La maldición de los faraones

boriskarloff

¿Qué nos lleva a cometer estupideces? ¿Por qué en las películas de terror el grupo de amigos/cretinos se separa si todos sabemos que así el asesino les irá matando de uno en uno? ¿Por qué todos los presidentes del fútbol afirman que su equipo tiene posibilidades ese año de ganar la Liga o entrar en puestos europeos (o no bajar de categoría, o subir)? ¿Cómo es que seguimos ignorando quién es el asesino de las novelas de Agatha Christie si sólo hay que apuntar al menos probable?

Todo esto viene a cuento porque cuando viajé a Egipto tenía muy claro algo que no debía hacer bajo ningún concepto: beber agua no embotellada, o echar hielo en la bebida, o comer ensaladas o fruta con piel; el agua local contiene bacterias que producen problemas intestinales. Todas las guías lo advierten, todos los foros de Internet lo confirmaban; todos los amigos que fueron antes me lo habían recordado... Con tanta información ¿quién iba a ser tan estúpido como para meter la pata?

Yo.

Ocurrió el segundo día, al regresar al barco-hotel para cenar después de un día de excursiones. Una jarra de refrescante sangría esperaba a los sudorosos clientes en una mesa de la entrada, como una araña acechando maléficamente a su presa desde la tela. Me eché al coleto no uno sino tres vasos y todavía seguí después, durante la cena. Mi única excusa es que pensé que no llevaban hielo porque no lo ví, ya que se había fundido.

Fue cuestión de un par de horas. Al llegar al camarote empecé a notar molestias que, poco a poco, pasaron a ser fuertes retortijones. Unos minutos después las tripas estaban bailando una conga, multiplicándose paulatinamente la intensidad hasta que llegué a pensar que llevaba un alien dentro, como el de la película, abriéndose paso hacia la libertad. Entonces llegaron los vómitos; la niña de El exorcista se hubiera muerto de envidia, no sólo por la presión a chorro con que brotaban las regurgitaciones de mi garganta sino también por el elegante color verdoso que presentaban. Y luego todo se convirtió en una especie de fuente luminosa multicromática cuando acompañé las arcadas con una catarata diarreica. Pensé que no podía ser peor.

Pero podía, claro. Durante varios días me vi sometido a la tortura de no poder probar prácticamente alimento alguno salvo ese caldo asqueroso que llaman suero. Ante mí desfilaban bufetes con todo tipo de manjares, desde arroces, pastas carnes y pescados a las delicias locales como esa sabrosa pasta llamada humus o el pan ácimo oriental. Y yo a dos velas. O, como mucho, un poco de arroz blanco que no tardaba en salir despedido de mi organismo como un torrente. Me parecía oir las risas de Tutankhamón desde el Más Allá, vengándose de la profanación de su tumba. En esas condiciones, caminando doblado sobre mi vientre como el jorobado Igor de El jovencito Frankenstein y visitando de vez en cuando esos malditos servicios públicos egipcios a cuya entrada un empleado te vende un trozo de papel higiénico del tamaño de un sello -ellos utilizan una manguera, así cualquiera-; en esas condiciones, digo, visité heroicamente Luxor, Karnak, Deir El Bahari y el valle de los Reyes.

tutankamon
Ahí estoy, aguantando los retortijones. Iker Jiménez diría que el de detrás es el Ka de Tutankhamón, disimulando.

El alien-nasciturus ya estaba fuera de cuentas cuando llegué a Sharm-El Sheikh, en la península del Sinaí, un lugar idílico para disfrutar el colorido del Mar Rojo. Nada más entar a la habitación del hotel me derrumbé sobre la cama en posición fetal -que no fecal, aunque también- y descubrí que incluso tenía fiebre, así que hubo que llamar a un médico. El hombre trató de ser agradable y animarme asegurando que sólo los españoles estamos tan chiflados como para visitar Abú Simbel y Assuán en verano, que él era egipcio y nunca se le ocurriría soportar las temperaturas de más de 50º que habíamos vivido nosotros. Luego me hizo la inevitable pregunta: si era del Real Madrid o del Barcelona. Del Madrid, le contesté, y él dijo que también. Pero sospecho que era culé porque acto seguido sacó de su maletín una jeringa que más parecía un alfanje y se dispuso a inyectarme un ingente cóctel de antibióticos. Como tenía una gastroenteritis de caballo debió de deducir que también debía usar un pincho para equinos.

El caso es que la estocada empezó a surtir efecto. A la noche siguiente ascendí a la cumbre del monte Sinaí acompañado de las vomitonas de otros turistas, éstos a causa del esfuerzo, como si estuvieran escalando el Aconcagüa. La caminata me sentó bien. De hecho fui el único que no devolvió; como no comía desde hacía días... por eso tras descendender decidí desayunar algo en el hotel. El asco que me sigue produciendo aún el té rojo es la mejor prueba de que cometí un error; mis intestinos seguían centrifugando como una lavadora.

Sin embargo fue el canto del cisne (negro). Poco después pasaba a Ákaba, en Jordania, y descubrí que podía comer. Había superado la maldición de los faraones.


Fotos:
La momia
Tumba de Tutankhamón, por marta B. L, 2005

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