martes 21 de febrero de 2012

Los cocodrilos de Kon Ombo


"Regalado mientras vive, a su muerte se le entierra, bien adobado, en sepultura sagrada" (Heródoto).
A estas alturas ya estará abierto y funcionando, desde finales de enero, el nuevo Museo del Cocodrilo que Egipto llevaba construyendo 3 años. Está en Asuán, delante del templo más cocodriliano que hay en el país, el de Kon Ombo. Permítanme explicarlo; al fin y al cabo, y no es la primera vez que lo digo, en este blog los cocodrilos son tema referente.

Estos reptiles se extinguieron en el tramo egipcio del Nilo hace bastante tiempo; cosas de la caza y la contaminación. Pero en tiempos de los faraones había miles escondidos en las marismas, esperando la ocasión de lanzarse al agua a por su comida -los ví en Uganda y su rapidez es espeluznante-, un menú del que los humanos formaban parte a menudo. Por eso eran el terror para los campesinos, junto con los hipopótamos y las serpientes.

No es de extrañar que identificaran a los cocodrilos con el caos y que su jeroglífico sea el ajem, que significa "agresión". Pero como estos animales suelen tomar el sol, también se identificaron con Sobek, dios de la fertilidad del río que los romanos asimilaron a a Helios. Durante el  período Ptolemaico se le rindió un culto especial, fundándose una ciudad llamada Cocodrilópolis (actual Medinet el-Fayum) y estableciéndose criaderos de cocodrilos en los templos de esa divinidad -la hora de la comida debía ser todo un espectáculo-. 



Como la religión egipcia se deshilachaba en múltiples versiones y variantes, una de ellas ligaba a Sobek con el mito de Osiris, dando explicación a un hecho natural: ¿Por qué los cocodrilos no tienen lengua como otros reptiles? Porque se la cortó Isis como castigo por haber devorado el falo de su esposo Osiris, después de que Set le asesinara y arrojara sus pedazos al Nilo.

Según la Oficina de Turismo egipcia, el nuevo museo exhibirá 40 ejemplares momificados de varias especies y tamaños, desde los más pequeños de metro y medio a auténticos monstruos de 5 metros. También hay algún feto, huevos, reproducciones de nidos y estatuas de madera y granito.

Hasta ahora, esta colección se podía ver en el templo de Kon Ombo, un centro religioso dedicado a la dualidad Sobek-Horus (el recinto está dividido en dos mitades simétricas, una para cada uno) y construido en el siglo II a. C. por Ptolomeo Filómetor con aportaciones posteriores de sus sucesores. El problema estaba en que, para esa exposición, se usaba la capilla romana de Hathor, un lugar tan pequeño que no cabían más de una docena de personas a la vez, por lo que los visitantes debían hacer cola durante bastante tiempo.

Y claro, esperar bajo el implacable sol de Asuán puede ser suicida si no se toman precauciones, por eso no es de extrañar que de vez en cuando algún turista de aspecto nórdico o anglosajón cayera redondo: delante de mí, por ejemplo, una adolescente de piel blanca como la leche teñida de rojo se dio de narices en el suelo. No llevaba sombrero; para qué si sólo estábamos a 52 grados. Qué bocado se perdieron los cocodrilos.

martes 7 de febrero de 2012

Todo el mundo va a Rick's


Atención, pregunta: ¿A dónde va todo el mundo en Casablanca? Hay varias posibles respuestas.

Muchos dirán que a la Gran Mezquita de Hassán II, el faraónico -por tamaño y dispendio- templo musulmán erigido frente al mar, dotado de calefacción, techo retráctil y no sé cuántas chorradas más que incluso en un país tan controlado por la monarquía alauita levantó críticas a causa de su prohibitivo coste.

Otros mencionarán el Bulevar Moulay Youssef, centro neurálgico, con sus filas de altas palmeras, o el Parque de la Liga Árabe, oasis verde en medio del cemento. Habrá quien prefiera la Plaza de Mohamed V, donde se sitúa la administración, o la de las Naciones Unidas, donde se agrupan los edificios más modernos y elegantes, en contraste con el barrio de los Habouss, casco antiguo de la ciudad. Incluso, eligiendo lo más práctico, no faltará el que opte por las tiendas de la Avenida de las Reales Fuerzas Armadas e, incluso, la playa.

Pero los cinéfilos ya saben cuál es la respuesta adecuada: en Casablanca todo el mundo va a Rick's. Éste era el título (Everybody comes to Rick's) de la obra de teatro original en la que se basó la película de Michael Curtiz y que, curiosamente, no se desarrollaba en esa ciudad sino en Tánger, el verdadero nido de espías de la primera mitad del siglo XX. Como los turistas americanos son como son, muchos de ellos viajaban a Marruecos en busca del Rick's Café Américain creyendo ingenuamente que existía de verdad, cuando en realidad todas las escenas se habían rodado íntegramente en un estudio de Hollywood.

Así que, para no defraudar a esa importante fuente de divisas, el Ayuntamiento construyó un bar con ese nombre. Pero, claro, no era eso lo que se quería. Así lo entendió Kathy Kiger, una agregada comercial de la embajada de EEUU que al finalizar su contrato decidió montar una réplica exacta del establecimiento que dirigía Rick/Humphrey Bogart.

Para ello adquirió un local junto a la medina, cerca del puerto, y encargó al diseñador Bill Willis que lo convirtiera en el café de la película, algo que se llevó a cabo siguiendo las imágenes de la película: arcos de herradura, paredes encaladas, suelo de azulejos, dos pisos, una mostrador de madera... hasta la salida trasera a un callejón cerrado.

Y, por supuesto, un auténtico piano Pegel de los años treinta, que en un guiño del destino ahora no es tocado por Sam sino por Issam. Suele interpretar canciones francesas y españolas de época pero As time goes by suena un par de veces cada noche para contentar a la clientela más mitómana.

El sitio se inauguró en 2004 y si alguien quiere visitarlo la dirección es 248 Bd Sour Jdid. Place du Jardin Public. También tiene una página web con fotos.

miércoles 25 de enero de 2012

El monasterio de Santa Catalina


Abajo, después de descender del monte Sinaí, cuyo ascenso conté el otro día, nos esperaba el guía. Desesperado. Histérico. Al borde del ataque de nervios porque aún debíamos visitar el monasterio de Santa Catalina para luego desplazarnos a la localidad costera de Nuweiba y coger el ferry hasta Ákaba, ya en Jordania.

Fue una auténtica experiencia contemplar a un egipcio desquiciado por razones horarias en un país donde nadie se preocupa demasiado por ese motivo. Y, de hecho, a pesar de las prisas, después habríamos de languidecer varias horas en la terminal portuaria, un edificio insufrible en el que unos ventiladores vetustos -y estropeados en buena parte- no bastaban para aplacar el calor denso y asfixiante que proporcionaban el clima desértico de la península y las masas humanas que aguardaban para embarcar.

Pero volvamos al inicio. El monasterio de Santa Catalina fue erigido en el mismo lugar donde la tradición cuenta que Moisés vio la famosa zarza ardiente que no se consumía. Todo partió de Flavia Julia Elena, futura santa pero antes esposa del emperador Constancio Cloro y madre de Constantino el Grande, que peregrinó a Tierra Santa en busca de reliquias sagradas. Excavando en el Gólgota encontró la cruz de Cristo (!) y después, en el Sinaí, mandó levantar una capilla en torno a la cual se establecieron varios monjes para fundar un monasterio. Como los beduinos de la zona solían atacarles, en el siglo VI solicitaron ayuda a Justiniano, que construyó una muralla defensiva alrededor (aún se ve la puerta en lo alto).

Sin embargo, con el tiempo se hizo innecesaria porque otra tradición dice que allí buscó refugio Mahoma en la época en que era perseguido. Por eso se guarda una carta de privilegios presuntamente firmada por él mismo y se levantó intramuros una mezquita, otorgando al sitio el respeto de todas las religiones. Y eso que nunca se usó porque no la orientaron hacia La Meca.

El monasterio lleva el nombre de Santa Catalina porque, en torno al año 800, los monjes encontraron el cuerpo de esta mártir, que había sido llevado a Egipto y enterrado en el Sinaí. Antes se llamaba de la Transfiguración de Jesús y su iglesia conserva un valioso mosaico con ese tema. Pero a casi nadie le interesa, claro, como tampoco la importantísima biblioteca de manuscritos, porque donde esté la zarza ardiente...

El problema es que, no está. Hay una zarza que se supone es descendiente de la original, aunque ya me dirán cómo saber que la auténtica era tal: ¿se trataba de la única zarza del Sinaí? ¿O la reconocieron porque estaba quemada? Pero ¿no quedamos en que ardía sin consumirse? En fin, da igual porque todo el mundo se saca la foto junto a la planta y se lleva un trozo de recuerdo, por lo que la parte inferior suele estar bastante mustia (crece en lo alto de una pared). Justo enfrente sigue el cachondeo con una roca que conserva la huella de la mano de Moisés cuando la tocó para hacer brotar agua. Como en Hollywood, oye; claro, como era Charlton Heston...

Poco más se puede ver, ya que el cenobio está habitado, lo que lleva a algunos turistas a quejarse. Mira que viajar tan lejos y que no abran para ellos; la UNESCO debió equivocarse al catalogar el lugar como Patrimonio de la Humanidad.

martes 10 de enero de 2012

Subiendo al Monte Sinaí


Aquella noche estuvo a punto de quedarme en la cama e instar a Marta que subiera al Monte Sinaí (Egipto) sin mí. No por tener que levantarse a las 2:00 de la madrugada (la ascensión se suele hacer a esas horas para ver la aurora desde la cima y ahorrarse el tórrido calor diurno), sino porque la colosal gastroenteritis que arrastraba desde hacía días me estrujaba la barriga obligándome a doblarme sobre mí mismo como si tuviera una bisagra en la cintura.

Sin embargo decidí salir por 2 razones: en primer lugar, estar ocupado podía distraer un rato al alien que parecía llevar dentro; en segundo, habíamos ido al Sinaí precisamente para subirlo y si no lo intentaba después lo lamentaría. Así que, la hora convenida, cogimos un jersey, la linterna y las cámaras, uniéndonos al resto del grupo para empezar la marcha desde el Monasterio de Santa Catalina.

La cumbre está a 2.285 metros de altitud pero el cenobio ya se halla bastante alto, a 1.570, así que la subida no lleva más de 2 o 3 horas, según el ritmo de cada uno. Sólo hay que elegir cuál de los caminos usaremos. Uno es más corto pero con mucho mayor desnivel, que se salva mediante 3.750 escalones tallados en la roca y popularmente conocidos como Sikket Saiyidna Musa, es decir, Sendero de Nuestro Señor Moisés, o bien, con sarcasmo, Peldaños del arrepentimiento. Ignoro quién se entretuvo en contarlos; quizá los monjes que los hicieron en el siglo IV tras asegurar haber descubierto la zarza ardiente que viera Moisés. Nada menos. Con todas las que habría supieron que era ésa precisamente y construyeron el monasterio para custodiarla, ya ven. 

En fin, el otro camino es más largo pero más sencillo porque serpentea por la montaña. Fue el que elegimos, como hace casi todo el mundo. Digo casi porque nunca faltan los que suben por allí y además a pleno sol, acaso para imitar al profeta (eso sí, no se descalzan aunque sea tierra sagrada). En el último tramo, en la zona llamada Pozo de Elías, se juntan los dos senderos, por lo que 750 peldaños, por llamarlos de alguna manera, son comunes para todos.

La ascensión es fácil. Incluso yo, con mi alien, la hice sin demasiado esfuerzo pese a que alrededor la gente bufaba y resoplaba, parando ocasionalmente para vomitar. Decididamente, hay muy mala forma física. Alguno, cuando ya no podía más, alquilaba un camello para poder terminar la ruta. Porque los camelleros te acompañan todo el tiempo sabedores de que siempre hay quien tira la toalla, al igual que han instalado toscos puestos con bebidas.



Tal como imaginaba, el ejercicio me vino bien y llegamos arriba sin dificultad. De hecho aún faltaba bastante para el amanecer y hubo que abrigarse alquilando una manta a un beduino. El tacto asemejaba un estropajo -creo que eran las que usaban para acolchar las sillas de los dromedarios- pero por el ridículo precio pagado bastaba. Mejor eso que coger una pulmonía, que aunque sea el desierto la noche a esas alturas es fría.

Mientras la gente se desperdigaba entre las rocas para recuperar el resuello echamos un vistazo alrededor. Había una pequeña ermita porque allí se supone que Yahvé le entregó las Tablas de la Ley a Charlton Heston, digo a Moisés. Pero también una mezquita, ya que el caballo de Mahoma escogió el Sinaí para bajar de los cielos. Los no creyentes tienen que conformarse con un retrete.

Hacia las 6:00 el sol empezó a asomar en el horizonte, recortándose contra los múltiples picos graníticos que cubrían hasta donde alcanzaba la vista. Una bola de color rojo ardiente que poco a poco fue haciéndonos entrar en calor, como si fuéramos lagartijas, para permitirnos iniciar el descenso. Bajamos por el otro camino, el de los escalones; más de uno montado en camello ya desde arriba. Como el alien seguía dormido yo bajé a pie.

lunes 26 de diciembre de 2011

De enanos y vampiros


Cuando subí a la diligencia, el cochero aún no había ocupado su asiento; le vi charlando con la señora de la posada. Evidentemente, hablaban de mí, porque de cuando en cuando miraban en dirección mía; y algunas personas, que estaban sentadas en un banco junto a la puerta -que ellos llaman con un nombre que significa "el mentidero"- se habían acercado a escuchar, y se volvían para mirarme, casi todos con cierta expresión de lástima. Oí que repetían con frecuencia determinadas palabras; palabras extrañas, ya que había gentes de las más diversas nacionalidades entre los reunidos: así que saqué discretamente de mi bolsa el diccionario multilingüe, y las busqué. Confieso que no me llenaron de animación, ya que entre otras encontré "Ordog", Satanás; "pokol", infierno; "stregoica", bruja; "vrolok" y "vlkoslak", que significan igualmente (una en eslovaco y otra en serbio) algo así como hombre-lobo o vampiro.

Drácula (Bram Sotker)

Pobre Jonathan Harker, desgraciado Drácula y frustado Stoker. Qué poco imaginaban que todas esas criaturas malignas y demoníacas que recubren Transilvania y Valaquia de una pátina de tópico, tan pintoresco como entrañable y atractivo, se iban a transformar en poco más de un siglo en otras muy diferentes. Brotadas también de la imaginación enfermiza y protagonistas de historias y mitos, pero transformadas por la mano del consumismo contemporáneo en la imagen del kistch por excelencia, alcanzando en aquellas lejanas tierras tracias cotas de abundancia verdaderamente preocupantes.

Y es que toda Rumanía ha visto cómo los ejércitos romano, turco, húngaro, ruso y polaco, que durante siglos traspasaron sus fronteras para apropiarse del país, han sido hoy sustituidos por las hordas infames y multitudinarias de los ENANOS DE JARDÍN. Miríadas de ellos asoman sus encapuchadas cabezas, sus mejillas sonrosadas y sus barbas blancas a los lados de las carreteras, esperando la ocasión de caer sobre el incauto viajero que tenga a bien detenerse para tomar un confiado e ingenuo descanso.

Cunetas en las que se ocultan, arteros, tras la cerámica negra moldava y otras artesanías; encrucijadas de caminos a las que las características cruces erigidas no han podido mantenerlas vírgenes; castillos legendarios donde los vampiros y sus novias han visto mancillado, con su presencia, un linaje que se remonta a los tiempos de Atila... Los enanos de jardín están por todos los rincones rumanos ataviados con su traje de combate de colores aún más chillones que en el resto de Europa y sumidos en plena explosión demográfico-artesana, extendiéndose como una sombra sobre el continente.

¡Y contra ellos no sirven las cruces ni el ajo ni el agua bendita!

Fotos: JAF

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