque parecen esa letra del alfabeto griego); de las segundas destacaría las serpientes enrolladas, por su exótica ingenuidad formal y su asociación a la arcaica diosa tierra. Por supuesto, lo que más abunda es la cerámica, pero más que la habitual retahíla de vasos, copas, cráteras, ánforas, lekitos y demás, hay que fijarse en los ostracon, placas de cerámica con restos de escritura; son importantes porque están en lineal B, un sistema de signos silábicos e ideográficos varios siglos anterior al alfabeto y que no fue descifrado hasta 1952; su contenido no es narrativo sino administrativo, recuentos de grano y cosas así.

Ídolos votivos micénicos

Ídolos psi

Ahora bien, normalmente al turista lo que le epata es el brillo del oro, las joyas, los tesoros... Y dado que allí al lado se encontraron y excavaron varias tumbas importantes, y que por entonces era costumbre enterrar al difunto con su correspondiente ajuar, no es de extrañar que el museo micénico cuente también con esa baza en forma de joyas, pectorales, cinturones y demás aditamentos ornamentales característicos, todo del dorado metal precioso. Una baza que tiene nombre propio y cuya imagen resulta familiar en todo el mundo: la Máscara de Agamenón, una fina lámina de oro repujado representando un rostro. En realidad esta pieza no apareció en un sepulcro extramuros sino en la acrópolis de Micenas, en 1876. Fue mérito del famoso Heinrich Schliemann, el descubridor de  las ruinas de Troya, que creyó que se trataba de la máscara funeraria de aquel rey micénico que secundó la campaña de venganza que su hermano Menelao de Esparta desató contra los troyanos para lavar el honor perdido cuando su esposa Helena se fue con Paris. Aparte de que no está clara la historicidad de Agamenón, los análisis científicos de la pieza revelan que es tres siglos anterior, datándola entre los años 1550 y 1500 a.C. Pero cuando un nombre cala en el imaginario popular ya no hay quien lo cambie. Y, la verdad, si uno está con la nariz pegada al cristal contemplando la pieza prefiere dejarse llevar por la fantasía y pensar que cubrió el rostro del difunto Agamenón; al fin y al cabo se lo merece tras el infausto final que tuvo, asesinado en su propia casa al retornar de Troya.

La Máscara de Agamenón

Ya que estamos con la mitología otra vez, sigamos con ella. Perseo era hijo de Dánae, la princesa encerrada en una torre por su padre Acrisio, rey de Argos, para evitar que tuviera descendencia, ya que, según los oráculos, Acrisio moriría a manos de su nieto. Pero el monarca no contaba con Zeus, que cuando se le antojaba beneficiarse a una hembra no paraba hasta conseguirlo. El padre de los dioses desplegaba un amplio repertorio de recursos para los casos difíciles: una transformación en cisne por aquí y caía la ingenua Leda, una conversión en toro por allá y se llevaba a Europa, la adopción de una forma de nube e Io se sumaba a la lista de conquistas. En este caso se apuntó otro tanto en su currículum cayendo en forma de lluvia dorada sobre Dánae y fecundándola. El contrariado padre de ella, convertido en involuntario (y amenazado) abuelo, metió a su hija y a su nieto en un cofre y los lanzó al mar deshaciéndose expeditivamente de ellos;. Para que no se diga, Zeus quiso ayudar a su vástago y pidió a su hermano Poseidón que los pusiera a salvo. Efectivamente, un pescador los recogió y crió al pequeño, empezando a dar forma a lo que había deparado el destino. Perseo creció, salvó a Andrómeda, se casó con ella, regresó a Argos... y mató a Acrisio sin querer al practicar lanzamiento de disco, cumpliendo la profecía. Compungido, renunció a su legítima herencia e hizo un intercambio de coronas con su primo, asumiendo la de Tirinto. Después creó una nueva urbe, Micenas, ayudado por los cíclopes.

Dánae vista por Gustav Klimt
[CONTINUARÁ]

Fotos: JAF y Marta BL

martes, 21 de febrero de 2017

Comer en Praga


Uno de los principales problemas de visitar Praga por cuenta propia es intentar buscarse la vida con el endiablado idioma checo, que para un español resulta un galimatías parecido al klingon pero sin webs frikis a las que acudir en busca de traducción. Ello repercute inexorablemente en la praxis turística del visitante, especialmente en determinados momentos críticos, como cuando uno ha de intentar desentrañarlo (de pronunciarlo en voz alta ni hablamos) al tomar un autobús urbano o el Metro para cubrir una distancia larga porque no sabrá en ningún momento si ha dado con el número adecuado o aparecerá en Polonia, ni si tiene que pagar en el momento o en una taquilla o qué.

Prazený sajr, pecitý kobzol, salse od tatara (queso frito, patatas asadas y salsa tártara)

Pero no es ésa la mayor pega a la hora de manejarse con la lengua local porque siempre queda el recurso de tomar el coche de San Fernando y, si se está los días suficientes en la ciudad, repartir las visitas por los cuatro o cinco barrios clásicos de manera que no haya que desplazarse muy lejos. El verdadero momento de la verdad llega a la hora de comer, y no me refiero a salir del paso con una pizza o un perrito caliente callejero para calmar el estómago sino a probar la gastronomía local, que es algo que, al fin y al cabo, forma parte de la esencia viajera y ayuda a comprender la idiosincrasia del lugar.

Maklástiný sajr, úkruch chlebce z kysu (queso piel de armiño marinado con pan de la casa)

Con un poco de suerte, el local elegido tendrá la carta subtitulada en inglés, con lo cual se puede salir del paso; otros incluso la ofrecen también en francés y habrá alguno que, en un alarde, la ponga en más idiomas. Pero la prueba de fuego es entrar a comer en aquel restaurante que la pone única y exclusivamente en checo, debiendo lanzarse el cliente extranjero al vacío culinario completamente a ciegas, salvo que los platos se acompañen de una dudosa fotografía. Tiene su punto divertido y si no se es preso de fobias ni hay limitaciones del gusto se disfrutará de la comida de la ciudad, que resulta contundente donde las haya.

Carta de los menús desgustación probados, el bohemio y el zátisí
En fin, paso a poner un par de ejemplos diferentes. Si mi primera noche praguesa la arreglé con comida rápida -había llegado tarde y carecía de tiempo para más-, la siguiente salí a cenar a un restaurante posmoderno y caro -llevaba los gastos pagados-, para probar un menú degustación típico de la República Checa. Que me maten si me acuerdo del nombre del sitio (y aunque lo recordara no sabría reproducirlo, probablemente), pero sí que fue curioso eso de probar multitud de miniplatos casi sin saber qué eran. Bueno, no voy a mentir; confieso que la carta los explicaba en inglés, así que fue aventura pero menos. Como ven, me cuidé de hacer una foto de dicha carta y así me ahorro transcribir sus enrevesados nombres.


La tradicional sopa kulajda, con hongos, eneldo y huevos de codorniz

Bocadito de codorniz asada con risotto de cebada

Filete de pechuga en salsa de pimienta

Al día siguiente, para completar un espectro lo más amplio posible y contrastar con el estilo anterior, me llevaron a un mesón de comida tradicional checa, lleno a reventar de gente aunque, por suerte, teníamos reserva. A priori tenía toda la pinta de ser un sitio del que uno no salía con hambre y, en efecto, cumplió todas mis expectativas de asturiano tragaldabas. Creo recordar que se llamaba KRCMA y estaba en el numero cuatro de la calle Kostecna 4, en la Ciudad Vieja, no lejos del Barrio Judío. Ya habrán ido viendo que con cada imagen, y pidiendo disculpas de antemano porque la ortografía checa no es mi fuerte (y no tengo foto del menú), están transcritos los platos catados. Prueben a leerlos mientras mastican un polvorón y añadan las jarras de cerveza del tamaño de un codo que se gastan por esos lares y verán qué divertido.

Pohrúzeny vurt (el "ahogado", longaniza marinada en salsa de vinagre, cebolla y pimienta)
La imagen de cabecera son vurty s pivec, crný, úkruch chlebce z kysu, o sea, salchichas con salsa a base de cerveza negra con pan de la casa. Que hay que explicarlo todo, leñe.
Fotos: JAF

lunes, 30 de enero de 2017

El fantasma de la Ópera

El fantasma de la ópera existió. No fue, como se creyó durante mucho tiempo, una inspiración de artistas, una superstición de directores, la grotesca creación de los cerebros excitados de esas damiselas del cuerpo de baile, de sus madres, de las acomodadoras, de los encargados del vestuario y de la portería.
Sí, existió en carne y hueso, a pesar de que tomara toda la apariencia de un verdadero fantasma, es decir, de una sombra (...)

Estoy seguro, muy seguro, de haber rezado sobre su cadáver cuando el otro día lo sacaron de la tierra, en el lugar exacto donde enterraban a las voces vivas; era su esqueleto. No fue por la fealdad de su cabeza por la que lo reconocí, ya que cuando ha pasado tanto tiempo todos los muertos son feos, sino por el anillo de oro que llevaba y que Christine Daaé había venido sin duda a colocarle en el dedo antes de sepultarle, como le había prometido.

El esqueleto se encontraba muy cerca de la fuentecita, en el lugar en que, por primera vez, cuando la arrastró a los sótanos del teatro, el Ángel de la Música había sostenido en sus brazos temblorosos a Christine Daaé desmayada.

Y ahora ¿qué harán de ese esqueleto? ¿Lo arrojarán a la fosa común?... Yo afirmo: que el lugar del esqueleto del fantasma de la Ópera está en los archivos de la Academia Nacional de Música; no es un esqueleto vulgar y corriente.

 (EL FANTASMA DE LA ÓPERA, Gastón Leroux).

Una de las primeras cosas que llevaba en mente hacer cuando visité la capital de Francia hace unos años era conocer el Palacio Garnier, es decir, el  Teatro Nacional de la Ópera de París, sede de la Academia Nacional de Música, no sólo por la belleza que muestra, acorde a aquel ampuloso Segundo Imperio Francés empeñado en el embellecimiento de la ciudad bajo la dirección del célebre Barón Haussmann, sino también, y sobre todo, por la novela gótica de Gastón Leroux y el misterioso personaje deforme que se ocultaba en los sótanos del lugar.

Lon Chaney asustando a Christine
No recuerdo si por entonces había leído el texto pero sí que había visto unas cuantas adaptaciones cinematográficas, desde la antigua muda -con aquel iconográfico maquillaje de Lon Chaney- al musical rock setentero de Brian de Palma -su obra maestra-, pasando por las clásicas de Claude Rains y la Hammer, entre otras. Y, claro, con semejante tarjeta de presentación la Ópera se presentaba como un caramelo demasiado apetitoso para un aficionado al género.
El teatro se encuentra en la Rue Scribe, en una concurrida plaza de forma romboide del Distrito XIX, frente a las no menos frecuentadas Galerías Lafayette y entre los bulevares Haussman, Des Capucines y Des Italiens. El arquitecto que se encargó de diseñarlo y construirlo fue Charles Garnier, ex-ayudante del prestigioso Viollet-Le-Duc (el que restauró Notre-Dame) y creador de ese estilo neobarroco que tan bien se adaptaba a la proverbial pretenciosidad de Napoleón III, hasta el punto de darle su nombre. Al fin y al cabo había sido el emperador quien le otorgó el encargo en 1861 (tras ganar, pese a tener sólo treinta y cinco años, un concurso ante casi dos centenares de competidores) para sustituir a la vieja Ópera de 1821, que sin embargo aún seguiría en pie un tiempo hasta que en 1873 un tremendo incendio la devoró. La nueva sede quedó lista en 1875, inaugurándose con una selección de piezas operísticas y ballet. 

El fantasma sin rostro
El fantasma no intervino aunque motivos no le faltaron, ya que el fatuo sobrino de Bonaparte se empeñó en abrir un bulevar que uniera el nuevo teatro con el Palacio de las Tullerías y miles de personas fueron expropiadas para ello. La justicia poética quiso que el emperador no llegara a verlo terminado al tener que exiliarse en Inglaterra, al igual que el arquitecto se vio obligado a pagarse de su bolsillo la entrada para la inauguración, al ser postergado por el nuevo régimen. Antes, los prusianos pudieron haberlo reducido a escombros si llegan a entrar en París.

Con sus once mil metros cuadrados, la Ópera Garnier no es tan grande como su predecesora pero sigue siendo un foro impresionante, con capacidad para dos mil doscientos espectadores y un escenario donde cabe casi medio millar de actores simultáneamente. Pero no es el tamaño lo realmente impresionante sino su belleza decorativa: mármoles, dorados, estatuas, mosaicos, relieves, molduras, multitud de lámparas que le confieren una extraña iluminación... Baste decir que se requirieron los servicios de una docena de pintores y más de setenta escultores, algo que se aprecia incluso a distancia (el bulevar no tiene árboles precisamente por eso), con las figuras doradas de las dos famas que hizo Gumery, la Armonía y la Poesía, destacando en los extremos de la cornisa, a cada lado de la cúpula.

La Gran Escalera

Todo ello resplandece de forma especial en tres espacios, a cual más espectacular. El primero es la nave donde se encuentra la Gran Escalera, concebida como un auténtico escenario, cuenta con balcones y balaustradas  que alternan mármol blanco, verde y rosa; la escalinata, en forma de Y, tiene a su pie la entrada a la orquesta. El segundo es el auditorio, donde el contraste del dorado de palcos y pilares con el rojo del terciopelo de cortinas y tapicerías ambienta perfectamente; claro que ahí el protagonismo absoluto es para el techo, con una cúpula pintada por Marc Chagall en 1964 y una colosal araña de cristal colgante que pesa seis toneladas. El tercero es el foyer, la zona de paso, cuya amplitud se incrementa con el efecto que causan ventanales y espejos, y de una bellezarematada con los mosaicos policromados de la bóveda que realizó el artista Paul Baudry usando motivos musicales (también se ven en la fachada, donde bustos de compositores se alternan en los huecos entre cada columna).

La cúpula pintada por Chagall

Lo cierto es que hay más rincones atractivos que hacen que la visita se prolongue durante hora y media: la Sala de los Abonados (una estancia columnada y con espejos), el Salón del Glaciar (una rotonda que en realidad es posterior), el Foyer de la Danse (usado para ensayos de ballet)... Lamentablemente entre los sitios visitables no figuran, al menos cuando fui yo, las entrañas del teatro, los recovecos subterráneos tras la tramoya que, según la novela de Leroux, conectaban con el sistema de alcantarillado y constituían el escondite del fantasma. Así que no tuvimos ocasión de conocernos. Tampoco estaba ya Christine Daaé; será por eso.

Fotos: JAF y Marta B.L.

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