Entradas

Parque Nacional Madidi; el rincón de la Amazonía en Bolivia

Imagen
Dentro del placer que supone viajar hay algunos inconvenientes, de los que quizá los menores sean el tener que madrugar atrozmente, curiosa ironía, y el caer enfermo. El primero es válido en cualquier sitio y se asume como un precio extra a pagar porque significa levantarse a horas intempestivas no para trabajar sino para divertirse. El segundo constituye una especie de peaje que, en mi caso, asumo casi como inevitable cuando voy a un país lejano y debo recurrir al tren o al avión, donde la ley de Murphy hace que siempre me toque compartir asiento con un griposo, tal como me pasó cuando fui a Bolivia y el pasajero de al lado apareció estornudando a los cuatro vientos, compartiendo amablemente sus virus conmigo. El Parque Nacional Madidi. Extensión y ubicación ( relcomlatinoamerica.net ) En otras palabras, aquel día en La Paz en que abandoné la calidez de la cama del hotel antes del amanecer para volar a la selva, arrastraba un fuerte catarro que combinaba un intempestivo dolor de cabe

El Cañón del Colca

Imagen
  A vista de satélite, el Cañón del Colca asemeja una gran herida en la piel de la tierra peruana, una brecha profunda causada por un arma blanca de dimensiones cósmicas que cicatriza por sus extremos pero se mantiene abierta en su parte central, esperando la costura de un hilo imposible. Pero si uno asume el papel de microbio y se adentra entre sus paredes, la percepción cambia, dulcificándose y pasando a ser una experiencia intensa que no resulta sólo de lo material sino también de lo sensitivo, de las emociones mismas. Cuando planeé el viaje a Perú tenía claro que no podía dejar pasar un sitio así por varios motivos. Primero, es conveniente alternar visitas a sitios arqueológicos con conocer otro tipo de lugares, como los naturales, aunque sólo sea por variar y no saturar la mente monotemáticamente en un país que rebosa ruinas y monumentos por los cuatro costados. Segundo, para llegar al valle del Colca es necesario ascender antes las alturas que flanquean sus bordes, oportunidad ú

Auge y caída de la pirámide escalonada de Sakkara

Imagen
  Al final parece que la cosa salió bien y en los alrededores empiezan a menudear los visitantes, haciéndose las típicas fotos saltando o fingiendo que sostienen las paredes con sus manos. La pirámide de Zóser no parece tener suerte. O sí, según se mire. Al poco de reabrir al público en marzo, después de catorce años cerrada por obras de restauración, tuvo que volver a bajar la persiana a causa de la pandemia de covid-19. Como si fuera un negocio cualquiera (que, de hecho, lo es). Ese cierre le supuso otros seis meses de soledad que terminaron en septiembre, con un segundo ¿y definitivo? intento. A priori , una mala racha que, sin embargo, otros ven de otra manera: esa década y media sin apenas gente ha sido como una bocanada de oxígeno... aunque también es cierto que su forzada soledad arrastraba consecuencias graves para quienes viven en Egipto del turismo, que no son pocos y, al contrario que el monumento, tienen que comer. Inmortálizandose con la pirámide (¡y con Marad

La bilbaína Basílica de Begoña

Imagen
Hay lugares que, pese a estar algo apartados, parecen ser especialmente propicios para la violencia. Una especie de imán que atrae la parte más animal del Hombre (o la parte más humana, habrá quien objete y no le faltará razón) y hace que el suelo de su entorno se tiña de sangre, que la destrucción sea una constante a lo largo del tiempo, aún cuando a priori se haya tratado de sacralizar el sitio para apartarlo de lo malo de esta nuestra mundanal realidad. Algo inútil cuando se trata de un punto estratégico para conquistar una ciudad, como le pasa a la Basílica de Nuestra Señora de Begoña. Sí, la de Bilbao . Boda de hidalgos en Begoña, 1607 (Francisco de Mendieta y Retes) El edificio que vemos hoy en día es prácticamente la reconstrucción de una reconstrucción, ya que el tortuoso camino que tuvo que atravesar España a lo largo de los siglos XIX y XX encontró en esa iglesia una particular estación al infierno; una parada en la que, como en aquella película de la marmota,

Los 25.000 esqueletos del convento limeño de San Francisco

Imagen
Hace tiempo, cuando estaba planificando un viaje a Perú, más de uno me recomendó no perder el tiempo en Lima por considerarla una ciudad que carecía de interés. Entiendo que en el imaginario general de quien visita el país andino figura en primer término el mundo inca y, si acaso, alguno de los rincones clásicos que lo caracterizan y copan las portadas de las guías. Pero el caso es que, como ya me conozco el percal y tengo más horas de vuelo que el Barón Rojo y su Circo Volante, hice caso omiso del consejo y reservé un par de días para visitar la capital. No me equivoqué en absoluto. Está claro que, al igual que las de la mayoría del resto de América, Lima carece del atractivo que tienen las ciudades europeas, en el sentido de orden, limpieza, tranquilidad e imagen. Éstas resultan aceptablemente cómodas para el ciudadano en general y el peatón en particular, cosa que es difícil encontrar fuera del continente, donde el urbanismo parece reducirse a una jungla de asfalto indómita,