Mi dulce King Kong

Más allá del ingente patrimonio arqueológico de Perú, más allá de ruinas incas y dibujos nazcas, de huacas y de momias milagrosamente conservadas, de balcones de madera tallada e iglesias virreinales, hay otro Perú por descubrir, un Perú que palidece quizá ante el brillo abrumador de lo anterior -que deslumbra al visitante eso es cierto-, pero al que si se puede hacer un hueco, por pequeño que sea, no defraudará. Es ese Perú folklórico y etnológico, el humano, el cotidiano, que proporciona un punto de vista diferente y actual, y en el que juega un papel importante la gastronomía; no lo digo yo -que también- sino los expertos en el tema culinario.

No soy muy de mirar esas clasificaciones sectoriales que elaboran ránkings y destacan a unos sobre otros, pero es cierto que de un tiempo a esta parte la cocina peruana resuena con nombre propio y ha sido capaz de colocarse en primera fila mundial. Siempre es una referencia y algo a tener en cuenta cuando uno aterriza en el país andino con ganas de conocer algo más que Machu Picchu y Cuzco. Con ganas de probar el sabor local, nunca mejor dicho, en esas múltiples formas que presenta, de los más de dos mil quinientos tipos de sopas a las cuatro mil trescientas variedades de patata, pasando por carnes de llama o alpaca, el cebiche, la chicha, el cuy, el anticucho, la chifa, el pisco y dejo de contar porque estaría hasta mañana.



El caso es que, teniendo la inveterada costumbre de documentarme sobre cuestiones locales antes de viajar, encontré un filón de oro, un detalle con potencial para soltar uno de esos chascarrillos a medio camino entre la gracieta y la realidad que tanto me gustan porque suelen dejar a los oyentes patidifusos. Así, cuando terminamos de recorrer las pirámides de Túcume, las Tumbas Reales de Sipán y el Museo Nacional Sicán, después de asistir a un curioso espectáculo de danzas nacionales, de agotar la batería de la cámara y de vaciar el bolsillo comprando artesanía chimú, manifesté a mis compañeros que no quería abandonar Lambayeque sin llevarme un regalo especial para mi familia. Y entonces solté la frase que tenía ya prevista desde antes de salir de España y que requería el momento exacto -aquél- para soltarla: "Les voy a llevar un King Kong".



Noté inmediatamente la confusión en sus gestos, aunque conociéndome imaginaron enseguida que había truco. Y era cierto, claro. King Kong es quizá el producto más típico de Lambayeque y raro es el sitio donde no tienen algún ejemplar a la venta. Obviamente, no se trata de un gorila gigante -siento defraudar a quien se hiciera ilusiones- que añadir a ese característico conjunto de fauna autóctona que forman el cóndor, el gallinazo, los camélidos y el perro sin pelo. No, es algo mucho más sencillo y menos fascinante pero más sabroso (supongo): un dulce.



Típico de la zona norte del país, como decía antes, aunque su historia no se remonta más que a un siglo. Dicen que nació en 1920 de la mano de Victoria Mejía de García, una lambayecana que formaba parte de un grupo de damas volcadas en la colaboración benéfica y que aportó su imaginación y buen hacer culinarios para elaborar un enorme alfajor de Trujillo. Es éste un postre que, como indica su nombre, procede de la ciudad homónima, si bien el origen de los alfajores es español: no resulta difícil captar el tono árabe del nombre -concretamente de al hasú, que quiere decir relleno- ni imaginar que viajó a América en aquel flujo de delicias que intercambiaron el viejo continente y el nuevo en ambas direcciones.

Victoria Mejía de García

El alfajor consiste en dos galletas con relleno variado, generalmente dulce de leche pero a veces con chocolate, frutas o lo que sea. Ahí aparece la primera diferencia respecto al alfajor  de Trujillo, que lo que lleva es dulce de piña, manjarblanco y cacahuete entre varias capas galleteras (aunque hoy en día se ha abierto el abanico de posibilidades en lo referente a sabores). La segunda es su forma, ya que los alfajores normales, incluido el trujillano, suelen ser redondos mientras que el King Kong es cuadrado o rectangular

King Kong (Merian Cooper, 1933)

No obstante, el rasgo distintivo, su seña de identidad, es el enorme tamaño que alcanza y que, coincidiendo su difusión con el año en que se proyectó la película de Merian Cooper en Perú, provocó que todos lo identificaran con el simio gigante y le pusieran ese apodo. Porque se trata de un mote, ya que el nombre original era San Roque, en alusión a la calle donde vivía su creadora (actual Dos de Mayo). Las fábricas que lo elaboran hoy en día -una decena- llegan a hacerlos de dos metros y medio de largo por uno y medio de ancho, pesando hasta una tonelada. Por supuesto, son kinkongs especiales, para el festival que se celebra en honor de este postre, y se van a repartir en porciones entre los asistentes.

La fábrica original de San Roque

Yo me conformé con una caja más pequeña, de medio kilo, porque al fin y al cabo tenía que llevarlo en la maleta junto a un par de paquetes de quinoa, algunas tabletas de chocolate con cereales andinos y una bola de caramelos de coca. Todavía conservo el envase, que me hizo gracia porque lleva la foto de doña Victoria en un lateral. De aquélla estaban intentando conseguirle al producto la Denominación de Origen (que tiene patente desde 1943); no sé si lo habrán logrado ya pero sí que se proteja al King Kong como patrimonio de Lambayeque, como si de una huaca más se tratase.

Más información: San Roque

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