La piel en el asfalto (I)

Iba recorriendo kilómetros y kilómetros por carretera y la decoración era siempre la misma: tanto a un lado como a otro del arcén el adorno consistía en un coche abandonado, desvencijado, corroído por el óxido, revestido de abolladuras, arrugado como un acordeón. Por supuesto, ni rastro de cristales o neumáticos. De vez en cuando había una pequeña variación y, en lugar de restos de un tortazo, me encontraba una carrocería calcinada. Era como una jornada a través de un campo de batalla donde se podía notar el olor del napalm por la mañana, como la exhumación de una fosa común, rebosante de esqueletos de los que únicamente tenemos la certeza de sus huesos y desconocemos su historia.

Hace veinte años las cunetas de Portugal eran así, una especie de exposición de arte conceptual en la que a la pieza sólo le faltaba el cartelito con el nombre, como si uno de esos iluminados de ARCO hubiera diseminado por el país el contenido de un desguace para conseguir, pongamos, algo titulado "Texturas siniestradas" u otra gilipollez por el estilo. El lavado de cara que se hizo en el país para la Eurocopa (aquélla tan gloriosa en que nos eliminaron en primera ronda y ganó la plomiza Grecia) ha cambiado el paisaje, lo cual puede ser estéticamente mejor pero le hace perder gracia, la verdad.

Una de las curiosidades de viajar por ahí es la imagen que deja en el recuerdo la correspondiente red viaria de cada sitio. Por ejemplo, mi memoria asocia la de Francia a la ecuación de las estaciones de servicio: gasolinera+restaurante lleno+tienda carísima=gasto brutal inesperado.

La de los países musulmanes mediterráneos equivale a una caravana de camiones cargados hasta el infinito y más allá de mercancía insólita (miles de botellas de plástico vacías, por ejemplo), carros tirados por burros tiñosos, motos y bicicletas cpara dar y tomar con dos o tres ocupantes y, sobre todo, coches que se ponen a adelantar sin importarles que venga otro de frente porque cuentan con que ya se apartará; porque en Egipto y Marruecos tiene preferencia el que adelanta y si te vas a estampar contra uno debes lanzarte al arcén o al acantilado porque él va a seguir con tranquilidad su maniobra (como mucho te dará luces -las largas, no las de dirección- o te pitará por no apartarte lo suficiente).

Continuaremos el análisis de los caminos en La piel en el asfalto II.

Foto:
Furgoneta calcinada de www.oxido.webcindario.com

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