Kuakman en Bután (VI): reyes, tigres y monasterios


Sexta y penúltima entrega del relato que nos deja el inefable Toni Kuakman sobre su viaje al feliz Reino de Bután. En el capítulo anterior le dejábamos a punto de iniciar un circuito cultural por el país.

A la mayoría de ustedes dzong le sonará a nombre de insecticida o algo así pero lo cierto es que se trata de un estilo arquitectónico típico de la parte sur del Himalaya en general y de Bután en particular, y con el que se construyeron buena parte de los monasterios que salpican esa región. Los jong, que es como se castellaniza la palabra, tienen una característica curiosa: sus muros son muy gruesos y están reforzados con torreones, como si se hubieran concebido para resistir un asalto; ciertamente, aquellos cenobios hacían también de fortalezas en tiempos turbulentos y hablo en pasado porque me refiero a un amplio lapso de tiempo que va desde el siglo X hasta el XVII aproximadamente.

En el Bután actual, cada jong es una capital de distrito y tras cada una de esas recias paredes de ladrillo encalado se ubica el gobierno local correspondiente, así como el tribunal de justicia. O sea, una singular combinación de funciones administrativas y religiosas. No voy a aburrirles enumerando todos los jong que visité de la mano de mi guía Tashi y mi conductor Viri; tan sólo diré que aquello fue una versión budista del juego de la oca, de jong en jong y tiro porque me toca.

Pero no crean que por repetir perdían interés. Esos cenobios son una auténtica preciosidad; si por fuera resultan pintorescos y muy icónicos, por dentro son aún mejores, todos de madera y con las paredes pintadas de múltiples temas como la vida de Buda, los cuatro amigos armoniosos, los cielos budistas, etc. Pueden llegar a tener hasta cinco pisos y siempre se ve en ellos un ciprés, árbol sagrado de los butaneses. Bueno, eso y la familia real, cuyas imágenes son omnipresentes e incluye tanto a los reyes actuales, Jigme Khesar y Jetsun Pema, una pareja treintañera superfashion -tienen Facebook y todo ¡en español!- que está más cerca del mundo Beckham-Victoria que del butanés, y al rey emérito, que tiene cinco esposas, multitud de hijos y tropocientos nietos.

Su Majestad Jigme Khesar NamgyelWangchuck (foto: Facebook)

La reina Jetsun Pema (Foto: Facebook)

Ese harén tiene su explicación histórica. Retrocedan atrás en el tiempo e imaginen a un monarca de sangre roja en vez de azul que está sentado en el trono porque su familia se hizo con el poder por las bravas. Tendrá que buscar rancio abolengo en algún sitio ¿no? Pues muy fácil; se busca una cónyuge de alcurnia y todo arreglado. Ahora bien, ¿por qué conformarse con una? se dijo el avispado soberano. Y por el mismo precio se llevó también a sus cuatro cuñadas. Si a alguien le parece algo chirriante ha de saber que, según la tradición, un poderoso espíritu se encarnará en alguna del repóker de hermanas por el mero hecho de ser aristócratas y, dado que era imposible saber en cuál, el rey se las echó a todas al coleto. Así que además de posición social y fortuna había religión de por medio. El primogénito heredó la corona y, como no podía ser de otra manera, fue quien definió el concepto de FIB (Felicidad Bruta Nacional) del que les hablaba el otro día.

De todos los jong merece la pena destacarse dos. Uno, construido en 1499, es el de la Fertilidad (Chimi Lhakhang), en el que hasta el más lelo puede imaginar a qué está dedicado. Y si no, lo averiguará cuando se vea ceremonialmente bendecido por un monje que enarbola, cómo no, un falo que replica al del lama Kunley; un falo de madera, se entiende, y según la tradición, tras tocar con él suavemente la cabeza del visitante, año después éste será padre. Así que ya saben los solteros empedernidos: aléjense de los religiosos con penes en la mano (consejo que leído a posteriori resulta de gran actualidad en occidente, a tenor de lo que cuenta la prensa). Como seguro que alguien se lo preguntará, el miembro mide veinticinco centímetros.

Chimi Lhakhang (foto: And Beyond)

El otro jong aconsejable es el del Nido del Tigre (Taktshang), impresionante porque está colgado de la ladera de una montaña, en el valle de Paro. Llegar hasta él requiere dos horas de fatigosa caminata cuesta arriba que, desconfiando de mis posibilidades físicas, sorteé optando por contentarme contemplándolo de lejos mientras me tomaba un refresco desde una terraza a mitad de camino. Su curioso nombre es un fiel reflejo del supersticioso mundo butanés, al menos si atendemos a la leyenda que me contaron, aunque parece ser que en realidad hay varia versiones. 

Nido del Tigre (Foto: Soham Banerhee en Wikimedia Commons)
El caso, decían, es que en ese lugar, antes de la construcción del monasterio, vivía una humilde pareja de campesinos que guardaba un espeluznante secreto: por las noches ella se transformaba en tigre y atemorizaba a toda la región; entonces el segundo Buda, Padmasambhava (o Gurú Rimpoche, que es más fácil de decir y significa Maestro Precioso), se convirtió en otro tigre, enfrentándose con el primero y derrotándolo. Luego se instaló allí mismo prometiendo que regresaría en otra reencarnación y, como parece que se lo toma con calma, mientras tanto los lugareños han erigido el cenobio. Teniendo en cuenta que el complejo es de 1692 hay que deducir que eso de reencarnarse no debe ser fácil.

En fin, ya que hemos entrado en el proceloso pero siempre fascinante mundo metafísico quedaría hablar de los fenómenos extraños experimentados en persona por mis acompañantes -recuerden, Tashi y Viri- y yo mismo. Pero eso será en el próximo capítulo, que además cerrará la narración de este viaje. Nos vemos la semana que viene. 

CONTINUARÁ

Foto cabecera: El Nido del Tigre (Douglas J. McLaughlin en Wikimedia Commons)

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