Kuakman en Bután (II): escala en Katmandú


En el artículo anterior dejamos a Kuakman dispuesto para, tras algunas vacilaciones, iniciar su viaje a Bután. Antes de entrar en el país eligió hacer escala en Katmandú, sin importarle el hecho de que apenas unas semanas antes Nepal había sido sacudido por un fuerte terremoto. Nada detiene al audaz viajero.

Es increíble la cantidad de controles que tiene uno que pasar en el aeropuerto de Katmandú. No sé si se debía al terrible seísmo, que obligaba a recibir una cantidad extra de vuelos con ayuda humanitaria, pero el caso es que resultaba desesperante tener que someterse a la auscultación del policía en la zona de desembarque para después, a la salida de la terminal y ya con el equipaje recogido, volver a pasar por el mismo trámite. Parecería que allí son refractarios al turismo, tal cual parece que se pone de moda en algunos enclaves españoles mediterráneos, aunque en realidad creo que la palabra clave más bien es burocracia. En cualquier caso, algo que tenía todos los números para jugármela... y me la jugó.

Con el cansancio del viaje -recordemos, las conexiones anteriores Asturias-Madrid-Abu Dabi-, la tensión por tanta vigilancia y el miedo a perder el pasaporte (como me ocurrió en Tailandia), pasó lo que tenía que pasar tratándose de mí: salí con la bolsa de mano pero se me olvidó la maleta. No fui yo quien se dio cuenta sino el taxista que me recogió, extrañado de que no viajase desde tan lejos más que con aquel pequeño bulto. De pronto sonó una campanada en mi cerebro y recordé que la había dejado en el segundo control, el de la salida, así que salí disparado como un cohete haciendo el recorrido contrario al resto de pasajeros, regateándolos como si fuera el mismísimo Messi; algo que seguramente haría reir a quienes me conocen y saben que no me gusta hacer esfuerzos físicos más allá de inspirar y expirar.

Aeropuerto de Katmandú/Ralf Lotys en Wikimedia Commons

Pero en aquellos dramáticos momentos hubiera podido dejar atrás a Usaín Bolt y, de hecho, mi vehemente incursión en la terminal fue de tal calibre que todos los policías de servicio se quedaron de piedra, incapaces de determinar si aquella centella que atravesaba el edificio era un ser humano, The Flash o un meteorito que acababa de caer para redondear la labor del terremoto. Por suerte, porque lo normal es que hubieran sacado su arma y dado la alarma general. En fín, la maleta estaba donde la dejé, junto a la cabina de control, custodiada por el agente que me había atendido. Con tono amable pero, a la vez, cierto deje que revelaba la sorna que a buen seguro le invadía, me explicó que había salido detrás de mí para avisarme pero no pudo dar conmigo. Me sentí el ser más idiota del universo y, lo que es peor, sospecho que él pensaba lo mismo.

Ya con todo el equipaje, durante el trayecto hasta el hotel tuve ocasión de formarme una primera opinión sobre la capital nepalí. Con la excepción de los cuatro puntos turísticos de rigor, el resto no deja de ser una amalgama de barrios mal diseñados, de inexistente concepción urbanística, cables de electricidad y telefonía colgando de todas partes, un tráfico caótico, perros vagabundos por doquier y vacas rivalizando con ellos por tener la preferencia en el paso por las calles. O sea, todo eso precisamente que tienen de asqueroso, pero también de encanto, las ciudades del Tercer Mundo.

Lo que verdaderamente me sorprendió de Katmandú fue descubrir los pocos daños que había causado el seísmo, al menos a la vista. Un muro caído aquí, un edificio derrumbado allá, unas grietas en una casa acullá... Algún campamento provisional con tiendas de campaña para los damnificados pero tampoco demasiado grande; he visto mayores acampadas en la Puerta del Sol. Al parecer, contó el taxista, lo más fuerte ocurrió en la parte occidental del país y, en todo caso, en los barrios del este de la ciudad. No le dí mayor importancia, pues, a la cosa, ya que de todos modos tenía reserva en un hotel de luxe que según todos los comentarios de Internet había resistido sin problema.

Un campamento improvisado/Foto: Punya en Wikimedia Commons

Pero cuando llegamos... sorpresa, sorpresa. La fachada del edificio estaba cubierta por lonas y andamios -encima de madera-, con la recepción cerrada y clausurados los bonitos jardines que tanto me habían gustado en las fotos. El hotel, que era un antiguo palacio reconvertido, se asemejaba más al escenario de un bombardeo aéreo, como si el dichoso terremoto hubiera concentrado en él todos sus efectos para perdonar al resto de la urbe. Y en eso me había gastado un dineral...

Me registre entre escombros, dejé las maletas y en cuanto pude salí a dar una vuelta, no fuera a desplomárseme el techo encima, enfilando la dirección del barrio turístico, que estaba cerca. Tanto que no pude evitar hacer un nuevo alarde y me perdí. Por la calle paseaban dos veinteañeras a las que dudaba si preguntarles, temiendo que se asustaran de un bárbaro extranjero con quién sabe qué aviesas intenciones, tal cual había visto hacer por sistema a todas las mujeres vietnamitas. Pero en lugar de eso las chicas se deshicieron en amables explicaciones orientativas y, como debieron pensar -no sin razón- que no me enteraba de nada, hasta se ofrecieron a acompañarme un trecho del camino. Y allí estaba el bueno de Toni Kuakman con una belleza en cada brazo en un momento glorioso para inmortalizar en una foto... que no hice para evitar malas interpretaciones, lo siento.

Vista aérea de Katmandú/Foto: Sarojpandey en Wikimedia Commons

Luego llegó el bajón. No porque mis hadas madrinas se despidieran, que también, sino porque el barrio turístico resultó ser deprimente. O, mejor dicho, no ser sino estar: la catástrofe había vaciado sus antaño animadas calles y tan sólo quedaban los comerciantes, que a la voz de turista a estribor salían de sus tiendas raudos y ávidos, como un banco de pirañas al olor de la sangre. Igual que las moscas en verano y dado que yo era el único visitante que veían en semanas, era imposibe quitárselos de encima, así que huí como pude y regresé a las ruinas de mi hotel para enviar algún whatsapp desde la soledad de mi cuarto.

En ello estaba cuando noté que la cama empezaba a moverse al estilo de El exorcista. Después el temblor aumentó y aunque se detuvo enseguida, me alarmó, curiosamente, el hecho de que la gente hablaba a gritos, los pájaros chillaban como posesos y todos los perros de la ciudad -y son muchos perros, créanme- parecían ladrar al unísono. Bajé a recepción en pijama pero el personal estaba tan tranquilo, como si no hubiera pasado nada. Es más, eso es lo que me dieron a entender: únicamente era un pequeño temblorcillo de cinco grados en la escala Richter. Para que se hagan una idea, los mismos que el terremoto de Lorca de 2011. Les pregunté cuál era el plan de emergencia si venía uno fuerte; la respuesta, grandiosa, quedará para siempre en los anales de mi memoria: permanecer en la habitación hasta que me avisaran por teléfono.

CONTINUARÁ

Foto cabecera: Ananta Bhadra Lamichhane en Wikimedia Commons

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