Amán, Filadelfia, Rabat Ammon (I)



Si les animase a viajar a Filadelfia todos se pondrían a pensar en una ciudad estadounidennse de la costa Este, una de aquellas primigenias trece colonias que llegó a ser capital provisional del país tras conseguir éste su independencia. Pero no; aquí me refiero a la otra, la original, aunque ya no se llama así. Hablo de Amán, en Jordania.

¿Sorpresa? Así la conocían los antiguos griegos (por el soberano egipcio, pero de ascendencia macedonia, Ptolomeo Filadelfo) sustituyendo su nombre anterior hebreo (Rabat Ammon, en alusión a los amonitas, tribu semita emparentada aunque enemistada con los israelitas) y antes de que los gasánidas (una dinastía árabe pero cristiana) le pusieran su gracia definitiva.

Porque la Filadelfia americana, a la que se bautizó así por su significado semántico (significa ciudad del amor fraternal, philos + adelphos), puede presumir de ser la ciudad más antigua de aquellos jóvenes lares transatlánticos, pero eso no es decir mucho: obviamente palidece ante la actual capital del reino hachemita, que recibió tal designación con la formación de la Transjordania en 1992 pero que había sido fue fundada a partir de un asentamiento neolítico hace más de seis milenios.

Al igual que Roma y tantas otras grandes urbes, Amán se alza sobre siete jebels o colinas; al menos su centro histórico, pues el casco urbano se reparte por otras doce más que jalonan el desierto y el valle del Jordán (el famoso río que da nombre al país y que tanto protagonismo tiene en La Biblia), donde se juntan un par de millones de habitantes; o sea, un tercio de la población total de Jordania. Esa parte tan turística refleja con su patrimonio monumental el paso de las diferentes civilizaciones que pasaron por ella: aparte de las ya mencionadas, también hay que reseñar a asirios, persas, romanos, nabateos, bizantinos, omeyas y abbasíes.

Los últimos en incorporarse a esa lista han sido los palestinos, refugiados de los conflictos que arrasan las regiones del entorno y que han terminado constituyendo una mayoría, creando cierta tirantez social frente a los jordanos de siempre por ser más islamistas (en el peor sentido de la palabra). Por eso el país se ha visto arrastrado a varias guerras que en realidad no deseaba.

Pasear por Amán es una buena forma de comprobar cómo es una típica ciudad árabe moderna, espantosa desde el punto de vista urbanístico, con casas bajas de color ocre agolpadas sobre cada elevación topográfica y ribeteadas con miles de antenas parabólicas que asemejan un bosque de enormes setas. Pero, a la vez, ese caos tan característico resulta atractivo; es un viejo tópico viajero bastante ventajista, cierto, puesto que lo que se admira fuera no se querría aquí, pero es que en las visitas a lugares exóticos o de otra cultura son estas diferencias las que subyugan.

Al fin y al cabo viene a ser lo mismo que pasa con la gastronomía. De viaje se aprovecha para probar la cocina local, aunque en casa uno no se pasaría la vida comiendo kebabs, falafeles y otras delicias que, tan recargadas de especias, nuestro estómago quizá terminaría rechazando.

O con otras costumbres: aún retumba en mi cabeza la fenomenal algarabía de una boda jordana que se celebraba en uno de los salones del hotel donde me alojaba, con cantos, palmas y gritos a todo volumen que despertaron en mí una curiosidad antropológica con la que sólo rivalizaba la fascinante visión de las elegantísimas mujeres invitadas, cuyas cabezas se cubrían -es un decir, pues lo llevaban caído hacia atrás, con deliberada y calculada dejadez- mediante preciosos hiyabs de seda.

Fotos 1 y 4: Visita Jordania Facebook
Fotos 2 y 3: Marta BL

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