Kuakman en Bután (IV): el PIB de la felicidad

Drukpa Kunley (Imagen: Wikimedia Commons)
Cuarta entrega del relato facilitado por Toni Kuakman de su viaje a uno de los destinos más exóticos que tiene en su currículum: Bután. Tras las vicisitudes y apuros de rigor en las jornadas anteriores, de entre las que cabe destacar un terremoto, un stock de seguros, el habitual olvido de maleta, la más habitual aún pérdida del pasaporte y un aluvión de gente demandando sus servicios como rellenador profesional de fichas, por fin consigue, con la ayuda de Buda, pisar la capital "butanera", Paro.

Crucé la puerta de la terminal y allí estaban esperándome, cartel en mano, mi chófer y mi guía. Inmediatamente se presentaron  de forma cordial pero por mucho que hubiera practicado mi sánscrito al salir de Katmandú tengo que admitir que aún no lo dominaba bien así que durante unos días procuré dirigirme a ellos evitando llamarles por sus nombres y poniendo mis pabellones auriculares en modo esponja cuando alguien hablaba con ellos para tratar de aprendérmelos de memoria a base de escucharlos y practicarlos luego en la habitación del hotel. Y así hasta que, en efecto, poco a poco me di cuenta que las gracias de mis anfitriones eran tan fonéticamente complicadas como Viri (el conductor) y Tashi (el guía). Ah, ya lo decía el criado de Alfonso XIII cuando en 1931 llegaron a París en el exilio: "Aquí nadie habla en cristiano".

El caso es que Viri y Tashi, que dichos así parecen el título de una serie de dibujos animados, me dijeron que no tenían a ningún otro cliente que atender porque estábamos en temporada baja -sí, confieso que yo también me sorprendí de deducir que, por tanto, Bután tendrá temporada alta-, de manera que estaba a mi servicio exclusivo mientras les necesitara. Y formamos un triunvirato turístico que me vino muy bien porque a menudo pensaban por mí y se adelantaban en prevenir cualquiera de mis acostumbrados desaguisados.

Mi primer contacto con la cultura budista propiamente dicho -aparte de los coscorrones aéreos que les relaté en el episodio anterior-  llegó tras el trayecto en coche desde la terminal hasta el centro urbano, realizado por una carretera llena de curvas pero sorprendentemente bien asfaltada. Una vez en Paro -qué mal suena esto-, o mejor dicho, en sus inmediaciones, descubrí que sus gentes son tan supersticiosas como felices. Ya dije en otro capítulo que Bután tiene fama de ser el país más feliz del mundo, pero es que la cosa va más allá: es la única nación del mundo, que yo sepa, que no mide su PIB por lo que produce sino por la felicidad de sus habitantes. Hay cientos de funcionarios dedicados a recorrer las aldeas dispersas por el Himalaya entrevistando a sus habitantes para saber su nivel de felicidad. No es una forma de hablar; es tal cual y no lo hacen con criterios subjetivos sino materiales, ya que ese sentimiento, para ellos, va estrechamente vinculado al grado de satisfacción que obtienen de los servicios públicos. Así que ya saben, el aforismo clásico de que el dinero no da la felicidad es cierto; lo hacen  la sanidad, la educación, las comunicaciones, etc. Claro que teniendo en cuenta que hablamos de Bután y no de Escandinavia, habrá que ver a qué altura se sitúa el listón de dicha satisfacción.


Pero decía que también son supersticiosos a más no poder y basta dar una vuelta en coche para verlo con los propios ojos. Si nuestras carreteras están flanqueadas por legiones de señales de tráfico y radares, en las de allí hay pequeños montoncitos de piedras policromadas. Miles de ellos con significado mágico. Por no hablar de las banderolas, claro. Son esos hilos que convergen en un mástil sosteniendo cada uno de ellos docenas de banderines, también de colores (uno por cada elemento, verde-agua, azul-cielo, blanco-aire, rojo-fuego, verde-agua y amarillo-tierra) que llevan escritos mantras religiosos que sólo los monjes entienden; por tanto, la mayoría de los fieles los ponen sin saber nada de su contenido y lo mismo podría ser una plegaria que una receta de cocina que la letra de una canción de Julio Iglesias, que se enterarían tanto como yo.

Banderolas en Bután (Foto: Christopher Michel en Wikimedia Commons)

Ahora bien, pocos tótems parecen más apreciados en Bután que los falos; los hay donde quiera que uno vaya, en las fachadas de las casas, en los bares, en las tiendas de recuerdos; de pequeño tamaño o king size; realistas o manieristas; tallados con profusión de detalles, ya sean véllicos o eyaculadores, o bien pintados con cromática fantasía; pero siempre, siempre, erectos como la Torre Eiffel. La culpa de esa priápica afición la tuvo Drukpa Kunley, alias el divino loco, un yogui budista que vivió en entre los siglos XV y XVI y era practicante de la filosofía tántrica -ya saben, la que utiliza el sexo como una vía más hacia la armonía y la espiritualidad-, quien tenía la sorprendente técnica de ir seduciendo a mujeres casadas para a través de ellas -literalmente, añado- llegar a sus maridos. En fin, que el tipo debió tener éxito en sus prédicas y hoy se le recuerda con bálanos non stop; hasta nuestro coche tenía el suyo colgando del retrovisor, en vez de la clásica pata de conejo.

Decoración de una fachada (Foto: C980040 en Wikimedia Commons)

Por lo demás, otros elementos fundamentales del paisaje ya los había visto en Nepal, como las vacas sueltas por las carreteras -y con preferencia- o los campamentos, si allí de gente que había perdido su casa por el terremoto, aquí de emigrantes precisamente nepalíes, llegados para trabajar como picapedreros en las obras de una carretera concreta que cruza el país de Este a Oeste. También las estupas, esas característicos monumentos funerarios que suelen presentar forma de campana y alcanzar tamaños diversos, siendo algunas grandes como casas. Las estupas tibetanas constan de cinco bases escalonadas (de nuevo una por cada elemento), la bumpa (vasija) o cuerpo principal y un tejado o cúpula rematados con pináculo; a menudo sostienen las banderolas que citaba antes. 

Estupas de Bután (Foto: Christopher Michel en Wikimedia Commons)

Con esta primera visión de felicidad colectiva, creencias ancestrales, miembros viriles omnipresentes y vacas por doquier entramos en Paro. Tenía curiosidad por saber si la ciudad sería igual de pintoresca. Si pudiera, sospecho que ella también pensaría lo mismo de mí.

CONTINUARÁ...

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