Kirkwall y el pirata de las Orcadas


Tenía claro que uno de los rincones que quería visitar a toda costa durante el viaje a Escocia del verano pasado era el archipiélago de las Orcadas. No sé exactamente la causa.  Quizá porque me seducía la idea de pisar el suelo más septentrional de mi currículo hasta el momento; o puede que debido a que la decisión de elegir el país escocés coincidió con la publicación de un reportaje de la revista National Geographic dedicado a los monumentos y asentamientos neolíticos que hay en esas islas. Pero sospecho que se trató de algo más íntimo y subconsciente.

En efecto, tengo para mí que la culpa fue de Walter Scott. Les suena ¿no? Nacido en Edimburgo en 1771, este escritor es especialmente famoso por su obra maestra, Ivanhoe, aunque en Escocia le reverencian también por otras novelas que sitúan la acción en su tierra, como Rob Roy. Pues bien, en 1814 Scott hizo una singladura en barco por la costa escocesa para inspeccionar los faros, durante la cual "una vieja sibila que comerciaba con los marineros" le contó la historia de John Gow, un cruel pirata que había sido finalmente capturado en las Orcadas y posteriormente ejecutado en Londres.

El apacible puerto de Kirkwall
Daniel Defoe, el célebre autor de Robinson Crusoe, ya había publicado una novela sobre el tema en 1725 pero a Scott, como buen representante del estilo romántico imperante entonces, le fascinó la idea y puso manos a la obra para dar a luz El pirata en 1822, donde narra cómo un taciturno capitán bucanero, retirado y arrepentido de su pasado, se instala en Bourg-Westra, en las Islas Shetland, con su hijo. El protagonismo corre a cargo del joven, que se enamora de una de las hijas del posadero y poco después salva a un náufrago con el que traba amistad. Pero éste resulta ser también un famoso pirata que se prenda de la otra hija, lo que provoca un duelo entre ambos amigos. Los acontecimientos se van precipitando y una misteriosa bruja local parece orquestarlos convocando a todos los personajes en la feria de Kirkwall, capital de las Orcadas, a donde llegan los compañeros del pirata y tiene lugar un trepidante e insospechado desenlace.

Las románticas ruinas del Palacio Episcopal
En fin, como siempre me han gustado las historias de piratas seguramente una voz interior me incitaba a conocer personalmente ese escenario. Escenario que, de paso, daba pie a descubrir otras muchas maravillas del archipiélago. Centrándome en Kirkwall, diré que tiene el encanto portuario de las villas marineras, que a mi parecer ganan con el tiempo desapacible. Aunque la lluvia no es precisamente cómoda para hacer turismo, me las arreglé para pasar una hora fotografiando el bello cementerio local, uno de esos camposantos nórdicos donde las viejas lápidas redondeadas y musgosas parecen brotar directamente del césped y que me proporcionaba la copa de recios árboles como cobijo de la cámara ante la humedad.

La Catedral de St. Magnus con el cementerio alrededor
Todo ello circundando la bonita Catedral de St. Magnus, templo de piedra arenisca de tono intensamente rojo y estilo medio románico medio gótico, que popularmente es conocida como la Luz del Norte. Su interior, donde macizos pilares cilíndricos sostienen las bóvedas de las tres naves, sirve para albergar numerosos restos de los navíos de la Royal Navy -la misma en la que siglos antes terminó redimiendo su pasado el pirata de Scott-, desde banderas de guerra a la campana del HMS Royal Oak, crucero hundido por un torpedo alemán en la bahía. También numerosas estelas de piedra, cuyos esqueletos en relieve indican inequívocamente su función funeraria.

Banderas y campana del HMS Royal Oak, hundido por un U-Boot
Al lado, uno frente a otro, los restos ruinosos de los antiguos palacios del Obispo y del Conde se resisten a desmoronarse del todo para servir de espléndido decorado a las fotos de los turistas, pues parecen un cuadro de Friedrich. Allí tiene lugar una conversación entre Cleveland, el pirata, y Bunce, su ayudante, recordando que el conde terminó ahorcado -cual filibustero- por enfrentarse a la Corona inglesa. Unos párrafos después, Scott describe la zona portuaria:

"La bahía, que forman los promontorios de Inganes y Quanterness, en cuyo fondo, como asimismo todo el mar en la extensión que alcanzaba la vista, y especialmente el estrecho que separa la isla de Shapinsha de la de Pomona, cubríanlos numerosas embarcaciones de todas clases, que de diferentes islas llegaban con pasajeros o con mercancías, a la feria de Saint Ollaw".

En el puerto se conserva una antigua mina
Actualmente los barcos son de pesca, grandes pero herrumbrosos y ajados, más algún yate deportivo, pues el ferry que conecta el archipiélago con Jonh O'Groats (Gran Bretaña) ni siquiera fondea en Kirkwall sino en South Ronaldsay, para evitar dar un gran rodeo. Desde allí hay que llegar a la capital por carretera, cruzando de isla a isla por los llamados Diques de Churchill.

El tono grisáceo que predomina en el ambiente, apagando el no muy convincente esfuerzo del sol por mostrarse, sólo se ve roto por el rojo intenso de una antigua mina desactivada y restaurada para decorar el lugar. Éste puede parecernos algo pequeño para imaginar a la Favorita de la Fortuna entrando audazmente por la rada y bombardeando las defensas o entablando batalla allí mismo con la fragata Alcion de Su Graciosa Majestad, tal como narra la novela. Pero es que los barcos piratas no eran los enormes galeones que vemos en las películas; resultaban más prácticos los pequeños, rápidos y ágiles, ideales para asaltar por sorpresa y luego ocultarse en calas recónditas.

Otros importantes atractivos de las Orcadas sirvieron de escenario para El pirata. Se lo cuento en el próximo post.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Las huellas de la Operación Antropoide en Praga (II)

El Escorial (I). Un retrato arquitectónico de Felipe II.

Visita al Mary Rose (I)