La huella de Pedro Menéndez de Avilés en su ciudad natal (I)

Tuvo una veintena de hermanos, pasó de grumete a mandar una flota con la que limpió el Cantábrico de corsarios, logró salvaguardar la integridad del territorio de la Florida de los intentos de asentamiento hugonotes, fue capitán general de la Flota de Indias, combatió en San Quintín, fundó la primera ciudad de EEUU, asaltó por sorpresa La Rochelle para recuperar -con éxito- media docena de barcos capturados por los franceses, llegó a gobernador de la Florida y Cuba, ingresó en la prestigiosa Orden de Santiago y,  español de su tiempo, también tuvo algunos puntos oscuros en su biografía, tales como haber pasado un par de años en la cárcel y mandado asesinar a los colonos galos a los que previamente había derrotado en América. Y como tantos compatriotas de entonces, no tenía nada cuando falleció.

Tumba de Pedro Menéndez
El asturiano Pedro Menéndez de Avilés era hidalgo pero no muy acomodado. Su fecha de nacimiento se sitúa entre 1519 y 1523, sin concretar, porque no se conserva la partida de bautismo y existe la posibilidad de que ni siquiera fuera natural de la villa sino del concejo, aunque la tradición identifica su casa natal, al igual que el juicio de probanza para ingresar como caballero de Santiago aportó muchos testigos que dieron fe de su origen avilesino. Tampoco es que sea algo determinante, salvo que se considere que los aires del lugar le marcaron su vocación marinera, ya que también dos de sus hermanos se dedicaron a la navegación. Pero es curioso que el nombre de la localidad haya quedado tan estrechamente vinculado al suyo cuando aún de niño tuvo que abandonarla para embarcarse y apenas la volvería a pisar a lo largo de su vida.

Dispuesto a seguir los pasos del personaje por la villa, tengo que empezar por el principio. La tradición dice que la casa natal de Pedro Menéndez es la que actualmente se halla en la plaza de Plaza de Camposagrado, un espacio ubicado al final de la calle de la Fruta (una de las tres principales de la ciudadela intramuros medieval) dominado por la imponente fachada del palacio homónimo, ante el que se alza la estatua de otro hijo ilustre de la villa, el pintor Juan Carreño de Miranda, aquel que un siglo después plasmaría como nadie la patética figura del último rey Habsburgo español, Carlos II. La casa en cuestión sería la que está a un lado, sirviendo hoy de sede del Museo-Escuela municipal de Cerámica: un edificio pequeño y sencillo que, parece ser, según algunos estudiosos, en realidad fue construido en el siglo XVII para albergar a la servidumbre del palacio, así que Menéndez no pudo haber venido a este mundo allí.


Presunta casa natal de Pedro Menéndez. A un lado, el Palacio de Camposagrado. Delante, la estatua en honor al avilesino Juan Carreño de Miranda, que sería pintor de la Corte de Carlos II

Decía antes que Menéndez prácticamente no volvió a Avilés. Que le pregunten si no a Ana María de Solís, su esposa, con la que se casó porque así lo habían capitulado las dos familias desde su infancia, algo que tuvo que retrasarse porque ella sólo tenía diez años y, consecuentemente, la vida conyugal era imposible. Aún así, con ella tendría luego cuatro hijas  (aparte de otra hija ilegítima) y un hijo, otro que también elegiría la profesión marinera. En cualquier caso, Pedro Menéndez aprovechó su parte de la herencia paterna, compró un patache, enroló a varios familiares (entre ellos su cuñado Gonzalo Solís de Merás, que con el tiempo sería su cronista) y volvió al mar, dedicado al corso contra los franceses que infestaban el Cantábrico. Fue en ese contexto cuando protagonizó la referida hazaña de La Rochelle, en la que no sólo recuperó cinco de los dieciocho barcos capturados por el galo Jean Alphonse de Saintonge sino que, además, abordó La Marie, nao capitana de éste, y le dio muerte en un combate personal, saliendo luego del puerto con una audacia rayana en la temeridad. El hijo del infortunado corsario francés también murió en sus manos poco después, en una batalla naval frente a Canarias, cuando buscaba vengar a su padre, perdiendo de paso las tres naves que llevaba.

Retrato de Pedro Menéndez de Avilés
Con semejante prestigio, no es de extrañar que Carlos V le eligiera para dirigir el viaje que debía a hacer a Flandes en 1554, el mismo año en que le nombró capitán general de la Flota de Indias. Su primera misión fue llevar al príncipe Felipe a Inglaterra para su boda con María Tudor. A continuación empezó su labor en las travesías transatlánticas a las Indias, pero sólo durante un par de años porque el emperador abdicó y el sucesor, Felipe II, le nombró capitán general de la Escuadra de Guarda de Costas, con la orden de mantener el orden en las aguas flamencas. En ese contexto resalta la escolta que hizo a un convoy de una treintena de barcos con sólo dos galeones, logrando llegar a España sin perder ninguno pese a los continuos ataques corsarios. Una vez pacificado el país, Menéndez volvió a la Flota de Indias y rediseñó el concepto de ésta en un informe en el que especificaba todos los detalles que la caracterizarían en los años siguientes: estructura (una sola flota que se dividía en dos al llegar a América), denominación, armamento, número y tipo de soldados a bordo, tonelaje de los buques, etc.

El Parque del Muelle avilesino no es muy grande y ni siquiera el principal de la ciudad (distinción ésta que recae en el de Ferrera). El porqué del nombre es evidente: se halla al lado del muelle, en un espacio ganado al mar que hasta el siglo XIX era una marisma. Fue en la segunda mitad de esa centuria, período clave para el crecimiento urbano gracias al apogeo de la burguesía comercial, cuando el arquitecto Bausá creó una zona verde de catorce mil metros cuadrados llenos de rosaledas, pasajes vegetales, fuentes, un quiosco y, sobre todo, estatuas. Alguna tan singular como la de una foca, pero la principal , en el extremo, con un gran protagonista: la figura de Menéndez de Avilés esculpida en 1917 por Manuel Garci-González. En el entorno del monumento se pueden ver también cuatro imponentes cañones navales, aunque no son de tiempos del Adelantado sino posteriores, del siglo XVIII, probablemente procedentes de la batería del Castillo de San Juan de Nieva, que protegía la entrada a la ría.

Uno de los cuatro cañones que hay en el parque

Menéndez lo mismo valía para un roto que para un descosido y también se le encargó apresar al rebelde Lope de Aguirre, aunque cuando llegó al virreinato de Nueva Granada el líder de los rebeldes marañones ya había muerto y, con él, acabado su delirante aventura. El asturiano regresó entonces a España, donde tuvo que pasar por lo mismo que casi todos los personajes de la época: él y su hermano Bartolomé fueron detenidos por orden de la Casa de Contratación. La burocracia alargó la estancia en prisión, que se solventó finalmente con una simple multa gracias a la intervención del mismísimo rey; al fin y al cabo el monarca había sido el causante involuntario, al nombrarle capitán general sin contar con la institución, en un kafkiano conflicto de competencias.

[CONTINUARÁ]

Fotos: JAF


Comentarios

Carmen Viajes y Rutas ha dicho que…
Pues deseando estoy de continuar leyendo esta interesante historia de un personaje tan interesante del que sabía bien poco.
Un saludo
Carmen
El tío-abuelo Penradock ha dicho que…
Gracias, carmen. El lunes que viene, la segunda parte.

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