Dialéctica hegeliana del turismo rural (II)
( Continuación del post anterior ) Al principio es divertido caminar sobre la nieve levantando las rodillas hasta el pecho, como esos caballos andaluces cuando bailan o los chinos desfilando. Pero unos minutos después empieza ser cansado y al cabo de media hora estás maldiciendo porque ya resbalaste varias veces, las dos últimas cayendo de plano sobre el blanco manto y calando la ropa no aislante que vistes. Menos mal que al menos tuviste la precaución de ponerte las gafas de sol o el efecto espejo del sol en la nieve te cegaría. Un reflejo que, de todas formas, no dura mucho: a mediodía empieza a llover , lo que pone fin a la excursión. Mejor dicho, pone fin al trayecto de ida, porque falta desandar lo andado para ponerse a salvo de lo que por momentos empieza a parecerse al Diluvio Universal. En esas circunstancias agradeces ver por fin la casa, aunque necesites otra hora para encender la lumbre. Y lo agradeces porque puedes quitarte esas ropas empapadas y ponerte unas secas...