La Giralda

Aunque los almohades llegaron a la Península Ibérica hacia el año 1147 para reponer la rigidez religiosa del Islam, que en los almorávides se había ido relajando pese a haberles precedido con la misma intención un par de siglos antes, esa fiera dinastía bereber terminó exactamente igual que ellos, dejándose llevar por la magia de Al Ándalus y aflojando el puño que debía poner orden para frenar el continuo avance cristiano y garantizar la ortodoxia espiritual. Hay quien considera que una muestra de esa acomodación a la vida tranquila y a los placeres de la nueva tierra hispana fue la construcción de una gran mezquita en Ixbilia, nombre de la ciudad que luego derivó en Sevilla.

El Patio de los Naranjos
El templo se erigió porque el existente, el de Ad Abbás (actual iglesia colegial del Salvador), se quedaba pequeño ante el crecimiento demográfico de la población local. Así que el califa Abdel Mumen autorizó la tarea, para la cual se destinaron unos terrenos extramuros junto al alcázar y se rodearon con una muralla cuyo perímetro se ampliaría después. En esa superficie, ahora ocupada por el Patio de los Naranjos de la Catedral sevillana, se situaba la Alcaicería, un mercado variopinto compuesto por casetas y tenderetes a los que, ante la inminencia de las obras, se desalojó y trasladó para reubicarlos en dos zonas distintas: las correspondientes a lo que hoy son el entorno de la calle Hernando Colón y la plaza de la Alfalfa; éste último conserva aún la denominación de Alcaicería.

Terminado el edificio en 1195, faltaba añadirle el correspondiente alminar para llamar a la oración. Y teniendo en cuenta las enormes dimensiones del edificio, debería ser una torre bien grande y bien vistosa, máxime tratándose de la mezquita mayor califal. Si ésta había sido concebida por el famoso arquitecto Al Gerber, a quien se atribuye la invención del álgebra (de ahí el nombre),  fueron otros dos los que se sucedieron en la dirección de los trabajos de la Giralda: Ahmed Ben-Baso primero y Alí de Gómara, su sobrino, después. 

Siguiendo sus diseños, modificados para embellecerlos por la intervención decorativista del arquitecto poeta Abu Beker Ben Zohar, el alminar se construyó fundamentalmente con sebka, ladrillo labrado, aunque reaprovechando sillares de épocas anteriores, visigoda y romana, llevados desde todos los rincones de la región. Aún pueden verse las inscripciones latinas de algunos en la parte exterior baja, igual que en las columnas de las ventanas perviven capiteles de varias culturas. De hecho, no sólo hay material reaprovechado a la vista; buena parte de la piedra que falta de la vecina ciudad de Itálica o de los templos y palacios de la propia Híspalis, se utilizó no sólo en levantar el minarete sino también en asentarlo, rellenando sus colosales cimientos (necesarios por lo inestable del terreno a causa de la humedad que origina el Guadalquivir). Lamentablemente, allá abajo quedaron también montones de estatuas de mármol, frisos y relieves condenados a fin tan poco lucido por la aversión musulmana a la representación de imágenes.

Con rampa es más fácil. ¿Cómo será en mula?
Hablando de diseño, pese a la creencia popular, la Giralda no es gemela de la Kutubia de Marrakech ni se hizo usando los mismos planos; ni siquiera sus materiales se parecen, ya que la africana es de mampostería y su aspecto resulta bastante más severo, más almohade. Sí es cierto que en su estilizado perfil hay cierta similitud. Estilizado porque la Giralda medía originalmente nada menos que ochenta y dos metros de altura y precisamente ésa es la razón de que se suba hasta arriba por un sistema de treinta y cinco rampas de suave pendiente en vez de escaleras: en atención a la avanzada edad que debería tener el muecín de una mezquita califal como aquella y que a menudo se veía obligado a subir en mula; algo que agradece también el turista actual, sin duda, aunque nunca se lo hubieran imaginado los constructores del siglo XII.

Más aún teniendo en cuenta que la Giralda ha crecido, como los niños: luego pasó a noventa y cinco metros sumándole los añadidos cristianos posteriores. Entre ellos hubo unas espectaculares esferas de bronce con las que se remató la cúpula, pagadas con el botín obtenido en la batalla de Alarcos. Recubiertas de pan de oro, la mayor era tan grande que no cabía por la puerta del Almuden y fue necesario derribar parcialmente ésta, como cuenta La Ilíada que pasó en Troya con el caballo de madera. No se conservan porque lo que no hizo la mano del Hombre lo hizo la Naturaleza: los musulmanes habían puesto como condición para rendirse el demoler el monumento para evitar la vergüenza de verlo en manos cristianas; pero el príncipe conquistador, futuro Alfonso X el Sabio, amenazó con pasar a cuchillo a toda la población si lo dañaban, dicen que porque, al margen de su hermosura, pensaba usarlo como observatorio astronómico. Así, sería el terremoto de 1393 el que destruyera la parte superior, obligando a ponerle una espadaña dos siglos después, en 1558.

El campanario
Ese último cuerpo estaba dotado de una campana, pero Sevilla vivía entonces sus días de oro y rosas, y la afluencia de metales preciosos americanos permitió contratar al prestigioso Hernán Ruiz para que instalara un gran campanario de veinticuatro piezas con balconada. Luego vino un cupulín que soporta un globo de bronce sobre el que descansa el responsable del nombre del conjunto: o la responsable más bien, ya que es una estatua femenina hecha del mismo material y que representa la Victoria de la Fe de Cristo. Pero todos la llaman Giraldillo, palabra derivada de su cualidad de girar por el viento, puesto que en realidad se trata de una veleta. Mide cuatro metros de altura, pesa más de mil kilos y es obra del artista Juan Bautista Vázquez el Viejo, aunque fue fundida por Bartolomé Morell en 1568. Su figura se ha convertido en un icono sevillano, de manera que igual sirve para dar forma a estatuillas de premios que para encarnar a la mascota oficial de un evento deportivo. Hay una copia ante la Puerta del Príncipe.

El Giraldillo
Otros elementos decorativos fueron la pintura almagra (rojiza) con estaba recubierto su exterior y unos frescos de temática religiosa (santos, apóstoles, padres de la Iglesia...) aportados por el artista Luis de Vargas y que se han perdido. Ello no ha impedido que el conjunto fuera declarado  Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1987. Las vistas panorámicas desde lo alto sin imponentes, especialmente si uno no sufre las inclemencias del tiempo (sólo a mí me pasa visitar la ciudad una vez en la vida, justo cuando se abaten sobre ella una oleada de frío polar y continuas trombas de agua que desmienten aquello de la maravilla de la lluvia en Sevilla). Y ojo porque, además, coincidir allá arriba con la hora del ensordecedor repicar de las campanas puede suponer un serio problema para los tímpanos delicados.

Vista de Sevilla desde la Giralda, con la Catedral en primer plano

Fotos: Marta B.L. y JAF

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