Toni Kuakman y sus inauditos viajes: Kuakman cruza el charco (y IV)

Cuarta y última entrega del extravagante viaje que realizó Toni Kukman, ese inefable trotamundos con capacidad para estar siempre en el ojo del huracán, a la ciudad estadounidense de Middletown.  Recordemos que en los anteriores posts, tras varias estancias fallidas con distintos anfitriones, fue hospedado por una limpiadora hispana.

Seguramente quienes hayan leído las tres entregas anteriores del relato de mi estancia en EEUU pensarán que difícilmente se puede pasar peor y que se trató de una desgracia continua. Pero no hay que ver el vaso medio vacío. A lo largo de aquellas semanas no faltaron oportunidades para escapar de la situación, tal cual hacía el personaje de Jeff Daniels en La Rosa Púrpura de El Cairo al salir de la pantalla en busca del mundo real (y yo necesitaba de verdad conocer el mundo real de EEUU, pues hasta entonces había estado más bien en Inland Empire).

Tom Baxter, inspiración para Kuakman
Así, recuerdo dos excursiones en las que, por increible que parezca, todo fue bien. En la primera, quizá porque el destino era Nueva York y en esa ciudad no puede haber nada malo, salvo que te atraquen en el Metro cuando viajas solo en el vagón de noche, te maten en un callejón por quitarte un reloj que en realidad no vale nada, te vendan heroína adulterada todos los camellos que te encuentras por el camino, te aborde un regimiento de prostitutas de aspecto deplorable o te dispare un policía que te confunda con un negro. No menciono el detalle de perecer bajo miles de toneladas de hormigón ante el hundimiento de un rascacielos por un atentado islamista porque en aquellos años el Mal con mayúsculas era la URSS y lo que de verdad se temía era ver en el cielo la llegada de una oleada de misiles, como en El día después (que para muchos sólo se trata de un programa futbolero de TV pero también es el título de una película que dio mucho que hablar, aunque su mediocridad haya hecho que hoy esté olvidada).

En realidad, los misiles que se ven son los que lanza uno mismo

De hecho, puedo presumir de haber visto las Torres Gemelas mucho antes de su destrucción, cuando el único peligro al que estaban expuestas era que King Kong les rayara la fachada al escalarlas, tras confundirlas con las montañas de su isla, y habían desplazado en importancia turística y simbólica al Empire State; eso sí, sólo en el plano iconográfico porque en la realidad sigue impresionando, más aún si se tiene la paciencia infinita de soportar las colas para subir hasta arriba y contemplar las panorámicas de la ciudad o, acaso, brindando con champán si se tiene novia para emular a Cary Grant y Deborah Kerr (y si nos retrotraemos en el tiempo, encontramos otra vez a King Kong pero moviéndose de forma rara).

"Mi casa, mi casa..."

También tuve ocasión de pasear por la calle 42ª y Times Square en su tiempos más lumpen, cuando los teatros de Broadway se transformaron en cines porno que anunciaban sus películas a todo neón y las aceras parecían un maratón de traficantes con sombrero, prostitutas de pelo afro y chulos muy poco chulos. No es lo que uno va buscando cuando va de vacaciones a otro país -al menos no la mayoría-, pero aquellos años ochenta aún surfeaban la ola desmadrada de la década anterior y yo estaba allí, cómo no, en el momento y el lugar exactos. Justo cuando hacía acto de aparición otra especie de la fauna urbana, los yuppies (¿quién recuerda esa palabra?), y cuando las ejecutivas salían de los lujosos edificios de la Quinta avenida embutidas en imponentes vestidos pero calzando zapatillas deportivas, ya que los tacones se reservaban sólo para el trabajo y fuera de éste quedaban relegados al bolso.


Times Square, otros tiempos

La otra gran excursión que hice fue gracias a un cura español que estaba pasando unos días en Nueva York y se portó muy bien conmigo; bromitas malpensadas aparte, se tomó la molestia de conducir seis horas hasta la frontera canadiense para llevarme a ver las cataratas del Niágara, repitiendo luego otras tantas en sentido inverso y encima de noche. Un hombre así seguro que llegará a santo algún día y casi me hizo olvidar todo lo que había pasado hasta entonces.

Las cataratas de Niágara a vista de pájaro (o de King Kong)
Y digo casi porque, no podía ser de otra manera, el último día aún tuve tiempo de vivir el capítulo final, el estrambote que forzosamente tenía que rematar aquella estancia. Pues nada, que fui a despedirme de mi anfitriona, la limpiadora portorriqueña, y ésta me llevó al sofá para, con cara muy seria, indicarme que quería decirme algo especial. Me comentó que, según había visto, me llevaba muy bien con su hija Jennifer. Era cierto; me encantaba tomarle el pelo y provocarla, sólo que la cosa no daba para mucho porque tenía once años. Esto último no se lo dije a su madre, por supuesto, no fuera a enerbarse, pero ni falta que hizo; a continuación va y me suelta que es consciente de que se trata de una niña a la que aún le queda mucho para ser mayor de edad pero que si alguna vez regreso a Middletown quizá para entonces haya crecido ya y podríamos casarnos.

La princesa prometida

Lo siento si decepciono al lector pero, por suerte o por desgracia, no recuerdo qué le contesté o si se me cayó al suelo la taza de café que me había servido; de hecho ni siquiera sé si llegué a responderle, como tampoco imagino la inenarrable expresión que debió adoptar mi cara. No obstante, poco después subía con mi maleta un taxi y toda la familia se despedía de mi en el porche de la casa, llorando a moco tendido no como si regresara a España sino como si marchara a la guerra de Granada (no la andaluza sino la caribeña, que, fue la que a EEUU le tocó invadir aquel 1983, como recordarán los devotos de Clint Eastwood versión sargento de hierro Thomas Highway).

Y antes de que alguien se lo pregunte, no, nunca volví a EEUU.
"Con el debido respeto, la verdad es que ya me están hinchando los..."
FIN
Aquí termina el relato de Kuakman. Teniendo en cuenta los ya publicados sobre sus viajes posteriores en solitario, parece claro que al final no comió perdices con Jennifer. Espero que el próximo verano tenga a bien contarnos más experiencias de su trote cochinero por el mundo. Me consta que tiene más países en su currículum.

Comentarios

Tere ha dicho que…
Soy fan. Quiero más. No sé qué más decir. Que ha sido una diversión enorme leerte, y que gracias.
El tío-abuelo Penradock ha dicho que…
Gracias Tere. Se lo diré de tu parte cuando le vea. Y le pediré más historias de las suyas.

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