La fetén, chavea


Esta semana, el viernes 16, es la Virgen del Carmen. Como en breve pasaré por Madrid para coger un avión y tendré que pernoctar en casa de unos amigos a los que siempre exploto con esos fines en verano, la fecha es oportuna. Porque ellos viven en la calle de Santa Engracia del castizo barrio de Chamberí, que celebra la tradicional verbena del Carmelo, evento, dicen, creado para luchar contra el creciente proselitismo protestante en la zona.

No está del todo claro a qué debe Chamberí su nombre, aunque sí en que es de origen francés: hay noticia de que se lo pudo poner alguna de las reinas del siglo XVIII como Bárbara de Braganza, esposa de Fernando VI, que gustaba de pasear por esa zona, o Isabel de Farnesio, mujer de Felipe V; otras fuentes lo atribuyen al regimiento galo de Chambery, que acampó en la zona durante la invasión napoleónica.

En cuanto a Santa Engracia, se extiende desde la plaza de Alonso Martínez hasta José Abascal. Es un lugar relativamente joven, pues a mediados del siglo XIX el entorno aún no estaba tan urbanizado como ahora y era el centro del Campo de Guardias, lugar de ejecuciones en sustitución de la Plaza de la Cebada. La calle llevaba hasta lo que los niños llamaban el campo de las calaveras, el cementerio que hoy ocupa el estadio Vallehermoso, del que hablé recientemente en otro post. Por eso uno de los personajes más famosos en recorrerla fue el cura Martín Merino, que en 1852 intentó asesinar a la reina Isabel II sin conseguir hacerle más que una pequeña herida porque el recio corsé que llevaba la soberana para aguantar sus abundantes lorzas hizo rebotar la hoja del puñal. Merino, que estaba como una cabra, fue juzgado y condenado a muerte en un par de días sin que se hiciera caso a la buenaza de Isabel, que pedía el indulto. Su traslado desde la cárcel del Saladero al cadalso (ubicado  paradójicamente en el actual Canal de  Isabel II), montado sobre un burro y vestido con camisón y hopa según la costumbre, se convirtió casi en una guía de Santa Engracia estrambóticamente comentada por él mismo a medida que iba avanzando: que si la iglesia estaba inclinada, que si los sembrados que ocupaban la Castellana actual se veían secos...

Merino en acción. Cuando le preguntaron por qué no envenenó el cuchillo contestó: "¡Torpe de mí que no pensé en ello!"

Dos años más tarde la iglesia en cuestión sería el punto de partida del general Leopoldo O'Donnell quien, trasladado desde allí en un carruaje por el marqués de la Vega de Armijo, se puso al frente de la sublevación que pasaría a la Historia de España conocida como la Vicalvarada. En fin, cuando llegue a Madrid cogeré el Metro y me bajaré precisamente en Iglesia emulando a este militar que fue presidente del Gobierno unos cuantos años y murió autoexiliado en Francia tras dejar el poder sugiriendo que nadie podría ocuparlo después, sin tener en cuenta que para eso estaba otro general, Narváez, que entraba y salía del ejecutivo como el que come palomitas... y era el objetivo inicial de Merino. Y antes de llegar a la estación, nada más pasar la parada de Bilbao, trataré de vislumbrar en la oscuridad del túnel otra que se abandonó en 1966 y quedó como lugar fantasma, a la manera de las del Metro de Nueva York que se ven en películas y series de TV.

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