La Mezquita de Alabastro



Se suele decir eso de que la actualidad manda y el Islam parece haberse instalado en ella permanentemente, casi siempre para lo negativo. Aunque no necesariamente, que siempre habrá un Erdogan dispuesto a divertirnos con la teoría de que los musulmanes fueron los primeros en llegar a América.

He estado en varios países islámicos pero sólo una vez tuve ocasión de pisar una mezquita y verla por dentro en persona, en lugar de por la tele. Fue en El Cairo, antes de esa revolución primaveral que puso en efervescencia Egipto y que, a la postre, no sirvió más que para arruinar su turismo y mejorar el de España.

Decía que, al igual que muchos viajeros, visité la Mezquita de Mohamed Alí, una de las que están abiertas al público (cuenten también las del Sultán Hassán, Al-Rifai e Ibn Tulun). Ésta que digo es más conocida como la Mezquita de Alabastro, sospecho que más para marcar diferencias con el boxeador que por el tipo de piedra que recubre su parte inferior, sacada por cierto de la necrópolis de Beni Suef. De un cementerio, vamos, que Cela no fue el inventor de la reutilización de lápidas.

Panorámica de El Cairo desde la Ciudadela de Saladino
Las otras mezquitas visitables son más antiguas. La de Alabastro se construyó entre 1830 y 1848 (en el período que enmarca las dos grandes revoluciones europeas decimonónicas, curiosamente) por encargo del pachá que le ha dado su nombre, al que se considera fundador de la faz moderna de la capital egipcia por haber iniciado una alianza con Gran Bretaña para independizarse de los otomanos. Eso sí, Mubarak la rehabilitó a finales de los años ochenta con vistas a exhibirla ante el creciente número de turistas.

No es para menos, teniendo en cuenta que se trata de una auténtica belleza que además logró superar el terremoto de 1992 en plenas obras. Tiene cierto parecido con las mezquitas de Estambul -especialmente la Azul-, que son las que, al parecer, constituyen la referencia de elegancia y grandiosidad. De hecho, el arquitecto elegido, el armenio Yusuf Boushnak, llegó desde Turquía para hacerse cargo del proyecto, si bien lideraba un equipo de técnicos de diversas nacionalidades.

El pachá Mohamed Alí eligió como ubicación la parte más alta de la estratégica Ciudadela de Saladino, un bastión fortificado -por Saladino, obviamente- en el siglo XII en el monte Muzzatam para defenderse de los cruzados, desde el que se domina la ciudad y donde se reúnen los principales atractivos que no corresponden a la época faraónica. Seguramente por eso se puede ver la silueta de la mezquita casi desde cualquier rincón de El Cairo antiguo; bueno, por eso y porque sus dimensiones son más que considerables.

El Gran Patio con la fuente para las abluciones y el inevitable andamio que me persigue allá donde voy para estropear todas las fotos
Baste como ejemplo decir que su cúpula tiene cincuenta y dos metros de alto por veintiuno de diámetro, estando sustentada sobre otras cuatro semicúpulas. O que sus minaretes alcanzan una altura de ochenta metros. O que las medidas del gran patio Al Sahn son de cincuenta y cuatro metros por cincuenta y tres. En este último, por cierto, se sitúan la fuente para la abluciones y un reloj que Luis Felipe de Francia regaló a cambió del obelisco de Ramsés II que se alzaba frente al templo de Luxor y fue trasladado a la plaza Concorde de París; por cierto, el reloj resultó dañado durante su instalación y nunca llegó a funcionar.

Para pasar al interior del edificio hay tres puertas. Por supuesto, se exige ir decorosamente cubierto. O cubierta, más bien, porque la norma es fundamentalmente para las mujeres; si no cumplen los requisitos -pantalones cortos, camisetas, etc-, deben ponerse una especie de ridícula capa verde. También es obligatorio dejar el calzado en la entrada, aunque no supone mayor problema porque el suelo está enmoquetado con alfombras persas.

Interior de la mezquita. Se pueden observar las alfombras persas del suelo, la lámpara y las capas verdes con las que se embute a las mujeres

Ya dentro, lo más interesante está a la derecha, en la Sala de Oración: la tumba del propio Mohamed Alí. Es un sepulcro de mármol blanco, decorado con flores cinceladas en relieve y policromadas en el que descansan los restos del pachá promotor, no de su hijo, que se llamaba igual y cuyo fallecimiento prematuro en 1816 fue la causa de la construcción del templo. O sea, construyó la mezquita para honrar la memoria de su vástago, por eso no reparó en gastos ni se cortó un pelo en saltarse ciertos legalismos, como que quien no sea sultán no puede dotar a las mezquitas de más de un alminar (ésta tiene dos).

Aparte, llama la atención el amplio y diáfano espacio. Mirando hacia arriba se descubre una gran lámpara central circular y diversos medallones  ornamentales con relieves en árabe. También hay un púlpito y una tribuna. A ras de suelo, los turistas se reúnen en pequeños grupos en torno a sus guías, quienes les explican los cinco pilares del Islam (fe, oración, limosna, ayuno y peregrinación a La Meca) para mostrar una imagen distinta de la que se suele tener de esta religión. Claro que mi guía era el doble perfecto de Morgan Freeman y así es difícil concentrarse...

Foto cabecera: Yasser Nazmi en Wikimedia
Resto fotos: Marta BL y JAF 

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