Esos viajes imposibles


Uno se pasa la vida elucubrando cuál será el próximo destino, como respondiendo a esa pregunta habitual con que le asaetean por diestro y siniestro, como en un bucle: "Y el siguiente viaje ¿a dónde?". Ayer, sin embargo, se me ocurrió que resulta mucho más divertido pensar en los que nunca haré con casi total seguridad. Aunque bien que lo siento, pues no por improbables son menos deseados.

Por ejemplo, pese a los pasos de gigante que da la ciencia en ese sentido, sospecho que no llegaré a tiempo de ver un parque temático de la Prehistoria con mamuts vivos, creados por ingeniería genética gracias al ADN extraído de ejemplares congelados en Siberia. De hacer una excursión a una versión insular con dinosaurios ya ni hablo. Si acaso, lo más parecido,  por misteriosa y salvaje, sería la selva del Congo y los sugestivos meandros del río, aunque el recuerdo de la experiencia de Marlow convirtiese el trayecto vacacional en un viaje al corazón de las tinieblas no aconsejable para quienes sólo queremos disfrutar de unas vacaciones exóticas y, sobre todo, volver para contarlo.

Hablando de esto último, me temo que tampoco -pese a las ganas que tengo desde que leí la indescriptible aventura de Arthur Gordon Pym- pisaré la Antártida. Sí, sé que se pueden hacer cruceros por sus mares, pero se limitan a navegar por las islas y no hay opción de pisar el continente porque la comunidad internacional lo ha declarado santuario, prohibiendo el turismo. Bueno para el lugar, claro, y malo para mí, que nunca podré ver el punto donde un frustrado Scott se encontró la bandera de Amundsen jorobándole el plan, tampoco los bancos de hielo por los que saltaba su equipo ante la atenta mirada de montones de orcas que se relamían esperando la caída al agua de alguno, según contó Apsley Cherry-Garrard, uno de los miembros de la expedición, en su libro El peor viaje del mundo. Así que me toca ver el vaso medio lleno y consolarme con el dineral que me ahorraré.


En ese mismo sentido -el económico-, y salvo que me toque una lotería a la que nunca juego, ni pensar en dar la vuelta al mundo, sea en los ochenta días de Philleas Fogg o en los tres años de Magallanes y Elcano. Da igual que lo plantee en trayecto submarino,  haciendo veinte mil leguas, que por aire, subido en un globo cruzando África de este a oeste a lo largo de cinco semanas, o incluso caminando bajo tierra tras entrar por el cráter del volcán islandés Sneffels y salir por el del italiano Strómboli siguiendo los pasos de Arne Saknussem. Sería muy cansado, que diría la zorra ante las uvas, expresión que sirve también para rechazar la ruta de Marco Polo añadiendo la decepción final de no ver a ni Kublai Khan ni la isla de los hombres-perro.

Por eso tampoco me imagino dos años de vacaciones, como los niños de la novela de Verne, ni aún cuando lo pasaron bastante mejor que sus homólogos de El señor de las moscas. ¿Y qué me dicen de la Luna o Marte? ¡Si ni siquiera está cercano -en precio, quiero decir- el acceso popular a los paseos espaciales! Menos aún al espacio interior; y no me refiero al cuerpo humano, que sería toda una experiencia eso de ser reducido microscópicamente para navegar por las arterias y acabar regresando al mundo al exterior por una lágrima, sino a las profundidades abisales, territorio exclusivo de batiscafos científicos y, si acaso, de algún extraterrestre perdido y con pinta de hipnótica medusa luminosa.

Muy a mi pesar, descarto pasear por el techo del mundo, por mucho que la cumbre del Everest esté tan frecuentada últimamente y tan fácil te lo pinten algunas empresas especializadas. También acercarme a Afganistán; llámenlo prudencia o miedo, pero las ganas que tengo de ver ese país cruzando desde Pakistán por el temible Paso del Khyber, tal cual hicieran Pecky Carnahan y Danny Dravot para conquistar la corona de Kafiristán, no son suficientes para arrostrar el peligro de la situación actual. Y eso que es duro sacrificar la posibilidad de reinar y descubrir el pasado masónico de Alejandro Magno.
 

¿Embarcarse en un largo periplo marino? No porque me mareo y además sin posibilidad de toparse con una ballena blanca parece que no seduce tanto. Por otra parte, está el peligro de naufragio, llevadero si se termina en algún improbable rincón de África gobernado por una reina blanca inmortal o en una solitaria y desconocida isla paradisíaca. Siempre, eso sí, que algún misterioso personaje te ayude secretamente ante cualquier contratiempo, encuentres a un amigo al que bautizar con nombre de día de la semana y enseñar los principios de la civilización o halles un tesoro enterrado tiempo atrás por un viejo pirata haciendo caso omiso de la mota negra.

Hablando de islas, tampoco veré -y ustedes tampoco ¿eh?- Ogigia, la morada de Calipso, donde Ulises se tiró siete relajados años antes de regresar a Ítaca, ni aquella en la que trabaja la enigmática corporación Dharma sin que sepamos todavía cuál era su objetivo. Como seguirán ignotos los disparatados países descubiertos por el doctor Lemuel Gulliver (Liliput, Blefescu, Brobdingnag, Laputa...) y los múltiples continentes continentes perdidos que, desde Platón a los macgufos actuales, pasando por las aventuras de Corto Maltés, las de Simbad, las de Chihiro o la imaginación de Henry R. Haggard, llenan el panorama de sugestivos nombres: la Bagdad de las Mil y una noches, la Atlántida, Mu, Utopía, Avalon, Asgard, Pellucidar...

Siguiendo esa estela fantástica, por supuesto que un viaje en el tiempo sería algo memorable, especialmente para alguien como yo, que ha estudiado Historia. ¿Imaginan la emoción de desembarcar con Colón en Guahananí en 1492? ¿O avanzar al lado de Hernán Cortés por la calzada de Iztapalapa, con el lago Texcoco acongojantemente lleno de miles de canoas aztecas, para encontrarse cara a cara con Moctezuma? ¿O, poco antes, haber visto con Diego de Ordás la primera panorámica de la magnífica ciudad de Tenochtitlán desde la cumbre del Popocatepétl? ¿O, cambiando de imperio, entrar en Cuzco con las tropas de Pizarro para contemplar atónito la muralla perimetral del Coricancha forrada de oro?


Ya puestos, no habrá periplos más fascinantes que remontarse millones de años atrás, viajando con fármacos a través del inconsciente colectivo formulado por Jung, para encarnarse en un homínido -con el riesgo de perder la materia y acabar transformado en energía-.  O hacerlo a través del infinito espacio-tiempo para fundirse con el creador y ser el origen de la vida, tras encontrarse con un misterioso monolito en la órbita de Júpiter. Que viene a ser el mismo viaje, pero en versión actualizada y con música electroestocástica, del realizado por Dante y Virgilo a través del Infierno, el Purgatorio y el Cielo.

Quién sabe, salvo que nos perdamos en las nieves eternas del Himalaya y nos recojan en un monasterio budista donde no se envejece, quizá todos terminemos recorriendo alguno de esos postreros caminos  (pero si es en la versión propuesta por los Monty Phyton en El sentido de la vida, mejor que mejor).

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