Dialéctica hegeliana del turismo rural (II)



(Continuación del post anterior)

Al principio es divertido caminar sobre la nieve levantando las rodillas hasta el pecho, como esos caballos andaluces cuando bailan o los chinos desfilando. Pero unos minutos después empieza ser cansado y al cabo de media hora estás maldiciendo porque ya resbalaste varias veces, las dos últimas cayendo de plano sobre el blanco manto y calando la ropa no aislante que vistes. Menos mal que al menos tuviste la precaución de ponerte las gafas de sol o el efecto espejo del sol en la nieve te cegaría. Un reflejo que, de todas formas, no dura mucho: a mediodía empieza a llover, lo que pone fin a la excursión. Mejor dicho, pone fin al trayecto de ida, porque falta desandar lo andado para ponerse a salvo de lo que por momentos empieza a parecerse al Diluvio Universal.

En esas circunstancias agradeces ver por fin la casa, aunque necesites otra hora para encender la lumbre. Y lo agradeces porque puedes quitarte esas ropas empapadas y ponerte unas secas. Precisamente las que han elegido los gatos para echar su siesta, tapizando camisas, pantalones y jerseys con una buena capa de pelos y, probablemente, de pulgas. Da igual, piensas adaptándote al mundo indómito, porque al menos las habrán calentado. Y, bien, calientes están: la gata acaba de parir y media docena de minúsculos mininos esperan que su madre les alimente con algo más que los restos de la placenta sanguinolenta; la misma que tiñe de rojo la camiseta nueva del Real Madrid que costó 75 euros.


Con la camiseta de la selección no habría problema, dirán ellos.

Aún estás paralizado por el asombro cuando oyes un alarido fuera. Todos acuden corriendo. El patoso del grupo se ha puesto a cortar leña y, como no llegó a terminar la carrera de Ingeniería, aparece con el hacha clavada en el pie. Aunque la bota amortiguó el golpe hay que llevarle a un médico para que le vende la herida. Al coche, y todos a empujar para arrancarlo. Salvado el primer tramo, que por supuesto es cuesta arriba, hay una bajada. A costa de grandes esfuerzos el vehículo coge carrerilla y logra ponerse en marcha, aunque por la inercia alguno de los que empujan cae rodando entre el barro y al entrar te pone los asientos hechos una pena.


Apenas recorridos un par de kilómetros, al doblar una esquina un grupo de vacas obstaculiza la carretera. A causa del brusco frenazo el motor se cala. "No puede ser, no puede ser", musitas mientras te dispones a girar la llave entre los gritos de dolor del herido -los demás cayeron sobre su pie- y las opiniones que todos expresan todos a un tiempo. Pero es. Otra vez a empujar y ahora es otro el que se reboza en el barro y hace su aportación de cieno a la tapicería del coche.


Al llegar al dispensario nos pasan rápidamente a ver al médico. Quitarle la bota al torpe es como una sesión de tortura para él y para nuestros oídos pero finalmente el doctor lo consigue... y no puede evitar una sonrisa. El pie de ese cretino apenas tiene un arañazo y ni siquiera necesita puntos. Y nosotros que pensábamos que teníamos suerte de que hubiera nevado porque, en caso de necesidad, podríamos coger un poco para conservar el pie hasta que se lo reinjertaran...


Al llegar a casa, en la ciudad, reflexioné sobre lo vivido y sufrido. Uno se explica por qué la gente abandona el campo y se muda a la ciudad mientras que lo contrario, esa necesidad que parecemos tener eventualmente los urbanitas de  experimentar la vida rural se traduce en pasarlo mal y volver al Medievo.


Pues sí. El mes que viene, vuelvo.

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