La Capilla Sixtina: la bóveda


Todo lo que rodea a Miguel Ángel en general y la Capilla Sixtina en particular está lleno de ironías. Empezando por el propio artista, que era soberanamente feo (en parte por un puñetazo que le desfiguró la nariz tras una pelea de juventud; cosas de su irascible carácter) y sin embargo creó algunas de las obras más bellas del arte universal. Y siguiendo por el hecho de que él mismo se considerase fundamentalmente escultor, por lo cual manifestó bastantes reticencias a encargarse de la que iba a ser su obra maestra.

También resulta paradójico que ese lugar, emblemático no sólo por su decoración sino porque es donde se reúne el cónclave de cardenales para elegir Sumo Pontífice de Roma -en una esquina se puede ver la estufa donde se queman los votos, conectada por un tubo a la ventana por donde sale la fumata-, fuese originalmente un bastión defensivo del que aún se aprecian incluso las aberturas para arrojar aceite hirviendo.

Panorámica del Vaticano con la Capilla Sixtina en primer término
Fue Sixto IV el que encargó una capilla al arquitecto Giovanni de Dolci, quien la terminó en 1483 imitando el Templo de Salomón, según los planos de Baccio Pontelli para la anterior Capilla Mayor, de la que conservaba sus formas y medidas aunque no las pinturas de Fra Angélico que la decoraban. 

La capilla antes de pasar por las manos de Miguel Ángel
En su lugar, Botticelli, Perugino, Ghirlandaio, Signorelli y Rosselli, algunos de los pintores más destacados del Cinqueccento, embellecieron las paredes laterales con frescos. Las malas lenguas dicen que algunos de ellos convencieron al papa Julio II para que encargase a Miguel Ángel la pintura de la bóveda -hasta entonces en azul con estrellas, imitando el firmamento-, pensando que un escultor no sería capaz de llevar a buen puerto tan difícil tarea.

El andamio construido por Miguel Ángel, según la película El tormento y el éxtasis
Eso bastó para que el interesado entrara al trapo y aceptara el reto, proponiendo con cierta chulería cubrir todo el techo, en lugar de la idea original de algunos lunetos con los doce apóstoles. Para ello, él mismo diseñó un andamio en el que trabajaba de pie -no tumbado boca arriba, como dice la leyenda- y se puso manos a la obra en solitario, rechazando cualquier ayuda salvo un aprendiz que se ocupa de cosas menores, como molduras y fondos.

La técnica era similar a un calco: primero se dibujaban las figuras sobre cartones que luego se pegaban al techo y se perfilaban al carboncillo para finalmente colorearlas. Miguel ángel tardó en acabar cuatro años, durante los que no faltaron varios rifirrafes con Julio II. Pero en 1512 la bóveda de cañón de la Capilla Sixtina pasó a ser algo único en el mundo: quinientos veinte metros cuadrados de arquitectura transformada en un cómic a todo color del Génesis.


Ahí está la famosa e icónica mano de Dios tocando la de Adán para entregarle la espiritualidad y la inteligencia, de ahí que el primero, esté enmarcado en una orla constituida por su propio manto al vuelo y en cuyo contorno se vislumbra claramente la forma de un cerebro humano. También hay otros episodios como la Creación, el pecado original, la expulsión del Paraíso, escenas del Diluvio Universal y diversos retratos de profetas y sibilas (éstas porque anunciaron el nacimiento de Cristo, del que también se muestran antepasados suyos).




Parecía que no era posible mejorar aquello y entonces llegó el Juicio Universal. Literalmente.

(continuará)

Foto exterior: Jean-Paul Grandmont en Wikimedia
Foto cerebro: Scientific American

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