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Mostrando entradas de abril, 2012

Las huellas de la Operación Antropoide en Praga (I)

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El Mercedes verde avanzaba sobre el empedrado de la calle Rude Armady de Praga con su capota hacia atrás, dejando ver las siluetas de sus ocupantes: un conductor y el pasajero del asiento de atrás, ambos tocados con sus inconfundibles gorras en las que brillaba la insignia plateada de una siniestra calavera. Al llegar a la curva de Holeschowitz redujo su velocidad y un miliciano dio la señal con destellos de un espejo. Había llegado el momento y Josef Gabcik, soldado checo reconvertido en comando por los británicos, salió de su escondite, apuntó con su fusil ametrallador y apretó el gatillo pero los nervios le hicieron olvidar quitar el seguro. Presa del pánico, creyendo que se había encasquillado, arrojó el arma e intentó huir.
El coche se detuvo bruscamente. Ni a Klein, el chófer, ni al obergruppenfüher, el pasajero, les había pasado inadvertido el incidente. Ambos sacaron sus pistolas pero entonces apareció Jan Kubis, otro comando, y arrojó una granada. La explosión afectó la part…

El monte Testaccio

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El carro pasa bajo la puerta que atravesaba la muralla y entra en el casco urbano de Roma. El camino por la Vía Ostiense que, como se deduce de su nombre, unía la capital del imperio con el puerto de Ostia, a donde arribaban las corbitas y otras naves onerarie de todas las provincias con sus cargamentos de productos para satisfacer la demanda de los dueños del mundo, había llevado su tiempo. Pero ni Lucio, el transportista, ni su viejo burro tienen prisa, especialmente en una época donde no existen los relojes y el concepto de horario es muy diferente al actual. 
Además, la mercancía que lleva es lo suficientemente frágil como para no arriesgarse. Aunque la veintena de ánforas vayan bien protegidas por el acolchado natural que supone la paja entre cada una, Lucio no puede jugársela porque necesita los pocos denarios que suponen su venta; al fin y al cabo, patricios que puedan vivir de las rentas hay pocos y él no pertenece precisamente a esa casta de privilegiados.
Avanzando lentamente …

De Cestio a Gramsci, pasando por Shelley y Keats

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En la antigua Roma ya había modas. Si durante mucho tiempo fue costumbre entre los hombres ir perfectamente afeitados, luego se estiló llevar barba y las mujeres cambiaron sus peinados más o menos sencillos por otros de rizos que hoy permiten a los historiadores y arqueólogos diferenciar períodos.
Pero el marcar tendencia, como se dice hoy, se extendió a otros campos. Uno de ellos el arquitectónico. La conquista de Egipto no sólo llevó a la capital mundial la religión faraónica -los romanos aceptaban y asumían todos los cultos- sino muchos elementos decorativos del país africano. Y, claro, ninguno más representativo que la pirámide.
Por eso el pretor, tribuno y sacerdote Cayo Cestio Espulón eligió esa forma para su mausoleo en el año 12 a. C. Eso sí, de dimensiones más modestas (36,40 metros de altura por 30 de lado) y un ángulo más agudo que sus homólogas egipcias. Según una inscripción que aún puede leerse en una de sus caras, tampoco tardó en construirse tanto como ellas: sólo 330 dí…