Foncalada, fuente invocada, fuente olvidada


Hoy nos resulta raro porque lo usual es que los bebés nazcan en hospitales y centros sanitarios, pero hubo una época no hace tanto en la que se llegaba a este mundo en casa. Por eso cuando pasabas ante un edificio y tu padre te decía "ahí nací yo" había que tomarlo al pie de la letra y no pensar que antes hubiera un sanatorio o algo así. En el caso de mi progenitor acostumbraba a repetir el dato cada vez que recorríamos la ovetense calle de la Foncalada, señalando un inmueble feúcho, de posguerra, en cuyo bajo estaba instalada una sucursal bancaria. Lo interesante del sitio, entonces y ahora, era que justo al lado se alzaba el pequeño monumento que daba -y da- nombre a la vía, y que cuando uno lo piensa no puede dejar de asombrarse, ya que está allí desde hace un milenio y cuarto.

Fotografía coloreada de lavanderas en la Foncalada a finales del siglo XIX (imagen: J. Muñiz)

La Foncalada, como indica su nombre, era una fuente. Hablo en pasado porque ahora ya no mana agua pero las lavanderas todavía la usaban diariamente a principios del siglo XX y hasta hace poco aún brotaba un pequeño arroyuelo. En los años noventa se la sometió a una restauración que incluyó jubilarla de su función, ya que el manantial se cegó y el agua venía de una canalización municipal, por lo que estaba clorada y podía perjudicar a la piedra. Un cambio notable y doble porque, frente a lo que se pensó durante mucho tiempo, la Foncalada no era una simple fuente construida para dar servicio a los ciudadanos, como demostró el descubrimiento de una piscina de catorce metros de largo por ocho de ancho.

Recreación infográfica de la Foncalada (imagen: Mirabilia Oventensia)

Recurro a una espléndida web llamada Mirabilia Oventensia para sintetizar la cuestión. Las investigaciones arqueológicas indican que se trataba de un manantial que mandó adecuar el rey Alfonso III el Magno (hay quien retrotrae la obra a Alfonso II) como parte de un complejo de baños, con todo lo que ello llevaba implícito de religioso en la Alta Media. Situémonos: Reino de Asturias, segunda mitad del siglo IX.. El balneario tenía entonces una función que iba más allá de lo meramente higiénico, al menos en ese ámbito, abrazando el simbolismo religioso al identificar las aguas y su potencial terapéutico con Jesucristo. 

Es lo que se deduce de la escasa profundidad del estanque y de los escalones de acceso, así como de las inscripciones epigráficas en latín que presentaba su edículo. Una, de carácter fundacional, estaba en el tímpano del frontón (son dos líneas bajo la cruz) y decía (o dice, aunque apenas se ve ): HOC SIGNO TVETUR PIUS, HOC SIGNO VINCITUR INIMICUS. SIGNVM SALVTIS PONE DOMINE IN FONTE ISTA VT NON PERMITAS INTROIRE ANGELVUM PRECVTIENTEM (Con este signo se ampara al pío, con este signo se vence al enemigo. Pon, Señor, este signo de salvación en esta fuente y no permitas entrar al ángel exterminador). Las otras están en las jambas, siendo más pequeñas y de carácter deprecatorio. Todas ellas acordes con la tradición de aquellos antiguos delubra (templos con fuentes para que los fieles lavasen sus pecados, purificándose) que reseñaba San Isidoro en sus Etimologías.

Reconstrucción de las inscripciones de la fuente (imagen: Mirabilia Ovetensia)
Además, formaba un conjunto con la vecina iglesia de Santullano (también llamada San Julián de los Prados), que entonces tenía un monasterio adyacente, el de La Vega, actual solar de la Fábrica de Armas y en el que antaño estaba el palacio real. Todo ello distribuido por una colina de nombre Ouetdao, que era de dominio regio y no sólo dio su nombre a Oviedo sino que constituyó el punto donde se considera que nació la ciudad en el año 761, durante el reinado de Fruela I, a partir de otro cenobio cercano fundado en honor de San Vicente por dos monjes llamados Máximo y Fromestano

Eso sí, hay quien duda de la existencia real de éstos, pues su reseña documental es muy posterior, del siglo XII, atribuyendo la iniciativa al propio monarca. Asimismo, probablemente durante mucho tiempo Oviedo no fue más que un centro monástico con algunos campesinos instalados precariamente en un entorno disperso por toda la zona centro de Asturias, no pudiendo hablarse de urbanismo stricto sensu hasta ese siglo XII, con la concesión del fuero y el desarrollo demográfico, el comercio, transacciones monetarias, producción documental, etc. Así, su saqueo por los musulmanes en el año 795 tras derrotar a Alfonso II el Casto en Las Babias, que reseña Menéndez Pidal, debería interpretarse en un ámbito más amplio.

Una idealizada visión de Oviedo en el siglo IX (imagen: La peregrina)

Esa colina, situada en torno a la actual catedral, estaba en un cruce de caminos y la Foncalada se construyó junto la intersección de dos calzadas romanas que enlazaban ese punto con Gigia (Gijón) y el este con el oeste, lo que, combinado con el carácter hídrico del monumento (Ouetdao sería traducible por Monte del agua), pone en el tapete la posible vinculación del manantial con alguna infraestructura previa, aunque no necesariamente urbana.

Ello, a su vez, podría indicar que aquellos dos monjes no eligieron un lugar tan desierto como creíamos; de hecho no lo era, pues había villas romanas en los alrededores. Recientes obras de reforma en el Museo de Bellas Artes han sacado a la luz restos romanos también de tipo hidráulico y datados en el siglo IV que podrían dar un vuelco a la historia ovetense... salvo que, como deducen algunos arqueólogos de su aparición aislada y sin contexto, se trate de piezas recicladas.

Otra versión de Oviedo en su época de sede episcopal, acaballo entre los siglos VIII y IX (imagen: Mirabilia Ovetensia)

La Foncalada es el pariente pobre del prerrománico asturiano, pese a tratarse de algo único. Ya me resultaba doloroso cuando la veía de niño -allí cogía el autobús que me llevaba al colegio- con la piedra ennegrecida por la humedad, con sus superficies cubiertas del intenso verde del moho y un estanque de dudoso color. Mi padre me contaba que en su infancia, en los años cuarenta, incluso solían usar el húmedo techo a dos aguas como tobogán. Esa época me sonaba casi tan lejana como la propia fuente.

La parte posterior del monumento

Y eso que la primera referencia documental que conservamos de la Foncalada es unos doscientos años posterior a su construcción, una donación de Alfonso VI del terreno que ocupaba para levantar un albergue de peregrinos; hablo del año 1096. Aparece como "fontem calatam", o sea, fuente invocada, en referencia a las inscripciones de sus paredes. Hoy es lo único que queda, al menos no enterrado, de la citada villa palaciega.

Puede sorprender porque tradicionalmente se ha identificado Oviedo con la capital desde que Alfonso II el Casto la trasladó desde Pravia, pero hay que tener en cuenta que no había una corte propiamente dicha, ya que en la Alta Edad Media eran itinerantes en su mayor parte y Oviedo sería para el monarca un punto residencial más, seguramente preponderante sobre otros y por más tiempo pero no fijo.

Detalle de los restos de inscripciones

Habría una forma de solventar tantas dudas y sería llevar a cabo excavaciones arqueológicas tanto en La Vega como alrededor de la fuente misma. Una quimera hoy por hoy, pues si uno lee en la prensa los proyectos para rehabilitar el terreno de la primera encuentra mil y un posibilidades -motivo de enfrentamientos políticos, por supuesto- excepto ésa. Asimismo, sospecho que la idea de levantar el suelo en torno a la Foncalada -está en pleno centro ciudad- pondrá los pelos de punta a cualquier gobierno municipal, a pesar de que es casi seguro que hay muchas cosas de interés ahí enterradas; apenas se cuida lo que está a la vista -es el monumento más antiguo de España en su tipo y pasa desapercibido-, así que mejor no cavar, no sea que aparezca algo.

Alfonso II el Casto por Mariano de la Roca y Delgado
Sigo viendo la Foncalada cada día porque, en un pequeño homenaje tan casual como emotivo, mi padre ha sido sustituido por su nieto en una guardería que hoy ocupa la parte trasera de su edificio natal, que además ya no presenta aquel aspecto gris porque lo demolieron hace tiempo para ser reconstruido en ladrillo. Algo ha ganado, por cierto; especialmente su bajo comercial, donde la sucursal bancaria ha sido desplazada también por una más vivificante floristería

Y así, cada vez que le dejo a mi vástago o voy a buscarle tengo la oportunidad de entrecerrar los ojos e imaginarme a Su Majestad Don Alfonso paseando por allí, arremangando las mangas de su túnica de terciopelo para no mojarlas al lavar sus manos en la límpida agua del estanque... hasta que los abro de nuevo y la fuente sigue ahí, encajonada y rodeada por esos gigantes de hormigón que la abruman manteniéndola a su sombra y haciendo buena -aunque errónea, como dije antes- aquella etimología que se le adjudicaba de fonte incalata, o sea, encajada.

Fotos: JAF

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