Capri (y III)


Después de circunnavegar el litoral de Capri en una lancha, como contaba en el último post (a su vez continuación de otro previo), desembarqué por segunda vez en Marina Grande, el puerto insular, para hacer una visita por el interior y descubrir los encantos de un lugar que ha recuperado aquel primer uso turístico que le dieron los emperadores romanos y recuperó la jet-set en los años cincuenta, en detrimento de otras actividades económicas tradicionales, como la pesca y el cultivo de la vid.

Limoncello, licor de limón típicamente sorrentino

De hecho, apenas se ven ya pescadores en el puerto más allá de algunos aficionados irredentos, y las viñas han sido sustituidas por campos de limoneros que tiñen de ácido amarillo la ladera norte del monte Monetella, el bello telón de fondo del puerto. Los limones de Capri son la materia prima de montones de productos derivados que abarrotan los escaparates de las tiendas de souvenirs que jalonan Marina Gande y proporcionan un agradable aroma al paseo por el lugar: jabones, ambientadores, helados, perfumes y, sobre todo, el Limoncello, un licor elaborado mediante la maceración de la piel del limón que se toma muy frío. También son el sabor estrella en las abundantes gelaterías, tan abundantes que parece haber una en cada manzana.

Curiosidades arquitectónicas de Capri
En la isla no hay automóviles. Para llegar hasta la villa, situada en un declive del monte Terio, hay que tomar un funicular o, como en mi caso, unos estrambóticos mibuses que suben por la parte norte de la sinuosa Vía Krupp, acongojante carretera que serpentea entre abismos con curvas tan cerradas que parecen dobleces. 

Dada la hora, hice un alto a la mitad para comer en un bonito restaurante con una gran terraza asomada al vacío y protegida del implacable sol mediterráneo por techumbre de paja. De la estructura de madera que la sostenía pendían unos faroles que, sin duda, le darían un ambiente especialmente agradable al anochecer. Limoneros y bancos de piedra decorados con azulejos policromados le daban el toque definitivo para hacer más sabrosos aún los totani (calamares) que pedí, curiosamente fritos sin rebozado, y la inevitable ensalada Caprese, delicia local como india su nombre.

¡Una silla de manos!
Tras satisfacer el estómago, un tramo más de subida tortuosa para llegar al casco urbano y sumirse en el laberinto de callejuelas, todas peatonales y conectadas mediante pequeñas plazoletas; en una de ellas, la Piazzetta o Plaza de Umberto donde antaño se situaba el mercado se alza ahora la iglesia de San Stefano, antigua catedral. Se suceden edificios bajos de paredes blanquísimas que acogen boutiques exclusivas con modelos de precios mareantes, hoteles cuyas fachadas están forradas de banderas y estrellas, panaderías con típicas sflogilatellas listas para consumir a dos euros la unidad, cafés con sugestivas terrazas aparentemente siempre llenas, heladerías y pizzerías non-stop, una tienda de antigüedades que exhibe en su escaparate una silla de manos dieciochesca...

Todas las guías recomiendan visitar también la Cartuja de San Giacomo, cenobio bajomedieval restaurado mil veces, una por cada incursión pirata que lo destruía y en cuyo interior destacan cosas tan diferentes como los frescos de su templo o las estatuas romanas, intensamente corroídas tras dos milenios en el fondo de la Grotta Azzurra. Desde el pueblo de Capri, sigue la Vía Krupp en dirección a la otra gran localidad insular, Anacapri, ubicada en las faldas de otro monte, el Solaro. Allí hay más atractivos, como la villa San Miguel o el tele-silla, no apto para quien sufra vértigo, que sube hasta la que es la máxima altitud de la isla, casi seiscientos metros, para contemplar las mejores panorámicas del lugar. 


Un dulce típico del sur de Italia: la sfogliatella

Es probable que así sea pero no hablo de primera mano porque no salí de Capri, ya que hubiera necesitado pernoctar para comprobarlo y, al acabar mi paseo por la primera localidad, me conformé tomé algunas fotos desde un mirador conocido como Logetta (balcón). Allí mismo está la estación del funicular que desciende hasta Marina Grande; esta vez si lo elegí, ya que había subido en minibús. Luego, ferry y regreso al continente; Capri, c'est fini.


Foto de despedida en el mirador Logetta

Fotos: JAF y Marta B.L.

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