Los derviches giróvagos


Al final resulta que se repiten los modelos. Si a los guiris que visitan España los llevan a un tablao flamenco, los turistas en Buenos Aires acaban en Caminito viendo tangos, en Grecia descubren el sirtaki y en Tanzania danzas tribales, es lógico que pasar por El Cairo implique asistir a la Danza del Vientre y el Baile de los Derviches.

La del derviche es una figura típica del mundo sufí musulmán equiparable a los ascetas y místicos cristianos o a los yoguis hindúes. Ancestralmente vivían en la pobreza depreciando la vida material -su nombre procede de la palabra persa al-darawish, que significa mendigo- y ejecutaban sus danzas giróvagas igual que otros recitan mantras o rezan hasta levitar, porque su sentido es precisamente la búsqueda del éxtasis espiritual -ellos dicen que baila el espíritu, no el cuerpo-, metaforizando las elipsis de los cuerpos astrales: el Sol, la Tierra, los planetas y sus satélites... De hecho, otra acepción de la palabra es "el que abre las puertas", que suena a cuento de Lovecraft.

Los derviches más famosos son los de Turquía, los Mevlevíes, con sus altos gorros y vestiduras blancas, pero yo asistí a un espectáculo en El Cairo; al fin y al cabo Egipto fue parte del Imperio Otomano. Sin embargo los derviches egipcios han buscado su inspiración en el zaar, una muestra del folklore rural de su país, y sus interpretaciones se han generalizado gracias al turismo. Además visten un traje mucho más pesado, compuesto por tres faldas de colores o altanuras que pueden llegar a alcanzar trece kilos de peso. Por lo demás la técnica es la misma: al son de la música tradicional, interpretada con rababa (violín primitivo), nay (especie de flauta), tar (pandero), sagat y dof (pandereta y tambor), giran y giran sobre sí mismos utilizando -ése es el truco- siempre la misma pierna como eje e impulsándose con la otra en cada vuelta. Así pueden estar, dicen, horas sin marearse.


Y allí estaba yo, contemplando fascinado la actuación, cuando el derviche en cuestión se me acercó y me invitó a participar. Decliné el ofrecimiento amablemente y el muy cabrito insistió, incitando a los presentes a que me animaran dando palmas. Pero no podía ser. Y no porque no fuera capaz, pues había estado analizando cuidadosamente sus movimientos, sino porque, como ya he contado en un post anterior, llevaba todo el viaje con una brutal gastroenteritis y ponerme a dar vueltas sobre el escenario equivalía a convertirme en un aspersor de vómitos que hubiera regado sobre las mesas más cercanas la cena que acababa de devorar con fruición, tras varios días tomando exclusivamente un suero asqueroso.

Eso sí que sería abrir puertas.

Fotos: 
Derviches 1 y Derviches 2 (Marta BL).

Comentarios

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