Exeter. El primer viaje de Toni Kuakman (y III)

Tercera y última entrega del que fue el primer viaje del inefable Toni Kuakman, allá por tierras inglesas: a Exeter, para ser exactos. En el capítulo anterior nos contaba la fauna que frecuentaba el parque alrededor de la Catedral y la heroica pelea mantenida con un grupo de punkies, durante la cual perdió un zapato.

Derrotado por la superioridad del armamento enemigo -sus navajas y el dóping alcohólico-, perdido el tren de suministros durante la retirada -mi zapato- e ignorado por las fuerzas neutrales -la policía de Exeter-, no me quedó más remedio que emprender el camino a casa, derrotado, cojo y semidescalzo. Pero ya en mi habitación, caí en la cuenta de que únicamente había viajado con un par de zapatos, así que, me ví obligado a volver a la calle de los hechos y recorrerla arriba y abajo, revolviendo incluso entre los cubos de basura como un gato vagabundo, a ver si los encontraba. Pero el resultado fue infructuoso, por lo que no tenía más remedio que comprarme un par nuevo. Y como no nadaba precisamente en la abundancia, adquirí lo más barato que encontré y que nunca había visto hasta entonces: unos zapatos de cartón. Así que el resto de mi estancia en Inglaterra me lo pasaba mirando constantemente al cielo, esperando que no lloviera por si el agua disolvía mi precario calzado. Menudo país elegí para aspirar al sol y el buen tiempo ¿eh?

¿Sería algo así lo que compró Kuakman?

No crean que lo único que hice en Exeter fue alojarme en casa de una bruja y pelearme con punkies. Una de las actividades que nos propusieron fue la llamada sponsor walking, que consistía en recorrer las calles con una hucha para recaudar dinero con fines solidarios, en plan chicas de la Cruz Roja. Se me ocurrió que, dada la notable afluencia de ancianitas felices al parque, aquel podía ser un buen sitio para conseguir una buena cantidad de libras; o, si no, asaltando a los turistas cuando se paraban a sacar fotos de la Catedral o comerse un helado. Pero resultó que las viejas no aflojaban demasiado la mosca y los turistas parecían tener un detector porque, cuando me veían acercarme haciendo tintinear las monedas de la hucha, huían con tal velocidad que parecían más bien manteros ante la presencia de la policía.

Ante semejante panorama decidí probar con los visitantes españoles, por aquello de que el idioma siempre tiende puentes. Así que me acerqué a un grupo al que oí hablar castellano y les pregunté retóricamente si eran compatriotas, simulando que era una casualidad. "No, somos vascos" respondieron; y añadieron con sutil ironía que había "poca diferencia... por ahora". Ya ven, con todos los españoles que ví en Exeter aquel verano, tuve que ir a dar con vascones irredentos. En su descargo, cabe decir que hicieron una generosa aportación económica a la causa; la mía, quiero decir.

Cuando digo que ví españoles es porque yo no era el único exiliado. Si durante el día nos reuníamos en el parque de la Catedral, las noches de fin de semana lo hacíamos en una discoteca junto con los estudiantes de otras nacionalidades, a los que adivinábamos su origen por el aspecto y a forma de vestir. No obstante, dado el país en que estábamos, lo normal era dirigirse a otra persona en inglés. Así lo hice con una chica con la que, entre el estruendo de la música, la oscuridad  del local y las luces psicodélicas, no acertaba a situar geográficamente. Pero hablando nos entendimos bastante bien, lo que era un signo inequívoco de mis progresos con el idioma.

El aula en que Kaukman practicaba inglés

La cosa iba tan espléndidamente encaminada que me atreví a preguntarle su nombre. La respuesta me dejó desconcertado: "My name is Pino". ¿Pino? ¿Qué clase de nombre era ése? Me recordaba un árbol o algo peor. Pero, sobre todo, me sonaba a hispano y así se lo dije. Entonces ella contestó que, en efecto, era española. "From Canary island" nada menos. Ah, yo también, respondí estúpidamente. De pronto, el buen rollo se rompió, como si no nos interesase el género nacional. Y, mientras veía cómo el halo mágico que se había formado hasta entonces empezaba a disolverse, terminé mi copa y salí corriendo.

El caso es que, contando todo esto, me doy cuenta de que mi paso por Inglaterra fue a la carrera, huyendo siempre de algo, fuera Miss Witch, fueran los punkies xenófobos, o fueran las canarias anglófonas. Y cuando no corría buscaba. Buscaba refugio, zapatos perdidos, compañía internacional o, como voy a referir a continuación, ropa interior. Porque parte de ella quedó inservible en un brutal ataque de gastroenteritis, seguramente provocado por la bazofia que me servía la bruja de mi casera. Así que, no queriendo echarla a lavar para que ella la viera y tuviese un motivo más para querer meterme en el horno y devorarme, decidí guardarla y, a cambio, comprar una nueva remesa. Así, hice durante los varios días en que estuve enfermo, de manera que cuando por fin llegó el momento de regresar a España llevaba un cargamento tan ingente de calzoncillos que a duras penas pude cerrar la maleta, cuyo aspecto inflado y tenso daba la sensación de ir a explotar de un momento a otro.
La pesadilla de Kuakman

Ya se imaginarán qué pasó por la sonrisa que, intuyo, están esbozando. El día de la marcha, el autobús que nos llevaba al aeropuerto a los estudiantes españoles iba tan lleno que no quedaba sitio en el maletero, por lo que algunos tuvimos que poner nuestro equipaje en el estante de encima de los asientos. Afortunadamente era amplio y conseguí encajar holgadamente en el hueco aquella especie de bola de cuero en que había convertido la maleta. Hasta que, en un momento del trayecto, el conductor pegó un brusco frenazo, la maleta se cayó, rebotó en el respaldo de un asiento y, volando por el pasillo, se abrió de par en par diseminando mi ropa interior sucia por todo el autobús. Y mis calzones gastroenteritizados fueron a caerle en la cara precisamente a Pino, mi querida canaria, la cual se puso a dar tales alaridos al comprobar qué era aquello que poco faltó para que le diera un síncope.

Así terminó mi primer viaje al extranjero. Cuando llegué a casa, mi madre se asombró de cuánto había crecido y del acento que traía de vuelta. Todo positivo; habría más viajes, dijo.

Con este tercer post termina el relato de Kuakman sobre su estancia en Exeter de joven. Está preparando más material que me irá pasando para nuestro solaz y diversión.
Foto Exeter: Smalljim en Wikimedia

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