No es serio este cementerio


Antes de nada, un poco de Historia. En el verano de 1967 el presidente de Egipto, Gamal Abder Nasser, exigió la retirada de la UNAF, la fuerza de interposición que la ONU había asentado en la península del Sinaí tras la crisis de Suez once años antes, y empezó a acumular tropas en la frontera con Israel. El Gobierno de Tel Aviv, receloso, decidió dar el primer golpe, por si acaso: el 5 de junio, mediante la llamada Operación Focus, la aviación israelí arrasó por sorpresa a su adversaria egipcia casi sin dejarla salir de los hangares y luego el Tsahal (ejército de tierra) invadió la península con facilidad. Jordania y Siria acudieron en ayuda de Egipto y acabaron maltrechas: la primera perdió las franjas de Gaza y Cisjordania, la segunda vio aniquilados dos tercios de su fuerza aérea y conquistados los Altos del Golán. En menos de una semana -se la llama la Guerra de los Seis Días -Israel se había adueñado de todos estos territorios más Jerusalén Este.

El Sinaí sería devuelto en 1982 tras los acuerdos de Camp David, pero para entonces cientos de miles de personas habían abandonado esa región perdiéndolo todo. Muchos llegaron a El Cairo y, no encontrando dónde meterse, terminaron de okupas. Pero no entraron en piso vacíos sino en tumbas, las del cementerio de Arafa, a los pies del monte Mokattan. Se trata de una gran necrópolis que, entre otros, alberga sepulcros de los sultanes mamelucos del siglo XIV, los buryíes al norte y los bahríes al sur.

Desde entonces los nuevos inquilinos comparten espacio con los fallecidos. Incluso llegaron a un acuerdo con los propietarios de los mausoleos para cuidarlos a cambio de su estancia, dando lugar a lo que ahora se llama la Ciudad de los Muertos. No se sabe con exactitud cuánta gente vive allí -se suelen dar cifras entre 120.000 y medio millón- porque nadie se ocupa de ellos. De hecho, como se dice vulgarmente, se han buscado la vida -curiosa paradoja- dotando a sus hogares-tumba de baños, tomas eléctricas, antenas parabólicas... En algún caso incluso añaden pisos sobre las tumbas, construidos a mano. Todo por su cuenta.

Y así conviven a diario con cadáveres. Las autoridades no recomiendan entrar por motivos de seguridad, aunque hay quien contrata a algún taxista para que le dé una vuelta por el barrio. Entiendo el interés antropológico pero también a quienes lo consideran discutible desde una perspectiva ética; al cambio, es como hacer un tour por un poblado de chabolas.

Y ahora, la gran sorpresa para quienes piensen que en el mundo occidental nunca se profanaría así un cementerio: esto mismo ocurrió en la España de la posguerra. En Madrid quienes perdieron su casa por los bombardeos y no encontraron a nadie que les cobijara tuvieron que instalarse en los panteones de  la Sacramental de San Martín, San Ildefonso y San Marcos, un camposanto abandonado desde 1884 que utilizaban también vagabundos, criminales, perseguidos políticos como refugio, y algunas prostitutas como centro de trabajo (la famosa Valenciana, por ejemplo). Es de suponer que algo similar ocurriría en otras ciudades.

Por cierto, los tiempos cambian y ahora se levanta en ese terreno el Estadio de Vallehermoso.

Foto: www.fotosmundo.com

Comentarios

Lydia ha dicho que…
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Apolinar ha dicho que…
De aquí a que cobren una entrada por entrar a verlo no falta mucho...
... eso si no me he pasado de listillo y ya lo hacen.

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