Cita en Venecia con Bartolomeo Colleoni (I)


Cuando se visita Venecia hay una serie de atractivos turísticos que casi monopolizan el interés de la mayoría de los viajeros y los hace reunirse en masa en la Plaza de San Marcos, haciendo que ese sitio parezca un avispero, masificado como si hubieran abierto una ventana al otro lado de la Tierra y se vislumbrara una avenida de Pekín. Pero es que desde allí -desde San Marcos, quiero decir, no desde China- pueden ver la basílica homónima y el Palacio Ducal; andando un  poco, el Puente de Rialto y, en dirección contraria, previo paso del Gran Canal, la iglesia de Santa María della Salute. Los hay que completan el plan dando un paseo en góndola y contemplan así algunos palacetes, pero no mucho más a pesar de la larga lista de rincones destacados.

La Plaza de San Marcos (Imagen: JAF)

Por eso me sorprendió un tanto descubrirme casi solo -ojo, que el concepto de casi aplicable al entorno veneciano no coincide con el habitual- rindiendo mi particular homenaje a don Bartolomeo Colleoni, cuya estatua ecuestre era una de esas cosas que llevaba en mente contemplar de cerca y bajo ningún concepto estaba dispuesto a perderme. Por supuesto, también puse mis alas a zumbar como una avispa más y me uní al enjambre para pulular por los lugares de rigor, hasta ahí podíamos llegar. Pero tenía un interés especial por esa escultura, tanto en el plano artístico como en el histórico y voy a contarles un poco de ello aún a riesgo de que les sulivelle y empiecen a acudir en tropel a verla también, fastidiándome mi próxima visita.

El Campo de San Giovanni e Paolo, con la estatua de Colleoni, en una obra decimonónica de Giovanni Grubas (Imagen: dominio público en Wikimedia Commons)

Colleoni fue un condottiero, es decir, un capitán de mercenarios, de aquellos que tanto abundaban en la Italia de la Baja Edad Media y el Renacimiento, y que firmaban con la república que mejor pagase por sus servicios una condotta o contrato. Con el poder que llegaron a alcanzar establecían sus propias y arbitrarias normas, de forma que no tenían escrúpulos en cambiar de bando en plena batalla, llegando a constituir una auténtica tradición profesional familiar que pasaba de padres a hijos. Esas tropas alquilables al mejor postor, unas veces poco más que bandas y otras auténticos contingentes militares fieles únicamente a sus líderes porque éstos también firmaban condottas con ellos, caracterizaron el arte de la guerra en Italia hasta que la aparición de los estados modernos y sus ejércitos regulares los relegaron al cajón de la obsolescencia a mediados del siglo XVI.

Retrato de Bartolomeo Colleoni por Cristofano dell'Altissimo (Imagen: Sailko en Wikimedia Commons)

Pues bien, Colleoni era un noble lombardo nacido en torno a 1400 cuya familia, dedicada a las leyes, apoyaba a los gibelinos (los partidarios de que fuera el Emperador del Sacro Imperio el que gobernase el norte de Italia, frente a los güelfos, que defendían los derechos del Papa en ese mismo sentido). O, al menos, lo fue hasta que cambió de bando, en una decisión que ya auguraba el modus operandi del nuevo oficio que elegiría el joven Bartolomeo. Aunque, para ser exactos,  no se trató de una elección plenamente libre: su padre murió asesinado a manos de su propio primo, que le arrebató sus dominios y encarceló a su madre, quien le envió a las montañas para ponerle a salvo. En otras palabras, tendría que buscarse la vida y la encontró al servicio del señor de Piacenza, con el que aprendió los primeros capítulos del oficio de las armas, continuando más tarde a las órdenes de sucesivos condottieri napolitanos.

El norte de Italia en 1402 (Imagen: Kayac en Wikimedia Commons)

Poco a poco fue ganando experiencia y haciéndose un nombre lo suficientemente serio como para que en 1429 lo contratara nada menos que la República Serenísima de Venecia, una de las grandes potencias de la época. Combatió contra Milán, ganó batallas y feudos, y tuvo, entre varios jefes, a otro famoso condottiero llamado Erasmo de Narni, más conocido como Gattamelata. Éste fue, en parte, el responsable de mi interés por Colleoni, ya que Donatello le hizo una preciosa estatua ecuestre que se exhibe en Padua y que fue la primera de la Historia Moderna dedicada a un guerrero. Todavía no he podido ver personalmente a Gattamelata (a su versión de bronce, se entiende) pero otro célebre escultor renacentista, Verrocchio, se inspiró en esa obra para retratar a Colleoni.

La estatua ecuestre de Gattamelata que hizo Donatello (Imagen: Wikimedia Commons)

Cuando éste se consideró menospreciado en el reparto de dignidades en favor de Gattamelata y Francesco Sforza, nombrados gobernador y capitán general respectivamente, Colleoni rompió su trato con Venecia y pasó a servir a los milaneses. Fue una mala experiencia porque, si bien recibió un par de castillos como pago, luego se puso en duda su lealtad y pasó un año en prisión. Al salir en libertad en 1447 le reclamó como lugarteniente el citado Sforza, que ahora estaba al servicio de la Áurea República Ambrosiana, un estado creado por Milán para no quedar bajo la órbita ni de franceses ni de aragoneses. Un año después volvió al seno veneciano y fue entonces cuando labró su prestigio, si bien todavía intercambiaría un par de veces de contratista, de Venecia a Milán y de Milán a Venecia, según soplara el viento.

Francesco Sforza (Imagen: dominio público en Wikimedia Commons)

Su fama se disparó, nunca mejor dicho, tras ser el primer italiano en emplear artillería. Fue en 1467, en la batalla de Riccardina, y se le dedicaron gruesos epítetos porque entonces los cañones eran considerados un arma bárbara. Se retiró en 1475, deprimido por las muertes de su esposa y su hija, falleciendo ese mismo año en un castillo de su propiedad con nombre alejado de la realidad: Malpaga

El castillo de Malpaga (Imagen: Castello di Malpaga)

Para entonces ya había pasado a ser casi una leyenda y por eso Venecia reivindicaba su figura. Y puesto que Gattamelata quedó inmortalizado por Donatello, él quiso serlo también y se lo encargó a los venecianos a cambio de donarles su fortuna; ellos aceptaron encantados, por supuesto, llamando para ello a Verrocchio. Lo veremos en el siguiente artículo.

Foto cabecera: Marta BL

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