Trilogía histórica, artística y meteorológica de Santillana del Mar (I)


No hay mal que por bien no venga. A veces, una decepcionante adversidad puede tornarse en algo bueno si uno sabe enfocarlo adecuadamente y, todo sea dicho, con un optimismo a prueba de bomba. Es lo que me pasó cuando visité Santillana del Mar, un pueblo cántabro que muy bien podría descollar en el top ten de los más bonitos de España pero al que hay que ir equipado con paraguas, chubasquero, botas y, si me apuran, traje de neopreno -con aletas, mascarilla y botellas de oxígeno-, siempre consciente de que la humedad puede alcanzar cotas más que considerables.

Durante el paseo es posible toparse con cabras de piedra decorando fuentes... o incluso bisontes.


Llegar a ese rincón de viejas casas de piedra ennegrecida, circundado por un paisaje verde intenso que emana un inconfundible olor mezcla de tierra, a hierba y cucho, compondría un cuadro idílico para muchos de no ser porque, a menudo, esa entrada se hace en medio de una cortina de lluvia al estilo cantábrico, es decir, capaz de prolongarse todo el día e incluso varios más sin apenas parar un rato (seguramente para que las nubes puedan recuperar las fuerzas). La lluvia en Sevilla será una maravilla pero en Cantabria es una realidad cruda y agotadora.

La lluvia se convierte en aliada para ver las calles sin estorbos humanos o automovilísticos.

Y ahora lo bueno. Evidentemente, el sol y el calor siempre son mejor bienvenidos por el viajero; pero el caso es que el agua no desentona: raindrops keep falling on my head, aroma de tierra empapada, paredes brillantemente mojadas, charcos sobre el pavimento... Son cosas tan aparentemente adversas que la mayoría de turistas es incapaz de captar es extraordinario decorado especial que forman para visitar la localidad y, lo que es más importante, les persuaden de acercarse en beneficio de latitudes más laxas, metereológicamente hablando.

Santillana es una catarata de edificios de sabor medieval.

Así que si uno arriba a Santillana del Mar en medio de un diluvio, como fue mi caso, no queda otra que asumirlo estoicamente y tratar de disfrutarlo igualmente o más. Y ahí entra esa otra aura medieval y algo misteriosa que emana el pueblo, donde el tiempo parece haberse detenido siglos atrás. Si el agua espanta a los curiosos más débiles, es posible caminar por solitarias calles, peatonalizadas y sin aceras, con el eco de los propios pasos repiqueteando sobre el pavés, pasando junto a recias fachadas decoradas con blasones pétreos y se puede venir a la imaginación perfectamente el cruzarse en aquella esquina, o saliendo por una de las pesadas puertas movidas por herrumbres centenarias, con un vecino ataviado con greguescos o un fraile de aspillera y tonsura.

La plaza de Ramón Pelayo, con el Ayuntamiento y, detrás, el Museo Regional, fotografiada desde la torre de Don Borja y los soportales de la casa de Domingo Barreda (véase foto de cabecera).

Lo de los religiosos no es gratuito, pues, al fin y al cabo, Santillana fue fundada en el siglo VIII por unos monjes benedictinos que instalaron allí su monasterio, en lo que supuso los inicios de la repoblación hacia el este impulsada por la monarquía asturiana. Como era habitual, en torno al cenobio fue echando raíces la gente y el Camino de Santiago, cuya ruta norte pasaba por el lugar enlazando con la Catedral de Oviedo (de hecho, la comarca se conocía como la Merindad de las Asturias de Santillana), le dio vida definitivamente.

El renacentista palacio de Velarde.

Parece mentira que un sitio tan pequeño como Santillana del Mar -poco más de cuatro mil habitantes- reúna tal cantidad de patrimonio monumental, entre palacios, casonas, iglesias, torres, cuevas prehistóricas, museos y jardines. Claro que la falta de verdad es casi consustancial a ese sitio, empezando por un nombre que, como reza la tradición, resulta divertidamente tramposo: Santillana del Mar ni es santa, ni es llana ni tiene mar. Qué diablos, si hasta hace poco se ligaba a su hijo más ilustre, aquel delantero del Real Madrid que metía goles de cabeza como churros. En cambio, nadie le puede negar su merecida catalogación como Conjunto Histórico-Artístico, al que se suma algún rincón incorporado al Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Lo vemos en el próximo post.

Las viejas y típicas casas de la calle del Cantón, que mezclan madera, ladrillo y piedra, suelen acoger numerosos comercios turísticos.
Fotos: JAF y Marta B.L.

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