Kuakman en Bután


Ha llegado un poco justo pero lo ha hecho. Me refiero al relato enviado por Toni Kuakman contándonos su último viaje, el realizado por ese país desconocido para la mayoría de los españoles pero con un nombre que resulta tan familiarmente cachondo como Bután. Por supuesto, el tono es acorde al de anteriores experiencias, lo que significa que la diversión está asegurada. Les dejo con las palabras textuales de nuestro viajero-aventurero-inefable favorito.

Hacía ya tiempo que mi calenturienta mente, siempre en ávida búsqueda del destino más raro para pasar las vacaciones, estaba dando vueltas a la posibilidad de visitar el Reino de Bután. Reunía una serie de requisitos que, si a la mayoría de la gente podrían resultarle poco atractivos, a mí me parecían especialmente sugestivos: exotismo extremo, cultura prácticamente desconocida por estos lares, territorio minúsculo (unos cincuenta mil kilómetros cuadrados), exigua población (algo más de setecientos sesenta y ocho mil habitantes) y economía pobre (para abaratar la estancia).

Pero, por encima de todo (y lo de encima es significativo si se tiene en cuenta que ese rincón ignoto está encajado entre las altísimas cumbres del Tíbet), tiene una insólita particularidad: sus gentes presumen de ser las más felices del mundo, como ya verán. Así pues ¿qué mejor sitio para escaparse unos días que aquel donde la felicidad rezuma por doquier? Ya me encargaría yo de rebajar tanto entusiasmo, que para eso me conozco tan bien. Así que me puse a buscar por Internet cómo organizar el viaje. La primera en la frente fue descubrir que uno no puede decir simplemente "me voy a Bután y ya me busco la vida". No, puesto que las leyes butaneras (ya, ya sé que el gentilicio es butanés pero este otro me hace más gracia y, admítanlo, a ustedes también) exigen contratar una agencia autorizada e ir siempre con un guía exhalándote su aliento en el cogote.

Emblema de Bután/Wikimedia Commons

Miré unas cuantas ofertas y la que más me convenció fue la de un español residente en Londres que tiempo atrás había trabajado como cooperante allí; en Bután quiero decir, no en Inglaterra. Eso sí, la agencia se encargaba de planificar la ruta y de gestionar el vuelo de llegada pero el trayecto desde mi lugar de origen hasta el aeropuerto de salida corría de mi cuenta. Algo temible, como sabrán quienes hayan leído mis narraciones de otros viajes. En este caso tenía varias opciones que suponían llegar desde aeropuertos de la India o desde Nepal, siendo esta última mi elección. Toda una odisea aérea, de ésas capaces de acabar con las cervicales del mismísmo Fernando Alonso: Asturias-Madrid-Abu Dabi-Katmandú.

No le den muchas vueltas si están recordando las noticias: era inevitable que el plan coincidiera con el terremoto que arrasó la capital nepalí en 2015. Apenas tres días después de comprar los billetes, no sabiendo si los aviones podrían llegar allí, me ví en la penosa circunstancia de plantearme suspenderlo todo. Mr. Hyde me persuadió con el argumento de que todavía faltaba un mes y para entonces las aguas (o las tierras) ya habrían vuelto a su cauce, sin contar con que sólo pensaba pasar una noche en Katmandú. Pero Gea parecía empeñada en jugármela y a la semana siguiente no sólo se produjo un segundo seísmo sino que vino acompañado de varias réplicas, como un siniestro eco que me gritase "¡Mantente alejado de aquí!"

La pereza demostró que los pecados capitales no siempre tienen por qué ser negativos y puesto que me mareaba sólo de pensar en la batalla de los cambios de billete, me dije que a lo hecho pecho y que Nepal no iba a pasarse temblando todo el año. Decidí que lo que había que hacer era pernoctar en un hotel de lujo que, según pude leer en comentarios por la Red, era uno de los pocos establecimientos que había resistido en pie y sin problemas para sus huéspedes. Consecuentemente hice la reserva sin problemas; ¿quién iba a ser tan idiota como para visitar Katmandú en esas circunstancias?


Mapa del terremoto/BBC

Lo que pasa es que Bután es tan pequeño que únicamente tiene una aerolínea y como además recibe pocas visitas no resulta infrecuente que, al menos en temporada en baja, se anulen los vuelos de pronto y sin avisar. Yo iba en temporada baja, claro. Y a falta de cuatro días para la salida anularon el vuelo de vuelta, también claro, pasándolo al día siguiente. Eso significaba que tendría que pasar en Katmandú una jornada más de la prevista para poder coger la conexión a Paro, la ciudad donde se ubica el aeropuerto butanero.

El cambio de billete y sus gastos correspondientes -cambios, para ser exactos, porque aquello era como las fichas de dominó que se van derribando unas a otras-, era problema mío, al igual que encontrar alojamiento para una noche más. Mis neuronas empezaron a bailar la conga haciendo cábalas sobre desembolsos imprevistos y alteraciones calendáricas, impidiéndome pegar ojo en toda la noche; algo que no es recomendable cuando a uno le esperan largas horas de avión. Lo primero que hice por la mañana fue contactar con Etihad, la compañía aérea que había de llevarme y traerme entre Madrid y Abu Dabi, y que aceptaba hacerme un cambio de billete en el trayecto de retorno por el módico precio de ciento cincuenta euros. Luego hablé con la agencia, que amablemente se ofreció a cobrarme sólo la mitad del gasto del día extra. Tomé la decisión de seguir adelante y cuando ya tenía preparada la tarjeta para pagar en Etihad, la operadora me dijo que no, que no tenía coste porque al tener como causa una desgracia natural lo hacían gratuitamente, sin penalización. Olé. Mi cuenta corriente respiró como si fuera humana.

Sólo faltaba un último detalle: contratar el seguro de viaje recomendado por la agencia. Lo hice on line pero el cargo no me aparecía, lo que daba a entender que no se había realizado y, por tanto, el seguro no estaría operativo cuando me pudiera en marcha. No me hacía ninguna gracia ir sin seguro a un país recién agitado por un terremoto porque me conozco, así que presa de cierta sensación de desasosiego me puse a buscar en otras compañías. Sin embargo, a esas alturas, con la fecha de partida encima, fue mi cerebro el que sufrió un temblor impulsándome a perder el sentido. Así, volví a hacer la operación de pago mientras contrataba una nueva póliza con otra empresa, de manera que al final del día era probablemente una de las personas más cubiertas del mundo: hasta tres seguros tenía simultáneamente. Tras un atracón de tila, anulé dos y todo quedó dispuesto para empezar la aventura.

CONTINUARÁ

Foto 1: bandera de Bután/Wikimedia Commons

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