La lengua de Twinga

Se suele decir de Nairobi que, pese a ser la ciudad más importante del África negra -hay quien opina que la única digna de ese nombre-, carece de atractivos turísticos y sólo constituye un lugar de paso para un viaje por Kenia. Como todo, es discutible y, al menos sobre el papel, las guías suelen ofrecer una relación de sitios visitables bastante más amplia de lo que pudiera parecer a priori.

Hay museos (el Nacional, con colecciones variadas de historia, antropología, etnografía, geología y zoología, o el Railway, ferroviario), un animado mercado central, una espectacular mezquita (Jamia), un parque nacional en las afueras, otro de serpientes, el célebre mirador del Kenyatta Conference Centre y el rincón más popular, la Casa-Museo de Karen Blixen, de la que ya hablé alguna vez.

Otro lugar casi inevitable es el Giraffe Center (actualmente rebautizado African Fund for Endangered Wildlife Kenya), situado en la avenida Gogo Falls de camino a Langata, a unos cinco kilómetros de la zona centro (el autobús 24 lleva hasta allí), fundado en 1989 por  Jock Leslie-Melville y su mujer en su propia casa, a partir de un bebé jirafa. Como se puede deducir de su nombre, las jirafas -twinga, en swahili- son las protagonistas casi absolutas allí, ya que se trata de un pequeño santuario para la recuperación y protección de esos animales y, más concretamente, para la subespecie Rotschild, que está en peligro de extinción.

Apenas quedan unos centenares en libertad (unas setecientas), repartidas entre Kenia y Uganda, con especial relevancia en el lago Nakuru y en el Murchinson Falls National Park respectivamente. Dado su escaso número, el riesgo de endogamia es importante, de ahí que haya un programa de cría en cautividad. La labor del Langata Giraffe Center es múltiple, pues, dado que aparte del trabajo científico desarrolla otro didáctico y pedagógico con los escolares y turistas merced al contacto directo entre humanos y animales.

Las jirafas acuden a la llamada del tam-tam

Recuerdo mi experiencia en ese sentido. En contra de lo habitual, no fui por la mañana, que es cuando se concentra la mayoría de la gente, sino que me desplacé hasta allí después de comer. Todo estaba razonablemente solitario y tranquilo, apenas un puñado de personas dispersas que habían tenido la misma idea vespertina. Un operario empezó a golpear un tronco, a manera de tam-tam y, de pronto, obedeciendo a la llamada, las copas de los árboles empezaron a moverse, indicando la aproximación de algo aún oculto por la espesura pero que se adivinaba muy grande. Había cierta evocación a una escena de Parque Jurásico, pero no fue un dinosaurio lo que salió del follaje.


Tamaño abrumador

Lo primero que asomó fueron aquellos largos cuellos (usados como arma en sus duelos) que terminaban en la característica cabeza alargada, de rasgos bonachones, rematada por pequeños cuernos de pelo endurecido. Con esa extraña cadencia que imprimen a sus movimientos, grácil y aparentemente lenta, las jirafas fueron acercándose. Eran cuatro o cinco, fácilmente identificables como Rotschild por sus manchas menos angulosas y las patas blancas. En el mismo centro nos facilitaron pienso para darles de comer, unos tacos prensados que hacen que las jirafas no echen de menos su alimento natural, las hojas de acacia.

Comiendo de la mano sin peligro

Al menos eso se podía deducir de la glotonería que manifestaban; miedo a que engordaran, ninguno, ya que acostumbran a comer treinta y cuatro kilos diarios de follaje. Se acercaban sin ningún temor a tomar lo que los humanos les ofrecían en sus propias manos, sin peligro de recibir un mordisco, ni aún casual, porque no tomaban el pienso directamente con la boca sino que extendían su lengua para cogerlo, de forma similar a la de los camaleones. Una lengua larguísima (¡medio metro!), negruzca para protegerse de los rayos solares y vivamente prensil hasta el extremo de culebrear como un tentáculo (al fin y al cabo, las jirafas también la usan para, asómbrense, limpiarse las orejas); al tacto resultaba algo áspera, similar a la de los gatos, seguramente diseñada por la evolución para no sufrir pinchazos con las espinas de las acacias y, ocasionalmente, lamer la sangre de animales muertos.

Una jirafa empieza a sacar la lengua ante el pasmo de las turistas japonesas

Aunque algunos blogs y foros de Internet dicen que a los diez minutos queda todo visto, todo depende de la intensidad con que uno se deje embobar por ese contacto tan directo e intenso con un animal que es salvaje por naturaleza. Así, la mayoría de los presentes no estuvimos menos de media hora o tres cuartos, alimentando a las jirafas, acariciándolas, fotografiándolas desde todos los ángulos y distancias, ora desde el suelo, ora desde la terraza elevada dispuesta para facilitar la cercanía a la cabeza... Terraza, sí, puesto que algunos ejemplares llegan a medir cinco o seis metros de altura. No faltó quien careció de reparos para dejarse lamer la cara o, incluso, intercambiar un beso lengua con lengua.

El festín de las jirafas

Y siguen, y siguen...

Y cuando se deja hueco al resto de visitantes, continúa la fascinación con los facóceros (jabalíes verrugosos), que también había alguno por allí, con su divertida crin rubia ondeada por el viento y moviéndose sin temor entre las gigantescas ancas de las jirafas (capaces de matar a un león de una coz) para hozar por el suelo arenoso en busca de los pedazos de pienso caídos, para los que adoptaban una curiosísima postura, arrodillándose sobre sus patas delanteras.

Fotos: Marta BL y JAF

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