lunes, 21 de agosto de 2017

Kuakman en Bután II: escala en Katmandú


En el artículo anterior dejamos a Kuakman dispuesto para, tras algunas vacilaciones, iniciar su viaje a Bután. Antes de entrar en el país eligió hacer escala en Katmandú, sin importarle el hecho de que apenas unas semanas antes Nepal había sido sacudido por un fuerte terremoto. Nada detiene al audaz viajero.

Es increíble la cantidad de controles que tiene uno que pasar en el aeropuerto de Katmandú. No sé si se debía al terrible seísmo, que obligaba a recibir una cantidad extra de vuelos con ayuda humanitaria, pero el caso es que resultaba desesperante tener que someterse a la auscultación del policía en la zona de desembarque para después, a la salida de la terminal y ya con el equipaje recogido, volver a pasar por el mismo trámite. Parecería que allí son refractarios al turismo, tal cual parece que se pone de moda en algunos enclaves españoles mediterráneos, aunque en realidad creo que la palabra clave más bien es burocracia. En cualquier caso, algo que tenía todos los números para jugármela... y me la jugó.

Con el cansancio del viaje -recordemos, las conexiones anteriores Asturias-Madrid-Abu Dabi-, la tensión por tanta vigilancia y el miedo a perder el pasaporte (como me ocurrió en Tailandia), pasó lo que tenía que pasar tratándose de mí: salí con la bolsa de mano pero se me olvidó la maleta. No fui yo quien se dio cuenta sino el taxista que me recogió, extrañado de que no viajase desde tan lejos más que con aquel pequeño bulto. De pronto sonó una campanada en mi cerebro y recordé que la había dejado en el segundo control, el de la salida, así que salí disparado como un cohete haciendo el recorrido contrario al resto de pasajeros, regateándolos como si fuera el mismísimo Messi; algo que seguramente haría reir a quienes me conocen y saben que no me gusta hacer esfuerzos físicos más allá de inspirar y expirar.

Aeropuerto de Katmandú/Ralf Lotys en Wikimedia Commons

Pero en aquellos dramáticos momentos hubiera podido dejar atrás a Usaín Bolt y, de hecho, mi vehemente incursión en la terminal fue de tal calibre que todos los policías de servicio se quedaron de piedra, incapaces de determinar si aquella centella que atravesaba el edificio era un ser humano, The Flash o un meteorito que acababa de caer para redondear la labor del terremoto. Por suerte, porque lo normal es que hubieran sacado su arma y dado la alarma general. En fín, la maleta estaba donde la dejé, junto a la cabina de control, custodiada por el agente que me había atendido. Con tono amable pero, a la vez, cierto deje que revelaba la sorna que a buen seguro le invadía, me explicó que había salido detrás de mí para avisarme pero no pudo dar conmigo. Me sentí el ser más idiota del universo y, lo que es peor, sospecho que él pensaba lo mismo.

Ya con todo el equipaje, durante el trayecto hasta el hotel tuve ocasión de formarme una primera opinión sobre la capital nepalí. Con la excepción de los cuatro puntos turísticos de rigor, el resto no deja de ser una amalgama de barrios mal diseñados, de inexistente concepción urbanística, cables de electricidad y telefonía colgando de todas partes, un tráfico caótico, perros vagabundos por doquier y vacas rivalizando con ellos por tener la preferencia en el paso por las calles. O sea, todo eso precisamente que tienen de asqueroso, pero también de encanto, las ciudades del Tercer Mundo.

Lo que verdaderamente me sorprendió de Katmandú fue descubrir los pocos daños que había causado el seísmo, al menos a la vista. Un muro caído aquí, un edificio derrumbado allá, unas grietas en una casa acullá... Algún campamento provisional con tiendas de campaña para los damnificados pero tampoco demasiado grande; he visto mayores acampadas en la Puerta del Sol. Al parecer, contó el taxista, lo más fuerte ocurrió en la parte occidental del país y, en todo caso, en los barrios del este de la ciudad. No le dí mayor importancia, pues, a la cosa, ya que de todos modos tenía reserva en un hotel de luxe que según todos los comentarios de Internet había resistido sin problema.

Un campamento improvisado/Foto: Punya en Wikimedia Commons

Pero cuando llegamos... sorpresa, sorpresa. La fachada del edificio estaba cubierta por lonas y andamios -encima de madera-, con la recepción cerrada y clausurados los bonitos jardines que tanto me habían gustado en las fotos. El hotel, que era un antiguo palacio reconvertido, se asemejaba más al escenario de un bombardeo aéreo, como si el dichoso terremoto hubiera concentrado en él todos sus efectos para perdonar al resto de la urbe. Y en eso me había gastado un dineral...

Me registre entre escombros, dejé las maletas y en cuanto pude salí a dar una vuelta, no fuera a desplomárseme el techo encima, enfilando la dirección del barrio turístico, que estaba cerca. Tanto que no pude evitar hacer un nuevo alarde y me perdí. Por la calle paseaban dos veinteañeras a las que dudaba si preguntarles, temiendo que se asustaran de un bárbaro extranjero con quién sabe qué aviesas intenciones, tal cual había visto hacer por sistema a todas las mujeres vietnamitas. Pero en lugar de eso las chicas se deshicieron en amables explicaciones orientativas y, como debieron pensar -no sin razón- que no me enteraba de nada, hasta se ofrecieron a acompañarme un trecho del camino. Y allí estaba el bueno de Toni Kuakman con una belleza en cada brazo en un momento glorioso para inmortalizar en una foto... que no hice para evitar malas interpretaciones, lo siento.

Vista aérea de Katmandú/Foto: Sarojpandey en Wikimedia Commons

Luego llegó el bajón. No porque mis hadas madrinas se despidieran, que también, sino porque el barrio turístico resultó ser deprimente. O, mejor dicho, no ser sino estar: la catástrofe había vaciado sus antaño animadas calles y tan sólo quedaban los comerciantes, que a la voz de turista a estribor salían de sus tiendas raudos y ávidos, como un banco de pirañas al olor de la sangre. Igual que las moscas en verano y dado que yo era el único visitante que veían en semanas, era imposibe quitárselos de encima, así que huí como pude y regresé a las ruinas de mi hotel para enviar algún whatsapp desde la soledad de mi cuarto.

En ello estaba cuando noté que la cama empezaba a moverse al estilo de El exorcista. Después el temblor aumentó y aunque se detuvo enseguida, me alarmó, curiosamente, el hecho de que la gente hablaba a gritos, los pájaros chillaban como posesos y todos los perros de la ciudad -y son muchos perros, créanme- parecían ladrar al unísono. Bajé a recepción en pijama pero el personal estaba tan tranquilo, como si no hubiera pasado nada. Es más, eso es lo que me dieron a entender: únicamente era un pequeño temblorcillo de cinco grados en la escala Richter. Para que se hagan una idea, los mismos que el terremoto de Lorca de 2011. Les pregunté cuál era el plan de emergencia si venía uno fuerte; la respuesta, grandiosa, quedará para siempre en los anales de mi memoria: permanecer en la habitación hasta que me avisaran por teléfono.

CONTINUARÁ

Foto cabecera: Ananta Bhadra Lamichhane en Wikimedia Commons

lunes, 14 de agosto de 2017

Kuakman en Bután


Ha llegado un poco justo pero lo ha hecho. Me refiero al relato enviado por Toni Kuakman contándonos su último viaje, el realizado por ese país desconocido para la mayoría de los españoles pero con un nombre que resulta tan familiarmente cachondo como Bután. Por supuesto, el tono es acorde al de anteriores experiencias, lo que significa que la diversión está asegurada. Les dejo con las palabras textuales de nuestro viajero-aventurero-inefable favorito.

Hacía ya tiempo que mi calenturienta mente, siempre en ávida búsqueda del destino más raro para pasar las vacaciones, estaba dando vueltas a la posibilidad de visitar el Reino de Bután. Reunía una serie de requisitos que, si a la mayoría de la gente podrían resultarle poco atractivos, a mí me parecían especialmente sugestivos: exotismo extremo, cultura prácticamente desconocida por estos lares, territorio minúsculo (unos cincuenta mil kilómetros cuadrados), exigua población (algo más de setecientos sesenta y ocho mil habitantes) y economía pobre (para abaratar la estancia).

Pero, por encima de todo (y lo de encima es significativo si se tiene en cuenta que ese rincón ignoto está encajado entre las altísimas cumbres del Tíbet), tiene una insólita particularidad: sus gentes presumen de ser las más felices del mundo, como ya verán. Así pues ¿qué mejor sitio para escaparse unos días que aquel donde la felicidad rezuma por doquier? Ya me encargaría yo de rebajar tanto entusiasmo, que para eso me conozco tan bien. Así que me puse a buscar por Internet cómo organizar el viaje. La primera en la frente fue descubrir que uno no puede decir simplemente "me voy a Bután y ya me busco la vida". No, puesto que las leyes butaneras (ya, ya sé que el gentilicio es butanés pero este otro me hace más gracia y, admítanlo, a ustedes también) exigen contratar una agencia autorizada e ir siempre con un guía exhalándote su aliento en el cogote.

Emblema de Bután/Wikimedia Commons

Miré unas cuantas ofertas y la que más me convenció fue la de un español residente en Londres que tiempo atrás había trabajado como cooperante allí; en Bután quiero decir, no en Inglaterra. Eso sí, la agencia se encargaba de planificar la ruta y de gestionar el vuelo de llegada pero el trayecto desde mi lugar de origen hasta el aeropuerto de salida corría de mi cuenta. Algo temible, como sabrán quienes hayan leído mis narraciones de otros viajes. En este caso tenía varias opciones que suponían llegar desde aeropuertos de la India o desde Nepal, siendo esta última mi elección. Toda una odisea aérea, de ésas capaces de acabar con las cervicales del mismísmo Fernando Alonso: Asturias-Madrid-Abu Dabi-Katmandú.

No le den muchas vueltas si están recordando las noticias: era inevitable que el plan coincidiera con el terremoto que arrasó la capital nepalí en 2015. Apenas tres días después de comprar los billetes, no sabiendo si los aviones podrían llegar allí, me ví en la penosa circunstancia de plantearme suspenderlo todo. Mr. Hyde me persuadió con el argumento de que todavía faltaba un mes y para entonces las aguas (o las tierras) ya habrían vuelto a su cauce, sin contar con que sólo pensaba pasar una noche en Katmandú. Pero Gea parecía empeñada en jugármela y a la semana siguiente no sólo se produjo un segundo seísmo sino que vino acompañado de varias réplicas, como un siniestro eco que me gritase "¡Mantente alejado de aquí!"

La pereza demostró que los pecados capitales no siempre tienen por qué ser negativos y puesto que me mareaba sólo de pensar en la batalla de los cambios de billete, me dije que a lo hecho pecho y que Nepal no iba a pasarse temblando todo el año. Decidí que lo que había que hacer era pernoctar en un hotel de lujo que, según pude leer en comentarios por la Red, era uno de los pocos establecimientos que había resistido en pie y sin problemas para sus huéspedes. Consecuentemente hice la reserva sin problemas; ¿quién iba a ser tan idiota como para visitar Katmandú en esas circunstancias?


Mapa del terremoto/BBC

Lo que pasa es que Bután es tan pequeño que únicamente tiene una aerolínea y como además recibe pocas visitas no resulta infrecuente que, al menos en temporada en baja, se anulen los vuelos de pronto y sin avisar. Yo iba en temporada baja, claro. Y a falta de cuatro días para la salida anularon el vuelo de vuelta, también claro, pasándolo al día siguiente. Eso significaba que tendría que pasar en Katmandú una jornada más de la prevista para poder coger la conexión a Paro, la ciudad donde se ubica el aeropuerto butanero.

El cambio de billete y sus gastos correspondientes -cambios, para ser exactos, porque aquello era como las fichas de dominó que se van derribando unas a otras-, era problema mío, al igual que encontrar alojamiento para una noche más. Mis neuronas empezaron a bailar la conga haciendo cábalas sobre desembolsos imprevistos y alteraciones calendáricas, impidiéndome pegar ojo en toda la noche; algo que no es recomendable cuando a uno le esperan largas horas de avión. Lo primero que hice por la mañana fue contactar con Etihad, la compañía aérea que había de llevarme y traerme entre Madrid y Abu Dabi, y que aceptaba hacerme un cambio de billete en el trayecto de retorno por el módico precio de ciento cincuenta euros. Luego hablé con la agencia, que amablemente se ofreció a cobrarme sólo la mitad del gasto del día extra. Tomé la decisión de seguir adelante y cuando ya tenía preparada la tarjeta para pagar en Etihad, la operadora me dijo que no, que no tenía coste porque al tener como causa una desgracia natural lo hacían gratuitamente, sin penalización. Olé. Mi cuenta corriente respiró como si fuera humana.

Sólo faltaba un último detalle: contratar el seguro de viaje recomendado por la agencia. Lo hice on line pero el cargo no me aparecía, lo que daba a entender que no se había realizado y, por tanto, el seguro no estaría operativo cuando me pudiera en marcha. No me hacía ninguna gracia ir sin seguro a un país recién agitado por un terremoto porque me conozco, así que presa de cierta sensación de desasosiego me puse a buscar en otras compañías. Sin embargo, a esas alturas, con la fecha de partida encima, fue mi cerebro el que sufrió un temblor impulsándome a perder el sentido. Así, volví a hacer la operación de pago mientras contrataba una nueva póliza con otra empresa, de manera que al final del día era probablemente una de las personas más cubiertas del mundo: hasta tres seguros tenía simultáneamente. Tras un atracón de tila, anulé dos y todo quedó dispuesto para empezar la aventura.

CONTINUARÁ

Foto 1: bandera de Bután/Wikimedia Commons

lunes, 17 de julio de 2017

La Basílica de la Santa Croce y el origen del Síndrome de Stendhal (y III)


Decía en los dos artículos anteriores (I y II)  que la Basílica de la Santa Cruz acoge las tumbas de algunas grandes figuras de la cultura y las artes italianas. También que, curiosamente, un florentino como Botticelli no reposaba allí y que, de hecho, ni siquiera hay obras suyas en ese templo.

Tabernáculo de la Anunciación
Pero toda una pléyade de artistas sí han dejado su firma en algún rincón de la basílica, algunos de los cuales brillan con una luz especialmente potente. Es el caso del púlpito labrado en mármol de Maiano que se ve en la nave central. O del Tabernáculo de la Anunciación que realizó Donatello y se puede ver a continuación del sepulcro de Maquiavelo. O de la Capilla Pazzi, ubicada al final del primer claustro y construida por Brunelleschi (el mismo que hizo la emblemática cúpula de la catedral): es de planta cuadrada, cubierta con una bóveda circular apoyada en pechinas y con unas medidas que siguen la proporción áurea (foto de cabecera).

Otras capillas especiales son la Bardi y la Peruzzi, que están al lado del coro, pero no por su arquitectura sino por su decoración pictórica. Es obra de Giotto (otro que falleció en Florencia pero le enterraron en la antigua Santa Reparata), que en una recurrió a la vida de San Francisco como tema y en la otra las de los dos juanes, el Bautista y el evangelista. No sé si Stendhal tendría oportunidad de verlas porque a principios del siglo XIX se cubrieron con cal, pero pese a los daños son una maravilla; no extraña que Dante situara en la Divina comedia a Giotto por encima de su maestro Cimabue, aunque, todo hay que decirlo, hacía algo de trampa porque era amigo suyo.



Los frescos de Giotto en las capillas Bardi y Peruzzi

Y tampoco hay que olvidar la capilla que hizo Michelozzo para el poderoso Cosme de Médici, en cuya decoración colaboraron Donatello y Luca della Robbia. Nombres y más nombres del Quattrocento y el Cinquecento (y del barroco, y del neoclásico...) que podrían ser más aún si en el siglo XVI no se hubieran eliminado los frescos de las paredes de las naves para poner capillas en su lugar.

Cúpula de la Capilla Pazzi, obra de Brunelleschi

El púlpito de Maiano
No está del todo claro si el famoso Síndrome de Stendhal, descrito en 1979 por la psiquiatra Graziella Magherini tras observar síntomas similares a los del escritor romántico en otros turistas que visitaban la ciudad, existe realmente o no; si esa turbación, ese vértigo que sintió el escritor ante la sobredosis de belleza de la Santa Croce, tiene entidad suficiente para ser considerada un trastorno psicosomático o hay más de leyenda que otra cosa. Confieso que la idea no se despegó de mí durante la visita y que, por una vez, me hubiera gustado marearme por una buena razón. 

El caso es que cuando salí de nuevo a la plaza ya brillaba el sol y el bullicio normal se había apropiado del lugar. Recordé entonces que era allí donde el día de San Juan se celebraban los partidos de Calcio storico, un deporte tradicional en el que cuatro equipos (uno por cada barrio histórico medieval) se enfrentan, en una brutal combinación de fútbol, rugby y pelea, por ganar... un ternero blanco (y el inapreciable prestigio del triunfo, por supuesto). El evento se sigue celebrando con los veintisiete jugadores ataviados a la colorida antigua usanza y los servicios de urgencias atentos para atender los abundantes descalabros. A ver si era eso lo que realmente gustaba a Stendhal...

Un partido de Calcio Storico o Calcio Fiorentino/Foto: When in Florence

Fotos: Marta B.L.


lunes, 10 de julio de 2017

La Basílica de la Santa Croce y el origen del Síndrome de Stendhal (II)

(Continuación del artículo anterior, en el que atravesaba la Piazza Santa Croce y llegaba hasta la basílica, a cuya entrada se alza la estatua de Dante Allighieri).

Tumba de Galileo
Una vez dentro pasé a la iglesia propiamente dicha: tres naves -la central muchísimo más ancha que las laterales- separadas por pilares octogonales que sostienen arcadas ojivales, aunque hay añadidos posteriores. Sin embargo, al contrario de lo que pasa con otros templos góticos, lo verdaderamente fascinante no es el continente sino el contenido, tanto el artístico como el mortuorio, en algunos casos ambos relacionados. Si el pavimento rojo está tachonado por las lápidas de doscientas setenta y seis tumbas de notables florentinos, las que realmente interesan no están en el suelo sino en las paredes de la parte derecha hasta el transepto. No voy a citarlas todas porque esto se alargaría demasiado, pero sí las de algunos personajes que han pasado a la Historia con letras de oro y por ello tienen sepulcros monumentales.

El primero es el de Galileo Galilei. Ya saben, el sabio pisano cuya gran aportación a la ciencia astronómica, el perfeccionamiento técnico de un telescopio que le permitió enunciar la Primera Ley del Movimiento y constatar la teoría heliocéntrica copernicana, le llevó a ser procesado por la Inquisición y condenado a abjurar de sus ideas, pasando el resto de su vida confinado en casa. Tras su muerte en Arcetri en 1642 sus restos mortales fueron trasladados a Florencia por orden de Fernando II, Gran Duque de Toscana; pero hasta 1736 no pudo ser enterrado en la basílica por la condena inquisitorial.

Tumba de Miguel Ángel
Justo enfrente, en la otra nave, yace otro genio pero de las artes. Un tal Miguel Ángel Buonarrotti, autor de la Piedad, el Moisés y los deslumbrantes frescos de la Capilla Sixtina de Roma, ciudad en la que falleció en 1564. Su cadáver fue trasladado subrepticiamente por su sobrino Leonardo; para evitar posibles obstáculos (el Papa para ser exactos), lo hizo de una forma algo macabra, en un carro de mercancías y envuelto en una alfombra. Tardó tres semanas en hacer el trayecto, así que es mejor no imaginar en qué condiciones llegaría; en cualquier caso, su funeral debió ser emocionante, de noche, en una masiva comitiva en la que todos los artistas de la Academia portaban antorchas. Su mausoleo, una combinación de arquitectura, escultura y pintura para homenajearle, lo hizo Vasari pero colaboraron otros más.

Al lado hay otro monumento funerario que atrae la atención; Honorem summi poetae (Honrad al más alto poeta) dice su epitafio. Sin embargo el interés es más emocional que artístico porque el cenotafio de Dante, que es al que me refiero, fue construido por Stefano Ricci en 1829. No es que la fecha no concuerde con la época del poeta -o no sólo- sino que su cuerpo no está allí, ya que murió en Rávena en 1321, donde estaba exiliado, y los esfuerzos por traerlo no fructificaron. Pese a la orden expresa del Papa, las autoridades de Rávena enviaron un ataúd vacío. cosas de aquellas inacabables rivalidades de la Italia medieval.

Cenotafio de Dante

Hacia la mitad de la nave está el sepulcro de Niccoló di Bernardo dei Machiaveli, o sea, Maquiavelo, uno de los mejores representantes del Renacimiento literario y de toda una doctrina política, la expuesta en El príncipe, no siempre bien interpretada. Repudiado por los Médici, que le detuvieron y torturaron acusándolo de tramar un golpe de estado, murió olvidado y si no lo hizo también en la miseria fue gracias a que le tocaron veinte mil ducados a la lotería. Su epitafio es magnífico: Tanto nomini nullum par elogium (Gran nombre más allá de toda alabanza).

Tumba de Maquiavelo

No sólo hay memoria para los renacentistas. ¿Quién no ha escuchado, seguramente montones de veces, los acordes de El barbero de Sevilla o la introducción a Guillermo Tell? A su autor, Gioachino Rossini (que, por cierto, estuvo casado con una española), el óbito le sorprendió en París en 1868 y estuvo un tiempo enterrado en el cementerio de Père-Lachaise. Pero diecinueve años después se llevaron sus restos a la Santa Croce debido a su enorme popularidad; hasta Verdi le dedicó una misa de réquiem. Eso sí, su mausoleo parisino sigue en pie, aunque vacío.

Tumba de Rossini
La lista de enterramientos ilustres se completa con los nombres de varios escritores y poetas: el humanista Leonardo Bruni, el dramaturgo dieciochesco Vittorio Alfieri y el poeta romántico Ugo Foscolo.

Curiosamente, uno de los hijos más preclaros de Florencia, el pintor Sandro Botticelli, que nació y murió en la ciudad durante lo que se considera su Edad de oro, no está sepultado en la basílica junto a los otros genios sino en la que era su parroquia, la iglesia de Ognissanti; quizá por la acusación de sodomía que cayó sobre él por no casarse nunca (pese a su incierta relación con Simonetta Vespucci, la modelo de su famoso Nacimiento de Venus) o quizá por haber sido un piagnore (o sea un llorón, como se llamaba a los seguidores de Savonarola). Es más, la ausencia de Botticelli en la Santa Croce se extiende a su arte, pues no hay obras suyas en ella.

CONTINUARÁ...

Fotos: Marta B.L.

lunes, 3 de julio de 2017

La Basílica de la Santa Croce y el origen del Síndrome de Stendhal (I)


"Absorto en la contemplación de la belleza sublime, la veía tan cerca que me parecía tocarla. Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestiales proporcionadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de la Santa Croce, notaba las pulsaciones del corazón, aquellas que en Berlín llaman nervios; se me escapaba la vida, caminaba con miedo a caerme".
(NÁPOLES Y FLORENCIA. UN VIAJE DE MILÁN A REGGIO, Stendhal)

No es de extrañar que a Stendhal se le acelarase el pulso contemplando tamaña concentración de maravillas cuando visitó esa iglesia en 1817. Por un lado Miguel Ángel, Galileo Galilei, Dante Alighieri, Maquiavelo y Rossini; por otro Donatello, Vasari, Giotto, Ghiberti, Ricci, Canova, Michelozzo, Sangallo, Della Robbia, Cimabue, Brunelleschi... A primera vista parecería una enumeración de artistas italianos del Renacimiento, de no ser por que alguno de esos ilustres apellidos no tiene que ver con el arte sino con la ciencia y los demás corresponden en realidad a distintas épocas. Pero todos poseen algo en común: se juntan bajo el mismo techo, unos homenajeados y otros como creadores de esos honores, en el que es uno de los rincones más extraordinarios de Florencia. Que ya es decir.

Henru Breyle, alias Stendhal

Llegué a la Piazza di Santa Croce a una de esas horas tempranas de la mañana en que la ciudad aún estaba despabilándose, los turistas seguían en el hotel afanados en devorar bollo tras bollo de mantequilla y mermelada,  y las calles presentaban la inusitada tranquilidad que precede a la tormenta que llegaría en breve en forma de masas de gente, tráfico denso y bocinazos non stop. Italia, en una palabra. Era un día fresco y nublado, como suelen serlo los florentinos hasta que el propio sol entra en calor y empieza a brillar a mediodía.

La plaza, antes de que el sol y la gente se desperecen

La plaza estaba medio vacía, tachonado su enlosado por algunos charcos dispersos que lo mismo podían proceder de la lluvia nocturna o de una manga de riego, si bien recordé -y una placa en la esquina noroeste lo señalaba- que en el mismo año de mi nacimiento ese foro quedo completamente anegado por unas inundaciones provocadas por fuertes lluvias y un ciclón, superando el agua los cinco metros de altura y estropeando muchas obras de arte. Entre ellas murales al fresco y el famoso crucifijo de madera pintada de Cimabue que decora el altar mayor de la Basílica de la Santa Cruz.

Uno de los edificios de la plaza

Al fondo, rodeada por palacios como L'Antella o Cocchi Serristori, se alza la silueta de esa iglesia, con su típica fachada toscana cuartelada en la que la caliza blanca se alterna con mármoles de colores y que tardó cuatro siglos en terminarse, razón por la cual presenta un singular estilo neogótico que, no obstante, pasa bastante desapercibido. Especialmente porque la vista del observador tiende a desviarse inevitablemente hacia la estatua que se yergue justo al lado y representa a uno de los hijos más ilustres de Florencia, Dante Allighieri. No será el único recuerdo que se tribute al poeta, como veremos al acceder al templo.

La estatua de Dante
Éste es franciscano, el mayor del mundo (la idea era superar en tamaño al de Santa María Novella, dominico), aunque se asienta sobre un pequeño oratorio anterior cuyos restos no se descubrieron hasta 1996 cuando el suelo se hundió a causa de otra inundación; era la zona más pobre de la ciudad, extramuros. Iniciada su construcción en 1294 según los planos de Arnolfo di Cambio (que pasaría a la historia por haber sido el creador involuntario del primer Belén, un grupo escultórico del monumento a Bonifacio VII en la Capilla Sixtina, hoy en Santa María la Mayor), no se terminó hasta finales del siglo XIV, consagrándose en 1443. Pasó por sucesivas remodelaciones y sirvió como iglesia del convento hasta que las familias ilustres de la ciudad, que eran las que financiaban las obras, exigieron el derecho a ser enterradas dentro, trocando así su carácter sencillo por otro magnífico.

Y eso que estéticamente conserva la sobriedad, verificable al observar cómo la techumbre interior no está recubierta de piedra sino que deja a la vista su armazón de vigas de madera, como era costumbre en las iglesias de las órdenes mendicantes. Entré sin dejar de echar un vistazo al pequeño pórtico de la parte izquierda, bajo cuyos arcos reposan los restos mortales de Francesco Pazzi, noble banquero y tesorero del papa Sixto IV, quien le convenció para dirigir la célebre conspiración que lleva su apellido, que tenía como objetivo expulsar del poder a los Médici empezando por el asesinato del más insigne, Lorenzo; el plan falló, sólo pudieron matar a su hermano Giuliano y la gente intentó linchar a los Pazzi (Francesco se refugió en el Palacio de la señoría pero fue arrojado por una ventana y su cadáver arrastrado desnudo por las calles) mientras los Médici se volvían más populares que nunca.

Conspiración de los Pazzi (Stefano Ussi)
CONTINUARÁ...

Fotos: Marta BL

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