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Mostrando las entradas etiquetadas como Islas Canarias

La extraña playa de Cofete (II): cementerio, submarinos y una falsa mansión nazi...

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    La primera impresión que tuve de la playa de Barlovento, en Cofete, de la que ya hablé en el artículo anterior , fue un recuerdo cinematográfico: el de la costa de la isla Skull, a la que arribaba la tripulación del barco petrolero en la película King Kong (la de Jerssica Lange de 1976, que fue en la que descubrí la historia del gorila gigante). Puede ser una rememoración distorsionada, claro, y habría que revisar el film para ver si realmente son paisajes parecidos o me traicionan los años; pero, bueno, fue la imagen que me vino cuando contemplé aquel inmenso arenal canario que se perdía de vista -más de una docena de kilómetros desde el islote de las Siete Viudas al roque del Morro-, envuelto en una niebla arcana y batido por un pertinaz fuerte viento; sí, Fuerteventura es un nombre atinado. La playa de Cofete entre la bruma matinal. A lo lejos se vislumbra la Villa Winter   Pero, aunque estaría bien, allí no hay tribus salvajes ni ningún primate gigante; de hecho,...

La extraña playa de Cofete (I): viento y arena

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Es curioso que para caminar por una de las playas más raras que he visto en mi vida no haya necesitado viajar a países lejanos ni navegar por mares exóticos ni penar horas interminables encajonado en el asiento de un avión. Me bastó ir a un rincón de España -extremo para un asturiano, eso sí- haciendo poco más de millar y medio de kilómetros, que en tiempo de aviación son dos horas y media. Ahí al lado, como quien dice. En concreto, a la isla canaria de Fuerteventura, en cuyo extremo meridional se ubica el sitio al que me refiero: la playa de Cofete. El simple hecho de acceder a ella tiene miga. Al estar en la península de Jandía, una antigua isla volcánica resultante del colapso de una caldera hoy sumergida, que ahora se extiende unos doscientos kilómetros cuadrados y se une al resto de Fuerteventura mediante un istmo arenoso denominado La Pared, se hace necesario atravesar la sierra que la vertebra. En ésta se alza el pico de la Zarza, techo insular con sus ochocientos siete metros ...

Una visita al volcán de La Palma

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  Es difícil meterse en la mente de un pirómano y saber por qué se queda boquiabierto contemplando las llamas, igual que tampoco sabemos la razón por la que alguna gente, digamos poco equilibrada, se deja influir por la contemplación de la luna llena. Pero no hace falta sufrir alteraciones para pasar por algo parecido -inofensivamente, eso sí- y atisbar un átomo de comprensión al observar con inevitable fascinación una erupción volcánica, hermosa a la par que amenazadora. Pasará lo mismo con un tsunami, digo yo, pero es más difícil de ver. Cuando, en septiembre de 2021, el Cumbre Vieja comenzó a vomitar fuego en La Palma todos nos sumimos en una curiosa combinación de horror y atracción; la primera por el efecto destructor que sufrían los vecinos, ante el cual resultaba inevitable una pulsión empática si se tienen entrañas; la segunda porque, reconozcámoslo, las imágenes de la lava discurriendo ladera abajo tenían y tienen una incuestionable belleza. Aparte, estaba el interés cien...

¡Corsarios franceses atacan La Palma!

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  La transposición de piratas de otra época a ésta es un tema lo suficientemente jugoso como para que el cine lo haya tratado alguna vez. Estoy recordando una película que dirigió Michael Ritchie en 1980, La isla, basada en una novela de Peter Benchley (el autor de Tiburón ), que cuenta cómo un periodista que quiere investigar la desaparición de barcos en el Triángulo de las Bermudas hace un singular descubrimiento: la causa es una insólita comunidad de filibusteros que siguen viviendo al margen del mundo, como si no hubieran pasado tres siglos, cuyo líder desciende del famoso Olonés.  Curiosamente, ese mismo año también se estrenó La niebla ; no la que hizo Frank Darabont en 2007 adaptando la novela de Stephen King, sino la que dirigió John Carpenter: los fantasmas de una tripulación de leprosos regresan cien años después, envueltos en la bruma del título, para vengarse de los vecinos de un pueblo costero que atrajeron su barco a unos arrecifes para evitar que se insta...

El drago de Icod

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  Había estado ya dos veces en Tenerife y a la tercera fue la vencida. Si en las anteriores no pude acercarme al norte de la isla por imprevistos varios, este verano me prometí que no se me escaparía, aunque fuera en una visita somera. No resultó fácil porque la recalcitrante pandemia tuvo entre sus inusitados efectos secundarios el reducir el parque móvil disponible para alquiler y, dado que el plan fue más bien improvisado, me costó encontrar un automóvil que no se encuadrase en la gama alta (para la que siempre hay disponibilidad, salvo que uno no disponga de una chequera ilimitada, como es mi caso). Finalmente, el dueño de una agencia lo arregló, de forma tan meritoria como osada, cediéndome su propio coche.   Gracias a ese buen samaritano, por fin tuve ocasión de disfrutar de serpenteantes carreteras al borde de acantilados, sinuosas curvas generadoras de implacables náuseas y rampas de acentuado desnivel que erosionaban el cambio de marchas mientras ascendía los ba...

La Torre del Conde (y II): la Rebelión de los Gomeros

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En el artículo anterior repasaba cómo fue la llegada de los castellanos a la isla de La Gomera y cómo Hernán Peraza el Viejo construía la Torre del Conde en la recién fundada villa de San Sebastián, la misma donde recaló Colón antes de atravesar el Atlántico en 1492. También reseñaba que el Viejo falleció en 1452. El relevo lo recogió su nieto, que también se llamaba Hernán y por eso, para distinguirlo del anterior, llevaba el apodo de el Joven o el Mozo . Su madre era Inés Peraza de las Casas , hija de Hernán el Viejo y a la que le gustaba hacerse llamar Reina de las Canarias porque su familia no sólo se las arregló para lograr que Enrique IV de Castilla le concediera el señorío del archipiélago sino que también convenció a los portugueses para que se marcharan de La Gomera. El  reinado  duró hasta 1477, en que Inés y su marido, Diego de Herrera , cedieron sus derechos a los Reyes Católicos a cambio de ser nombrados condes. Esta isla se la dejaron en herencia a su s...

La Torre del Conde (I): la ocupación de La Gomahara

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Una de las primeras cosas que ve uno cuando desembarca del ferry en el puerto de La Gomera es la figura solitaria y llamativa de la  Torre del Conde . Está en el parque homónimo, una pequeña zona de asueto situada frente al mar y con un césped verdísimo sobre el que el monumento parece flotar. Contemplándola allí, batida por el sol y escapando a la sombre a de las palmeras que circundan el sitio, parece increíble que aquel haya sido el escenario de dramáticos momentos siglos atrás, cuando la reposada existencia de los gomeros se vio alterada por la llegada de aquellas enormes canoas a vela y sus extraños ocupantes que, embutidos en corazas, reclamaban la propiedad de sus tierras en nombre de un lejano rey. Probablemente los aborígenes ignorasen que su propio origen no era autóctono , tal cual pasaba con sus vecinos de las otras islas: los guanches tinerfeños, los bimbaches de La Palma, los canarios de Gran Canaria, los majos de Fuerteventura... Todos venían de fuera,...