Santa María de Tonantzintla, la iglesia pagana disfrazada


Si bien la idea más tópica que se suele tener de México es la de un país caluroso, desértico para los aficionados al cine del oeste y selvático para los que se quedaron más bien con Apocalypto (que en realidad transcurre en lo que hoy es Guatemala), lo cierto es que se trata de ambas cosas y muchas más, pues su tamaño es casi el mismo que el de Europa occidental. Y se da la circunstancia de que el estado de Puebla tiene un clima templado y húmedo, así que con resignado fastidio, pero también con la acostumbrada rutina, que nacer en Asturias marca climatológicamente, aquella mañana tuve que tirar de chubasquero para hacer frente a una lluvia suave pero pertinaz que me desdibujaba el paisaje al resbalar por la ventanilla del vehículo. Acabábamos de dejar atrás la imponente pirámide de Cholula, la más grande del mundo aunque su apariencia actual es la de una colina tapizada de vegetación con una iglesia en la cumbre, para continuar unos quince kilómetros por la Carretera Federal Atlixco hasta la localidad de Santa María de Tonantzintla y visitar su famosa iglesia, Monumento Histórico.

Tonantzin, divinidad nahuátl de la tierra y la fertilidad, en realidad no corresponde a una única diosa. Es un término genérico que engloba a varias deidades femeninas, de manera similar a lo que en el cristianismo es Nuestra Señora (de hecho, su traducción exacta sería Nuestra Madrecita). Los cronistas españoles la identificaron tanto con Coatlicue como con Centéotl y Teteoinan, mientras que investigadores más recientes la asimilan a la madre de Quetzalcóatl o incluso a su esposa Cihuacóatl. Pero la lista mexica de diosas se extiende aún más, así que hay de sobra para elegir. Parece lógico deducir que, siguiendo el protocolo habitual, en 1653 los españoles cristianizaron el santuario que tendría allí Tonantzin construyendo encima una iglesia y trocando sincréticamente su personalidad por la de la Virgen, tal como había pasado, según cuenta la tradición, con la misma divinidad y la Virgen de Guadalupe. En aspecto físico salió ganando seguro, porque ni Coatlicue ni las demás ganarían nunca un concurso de belleza. 



El cielo estaba completamente encapotado originando una mañana gris y apagada, la preferida por Tlaloc para brindarle sus lágrimas al Hombre (siempre y cuando llorasen también los niños que le sacrificaban con ese fin en  tres festivales celebrados a lo largo del año, cosa que no parece muy difícil). Caminé por una estrecha acera semiasfaltada, en la que los socavones se convertían en charcos y la gravilla suelta volvía resbaladizo el paso. La iglesia no impresiona por fuera porque, aunque adscrita al barroco, su fachada no posee la habitual decoración recargada de ese estilo; es más, resultaría difícil adivinar a cuál corresponde, habida cuenta del forro de azulejos rojos alternados con estrellas blancas que la recubren, incluso en la torre, originando un aspecto peculiar que se agudiza con el policromado de las estatuas de los evangelistas en sus hornacinas, el amarillo de las molduras y las franjas blanquiazules, más el estuco gualdo del resto del edificio. Pero ya dice el aforismo que la belleza está en el interior y en este caso no se trata de un cliché.

El día gris y la lluvia no ensalzan precisamente la fachada

Coatlicue era, usando terminología jedi, el lado oscuro de Tonantzin; un reverso tan tenebroso que se la representaba con una falda hecha de serpientes, un collar de manos humanas y los pechos caídos en señal de fertilidad. Fecunda era, desde luego, pues quedó embarazada misteriosamente a partir de una pluma sin necesidad de conocer varón (¿a alguien le suena esto? Ni siquiera necesitó una paloma entera), algo que indignó a sus -atención- cuatrocientos hijos anteriores, que decidieron matarla en plan honra calderoniana. Lo que no sabían es que el nuevo vástago era nada menos que Huitzilopochtli (por si no lo conocen, al que los aztecas ofrecían los corazones palpitantes), quien nació con un arma en la mano (literalmente, y además no una cualquiera: una serpiente de fuego nada menos) y acabó él solo con aquella desagradecida prole. A su hermana Coyolxauhqui, la instigadora de todo, la decapitó, lanzando luego la cabeza al cielo para que se convirtiera en la luna (ellos pasaron a ser las estrellas); a continuación arrojó el cuerpo cerro abajo, algo que los sacerdotes mexicas conmemoraban con los cuerpos de las víctimas sacrificadas al tirarlos rodando por la escalera de la pirámide.



Retrato de familia

Entrar en aquella aparentemente modesta iglesiuca es como pasar del Infierno al Cielo. O del Mictlán al Tonatiuhichán (o a cualquiera de los otros cielos, que había uno casi para cada forma de morir). De pronto un resplandor ciega la vista e ilumina el ábside; la luz del sol que entra por las ventanas se refleja sobre el pan de oro y la exuberante decoración polícroma que recubre las paredes y el arte interno de la cúpula para mostrar la que posiblemente sea la muestra más exquisita del barroco novohispano en su versión indígena, conocida como tequitqui (tequitl significa trabajo en nahuátl). Porque los artesanos nativos pudieron convertirse al cristianismo pero no renunciaron del todo a sus tradiciones y las incorporaron al templo de la nueva religión, adaptadas a la iconografía católica, con la aquiecencia de los frailes franciscanos. 

La solución a la pertinaz sequía

La referencia anterior a Tláloc no era gratuita, más allá de las gotas que caían fuera incesantemente. La cúpula de Santa María Tonantzinla es una representación del cielo pero también del mundo del dios de la lluvia, que para ser exactos no era una divinidad sino un concepto natural que englobaba también los rayos, los truenos, las tormentas y todo lo relativo a ese ciclo del agua. De ahí la multitud de pequeños rostros de niño, todos con rasgos indios, que tachonan dicha cúpula y que cualquier visitante podría interpretar, de forma demasiado simple, como ángeles. No es fácil distinguirlo, empero, ya que se pierden en tal profusión ornamental de flores, hojas, frutas y plantas en general (algunas identificadas como alucinógenas) que el término horror vacui se queda corto.

Horror vacui

Y así, mirando con calma y detalle se van descubriendo más sorpresas: en el sotocoro, una extraña mujer de cuerpo alargado que en realidad es Chicomecoátl, la diosa Siete Serpiente; en la base de los arcos, los ocho arcángeles se sincretizan con los nueve guardianes del inframundo; los cuatro evangelistas de las pechinas comparten vecindad con el lugar que ocupa Quetzalcoátl en los arcos del crucero saliendo del inframundo como estrella de la mañana; los niños coronados de plumas de la base  de las pilastras llevan palabras en sus cestos agradeciendo a los dioses las buenas cosechas (hoy en día las jóvenes llevan su cabello como exvoto y con él se confeccionan pelucas para las tallas de los santos); en el brazo derecho del crucero el retablo del Calvario muestra a los ladrones crucificados junto a Cristo como Nanahuatzin o Quinto Sol (Dimas, el bueno) y Tecciztécatl, la divinidad transformada en la luna (Gestas, el malo)...

Chicomecoátl, la diosa Siete Serpiente

Más aún: en los muros están los que parecen Adán y Eva pero que tienen su equivalencia en Cipactonal y Oxomoco, la pareja primigenia; un niño mostrado cabeza abajo una ventana que se podría asimilar al ángel caído es en realidad el Dios Siete descendiendo a la tierra para fecundarla con el agua que porta; el centro de la cúpula acoge unas figuras femeninas que son  cihuateteos, una especie de fantasmas que acompañaban al Cihuatlampa a las mujeres que había muerto en el parto, pues se lo habían ganado por su esfuerzo tanto como los guerreros;  en las bóvedas del crucero se ven representaciones de Quetzalcoátl y Tezcatlipoca con los diversos tipos de paraísos de la mitología mexica; y no podía faltar Huitzilopochtli, el mencionado hijo de Coatlicue, al que se distingue en los arcos del crucero.

El Cihuatlampa, cielo de las parturientas muertas


En fin, es imposible apreciarlo desde el suelo pero la misma planta de la iglesia tiene la forma de un toxtli, la cancha donde se celebraba el juego sagrado de pelota. Uno sale de allí embotado y comprendiendo mejor tanto el significado de la palabra sincretismo como de esa sensación que, no sé si científica o literariamente, se conoce como Síndrome de Stendhal. Aún con los tlaloques (los cuatro hijos de Tláloc, con sus proboscídeas narices) vertiendo agua desde las nubes, recorrí el camino inverso hacia el autobús. En un momento dado pisé una placa suelta del pavimento,  que se movió dejando al descubierto una oquedad oscura de profundidad aparentemente infinita, como si de la mismísima entrada al Mictlán se tratase; entre las sombras, me pareció ver la sonrisa ofidia de la madrecita Tonantzin invitándome a bajar.

Fotos: 
-JAF y Patrimonio Virreinal Mexicano (Facebook)

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