El Castillo de Eilean Donan (I)



Todos sabemos lo que es un castillo y cuando le decimos a un niño que dibuje uno casi siempre lo hace siguiendo ese estereotipo medieval que llevamos en mente, con sus almenas, su barbacana, su torre del homenaje, su foso (al que seguramente el artista incorporará un tiburón o un cocodrilo), sus saeteras, su puente levadizo, su adarve... Vale, el niño sería un émulo de Leonardo da Vinci si sabe poner todo eso, pero las formas generales no diferirían. Sin embargo, los castillos son muy diferentes entre sí de un lugar a otro. Los españoles, recios, sobrios y macizos, suelen obedecer a esa iconografía pero los franceses se alejan de la imagen defensiva para acercarse a la palaciega mientras que los centroeuropeos adquieren tintes románticos. Trasladándonos a la islas Británicas, Escocia es la referencia castillera porque, aunque suene a tópico, hay uno en cada esquina; y casi siempre con fantasma.

El guardián del castillo, con kilt y manferlán
Los castillos escoceses también son muy suyos. A menudo son simples mansiones familiares -quizá no tan simples, cierto- encaramadas en un altozano o protegidas en un islote, cuando no asentadas en algún lugar aislado, como si el constructor hubiera buscado el sitio más remoto posible. La razón de ello está en las tormentosas relaciones entre clanes, frecuentemente dirimidas mediante la guerra; para qué discutir si puedes pelear, que dice la canción. Los más antiguos, del siglo XII, son simples torreones que dominaban una aldea, aunque los más representativos se erigieron entre el XIII y el XVII. Al contrario que en la España medieval, esas guerras interclánicas solían ser breves y con pocos efectivos, sin asedios prolongados, por lo que los castillos tendían a desarrollarse en altura más que en superficie, dando lugar a un perfil muy típico; luego, a medida que la vida fue pacificándose, sí crecieron a lo ancho añadiendo alas anexas, cada vez más refinadas arquitectónicamente hasta acercarse más al concepto de palacio.
Mapa de Escocia con los escudos de los clanes
Los castillos escoceses más famosos son los de Edimburgo, Holyrood (que también está en la capital), Balmoral (residencia estival de la Corona) y Urquhart (en el lago Ness). Pero iconográficamente hablando, ninguno es comparable al de Eilean Donan, enclavado en un pedazo de tierra rocosa que aflora tímidamente de la superficie del lago Duich y unido a la costa por un bello puente de piedra. Las condiciones defensivas del lugar ya incitaron a habitarlo en la Prehistoria pero los últimos restos de la Edad del Hierro, probablemente pictos, se perdieron en el siglo XX y el castillo propiamente dicho se levantó en el XIII, para protegerse de las razzias vikingas que asolaron el norte del país durante más de cuatrocientos años. Desde entonces, su morfología ha ido cambiando, ampliándose unas veces el recinto que ocupa sobre el islote y reduciéndose otras.   
                             
El fantasma highlander de Eilean Donan
El caso es que Eilean Donan, nombre cuyo significado no es seguro (puede ser Isla de Donan, en alusión al obispo homónimo santificado o bien una derivación del gaélico Cu-Donn, referente a al mito del Rey de las Nutrias, quien al morir habría enterrado su capa de plata en lo que hoy son los cimientos del castillo), se halla en una encrucijada estratégica para defender la zona de Kintail, conocida antaño como el Señorío del Mar. Tanto que el castillo fue disputado a menudo, pasando de manos de los Matheson a los MacKenzie y de éstos a los MacRae, con intentos frustrados de hacerse con él por parte de los MacDonald.

Donde fracasaron éstos, al igual que más tarde los puritanos de Cromwell, triunfó una escuadra inglesa que lo bombardeó durante la tercera rebelión jacobita, allá por 1719. Lo defendía apenas medio centenar de infantes de marina españoles, enviados en apoyo de la causa escocesa, que recibieron a tiro limpio al enemigo cuando el trozo de desembarco de éste se acercó despreocupadamente creyendo que el edificio estaba abandonado. Obviamente, en tan escaso número, sin artillería y ante los cañonazos de las fragatas, Flamborough, Worcester y Enterprise, los españoles no pudieron resistir mucho: sólo tres días.

Tras tomar el castillo, los ingleses lo volaron aprovechando el enorme polvorín existente (¡trescientos cuarenta y tres barriles!), dejando para siempre la leyenda del fantasma de un oficial español fallecido en el ataque al negarse a rendirse obstinadamente. Testarudo él; quizá era aragonés. O andaluz, dado que, según cuentan, es un espectro bastante socarrón y se dedica a molestar a los turistas excepto a sus compatriotas, a quienes deja visitar el castillo en paz. Como se puede ver en la foto anterior, también hay uno escocés.

La batalla de Glen Shiel desde las posiciones inglesas. Al fondo, con los típicos uniformes blancos borbónicos, los infantes de Marina españoles
El grueso del contingente hispano, unos trescientos hombres, cayó prisionero un mes más tarde en la batalla de Glen Shiel cuando los escoceses huyeron en plena refriega dejándolo tirado ante el ejército adversario, muy superior en número y equipamiento. El general inglés se percató enseguida dónde estaba el peligro y dónde lo fácil, centrando el ataque en los highlanders y manteniendo las distancias, vía artillera, con los hispanos, que cuando se dieron cuenta estaban solos. Entre los que aprovecharon la niebla para fugarse y abandonar a sus aliados estaba el héroe nacional Rob Roy (con el centenar de miembros de su clan) quien, como vemos, no era tan aguerrido como lo pintó Walter Scott; así se escribe la Historia, aunque en su descargo cabe decir que estaba malherido.

La cosa ya pintó mal desde el principio porque el contingente enviado por el cardenal Alberoni, ministro de Felipe V, llevó consigo dos millares de armas de fuego para repartir entre los sublevados y muchas se quedaron en sus cajas, al haber muchos menos voluntarios de lo esperado; unos ochocientos hombres. Además, la flota española que debía iniciar una invasión volvió a perder la partida luchando contra los elementos a la altura de Galicia.

Otra visión, más clásica, de la batalla

Eso sí, para la posteridad queda el hecho curioso de que fue la última vez que las tropas inglesas se enfrentaron a un enemigo extranjero en suelo del Reino Unido. Y que, gracias a aquella acción, han quedado denominaciones relacionadas con aquello soldados de nuestro país: la desolada cañada donde se situó el campo de batalla es hoy Bealach-na-Spainnteach (en gaélico, Paso de los Españoles) y está ubicada entre un grupo de cinco colinas llamadas Five Sisters, una de las cuales es conocida como The Peak of Spaniards (Pico de los Españoles), pues fue donde éstos se hicieron fuertes y resistieron varias horas en solitario antes de entregar las armas.

 [continuará]

Fotos: JAF

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