El Papamoscas de Burgos



"El Papamoscas soy
y el Papamoscas me llamo,
este nombre me pusieron  
hace ya quinientos años.
Desde esta ojiva elevada
contemplo la gente loca
que corre apresurada
para verme abrir la boca.
Y qué contentos me miran
sin cansarse de esperar;
a los listos y a los tontos
los engaño de verdad.
Porque no es el Papamoscas
el que solo hace la fiesta ,
también los que estáis abajo
y tenéis la boca abierta".

Para la mayoría de la gente, el papamoscas es un pequeño pájaro que tiene su menú preferido en esos insectos y se los come dejando la boca abierta para que ellos mismos vayan a su perdición. Los aficionados a la historia saben que también fue el nombre de un periódico satírico del siglo XIX que sobrevivió durante primer cuarto del XX. Pero para los nativos de Burgos y quienes visitan la ciudad con animo turístico, el Papamoscas, con mayúscula, es algo muy diferente:

"Hay cosas en Burgos, dignas de admirar,
que envidian la Corte y el mismo Escorial.
Lo más renombrado de nuestra ciudad
es el Papamoscas de la Catedral.
Si bajas a Burgos, no dejes de ir,
que yo te aseguro que te has de reir".

Se trata de un personaje especial y bastante paradójico porque, si atendemos a la leyenda sobre su origen, debería poseer una belleza enigmática y excepcional; en cambio, es grotesco y extravagante. Eso sí, capaz de generar una auténtica catarata de versos y escritos, algunos firmados por plumas del fuste de Victor Hugo, Pérez-Galdós o Edmundo de Amicis, y de atraer la atención de los viajeros más avispados, dispuestos a retratarlo con los teleobjetivos de sus cámaras.

El Papamoscas es el autómata, de forma antropomorfa y tópicamente diablesca -perilla incluida-, que corona el reloj interior de la catedral burgalesa y que a las horas en punto mueve una campana con su mano derecha (en la que también sostiene una partitura musical; en la izquierda tenía una batuta, hoy perdida) mientras abre la boca para hacer honor a su nombre. Viste con ropa de época porque fue construido originalmente en el siglo XVI, si bien se restauró la figura tres siglos más tarde.

Martinillo, el hermano pequeño

Tan singular inquilino del templo se ubica al principio de la nave mayor, en medio del arco ojival de una ventana abierta sobre el triforio, a unos quince metros del suelo. Y no está solo; a su lado, acomodado en un minúsculo balcón que parece de juguete, se halla Martinillo, un segundo autómata (bastante más pequeño pese que, frente al simple busto de su compañero mayor, de media tonelada de peso, es de cuerpo entero) que marca los cuartos golpeando dos campanas con sendos martillos, uno en cada mano.

No se sabe en qué circunstancias fue creado el Papamoscas ni la fecha exacta, aunque se le suele atribuir un origen veneciano. No era raro que se instalaran relojes en las catedrales aunque éste es un tanto peculiar; no sólo por el muñeco sino también por el péndulo, que tiene incrustaciones de ágata, o por su esfera misma, de lava esmaltada para resistir las inclemencias del tiempo (al principio se colocó en el exterior, en una de las torres). 

Cabecera de la nave principal. El reloj está arriba a la derecha, justo tras el capitel

Antes decía que el Papamoscas debería tener belleza y elegancia. Sería si atendiésemos a la emotiva leyenda popular que lo caracteriza, según la cual fue el rey Enrique III el Doliente quien encargó su instalación. Este monarca, abuelo de Isabel la Católica y famoso tanto por haber iniciado la conquista de Canarias como por enviar una embajada diplomática a la corte de Tamerlán, solía acudir diariamente a rezar a la catedral burgalesa. En una de aquellas visitas se topó con una hermosa doncella que le fascinó, siguiéndola hasta su casa pero sin atreverse a hablarle. La escena se repitió regularmente durante un tiempo y, una vez, Enrique recogió un pañuelo que ella dejó caer, devolviéndoselo pero sin ser capaz de romper el silencio. Sí lo rompió un lastimero grito en cuanto ella desapareció de su vista.

Sería para siempre, pues no volvió a verla ni en el templo ni en su casa; tras indagar, resultó que ésta llevaba años vacía después de morir sus ocupantes a causa de la peste negra. Compungido, el soberano mandó hacer un reloj que tuviera un autómata con los rasgos de la joven y exclamara un lamento para dar las horas en punto. Por desgracia, el relojero no se lució; ni el muñeco resultó bello ni el lamento pasó de graznido horrísono, por lo que se decidió desmontarlo y sustituirlo por el Papamoscas, que no era precisamente un modelo de elegancia.

Papamoscas y Martinillo, mano a mano para dar las horas

Leyendas al margen, lo cierto es que el Papamoscas no siempre gustó a las autoridades eclesiásticas y algún obispo hubo que quiso quitarlo por su aspecto excesivamente grotesco y burlonamente demoníaco. Fue en otros tiempos y al final se impuso su presencia como testigo de los múltiples avatares de la historia de Burgos.

Fotos: JAF

Comentarios

Entradas populares de este blog

Xocolátl

La Capilla Sixtina: el Juicio Final

Las huellas de la Operación Antropoide en Praga (II)