Brown de Panamá




Brown es un tipo que impresiona. Más de metro ochenta de recio guía local, una mole negra de fornidos músculos y bigote que le han hecho ganarse entre sus conocidos el mote de Tyson, en alusión al boxeador, aunque yo le veo más parecido con Bubba Smith, aquel jugador de fútbol americano que terminó en el cine, participando en películas como Loca academia de policía. Nunca llegamos a saber su nombre; para nosotros fue Brown a secas.

Le conocemos al poco de desembarcar en Bocas del Toro, una vez nos instalamos en el hotel, algo cansados tras el madrugón matutino en Costa Rica para desplazarnos desde Puerto Viejo y el valle de Talamanca hasta el indescriptible puente de Sixaola (estructura de hierro forjado pero suelo de tablones de madera, sobre los que deben pasar las ruedas de los vehículos), que salva esa frontera natural fluvial con Panamá, y las correspondientes/plomizas gestiones para cruzarlo.

Esta tarde hay visita pero antes es necesario recuperar fuerzas. Incluso en el trópico protesta el estómago. Brown propone dos alternativas: llevarnos a algún restaurante de los que abundan en Bocas Town o irnos a almorzar con él a algún sitio modesto donde probar auténtica comida casera local. Optamos por lo segundo. Vivan el pintoresquismo y el riesgo.

El establecimiento elegido no está en la calle principal, ni tan siquiera una secundaria. Son las afueras, aunque esta palabra deba cogerse con pinzas teniendo en cuenta que el extrarradio de la localidad apenas implica desplazarse unos cientos de metros. Es un chamizo muy sobrio, con cuatro paredes de madera más un pequeño porche de techo de uralita donde se dan codazos tres mesas de plástico plegables; su humilde aspecto se intenta vestir con manteles de papel. No hay nombre visible más allá de unas letras despintadas e ilegibles. El menú, apenas una cuartilla plastificada. Una lavadora en una esquina pone la nota curiosa a la decoración.

Brown, al timón de su lancha
Gastronómicamente no parece muy prometedor y más de uno se lo pensaría; más de dos saldrían corriendo. No es el caso. ¡Gerónimo! Marta y Brown se deciden por el pescado, un pargo local; yo sigo fiel a la carne y elijo mondongo, cuyo sospechoso nombre equivale a lo que en España llamamos callos. De beber seguimos la original sugerencia de nuestro guía: sendos batidos de cereales, avena y maíz para ser exactos, servidos en vasos de cristal de palmo y medio con su pajita y todo.

Llegan los platos y no tienen mala pinta. Brown coge el bote de picante y sazona el suyo. "Vamos con un poco de mala vida", dice. Le imito con cuidado, moderadamente, porque ya me conozco el percal. El bocado confirma la sensación de haber metido en la boca un carbón encendido. Pero el mondongo está exquisito y, al parecer, el pescado también. Las apariencias, pues, engañan y la cocina se lleva un diez. Tanto que del pargo sólo quedan la raspa y la piel; Brown se asombra de lo bien que Marta comió el pescado: "Normalmente, la gente deja la mitad en el plato". Dejamos el local doblemente satisfechos, por la comida y por el acierto. 

Tras un par de jornadas de visitas, al acabar la última, Brown conduce su lancha hasta el muelle, lo vara, compra un enorme racimo de plátanos y toma una bicicleta para regresar a casa, a pasar el resto de la tarde con su familia. Al día siguiente, dice, tiene que madrugar porque debe guiar una expedición del Smithsonian hasta la selva de una isla vecina; los científicos quieren capturar varias serpientes venenosas para cierto estudio. Y es cosa de ver como aquel coloso pone cara de miedo y asegura que él les señalará dónde están los ofidios pero no piensa acercarse a menos de cinco metros de ellos. Entonces se despide, da media vuelta y se aleja pedaleando con tranquila cadencia caribeña, plátanos en mano.

Fotos: JAF y Marta BL

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