Mary King's Close, el antiguo submundo de Edimburgo


El espinazo de la Old Town de Edimburgo, capital de Escocia, es la Milla Real, una larga avenida de casi un par de kilómetros (1,8 para ser exactos, medida de una milla escocesa) que en verano se convierte en escenario principal del macrofestival local, llenándose de  músicos, malabaristas, gaiteros, magos, humoristas, hombres-estatua y turistas de mil nacionalidades. Pero esa columna vertebral de la ciudad está flanqueada por las costillas que constituyen un intrincado laberinto de calles, callejones, plazas y escalinatas que se recorren a derecha, izquierda, arriba y abajo, como en un grabado fantástico de Piranesi.

Entre esos recodos hay que destacar los wynds y los closes, unos pasadizos oscuros y lóbregos que conectan el bullicio de la Royal Mile con la insospechada tranquilidad de patios y rincones sosegados, semivacíos o, en todo caso, animados sólo por los flashes de los viajeros -proyectados sobre los versos de clásicos escoceses inscritos en las baldosas, por ejemplo- o los comensales de la terraza de algún pub de aspecto tradicional. Montones de closes jalonan ese eje y son de paso libre excepto uno, que es de pago y no lleva a ningún oasis urbano sino a un submundo tenebroso y siniestro que refleja la historia más negra de Edimburgo: Mary King's Close.

Aunque ahora lleva el nombre de una de sus vecinas del siglo XVII, Mary King, también se lo conoció por otros. Pero eso no es importante; sí lo es el hecho de que da paso a un insólito escenario subterráneo, una pequeño barrio compuesto por cinco angostos callejones que quedaron enterrados cuando a las autoridades se les ocurrió usarlos como cimientos para la construcción justo encima del Royal Exchange, el edificio que hoy se ha convertido en el City Chamber (o sea, el Ayuntamiento).

Las vidas de sus habitantes pasaron a desarrollarse en el subsuelo, con las consiguientes deplorables condiciones higiénicas, que ya de por sí no eran muy refinadas en la época. Hacinamiento, tinieblas, miseria, enfermedades y crímenes eran la tónica general en aquel congestionado agujero sin alcantarillado, donde las aguas fecales se arrojaban a la vía pública al grito de "¡Gardy loo!" (del francés gardez l'eau) y los menos pobres trataban de alejarse tímidamente de la inmundicia ocupando las viviendas más altas-aunque también bajo el nivel del suelo-, a las que debían subir por escalerillas de mano dado el declive orográfico cuesta abajo donde se situaba el conjunto.

La visita, guiada y no apta para claustrofóbicos, no necesita figurantes disfrazados para impresionar -no sería un trabajo agradable- porque el lugar se basta por sí solo. Uno va recorriendo modestísimas casas particulares de habitación única que fueron escenario de historias macabras (como el asesinato en 1513 de Alexander Cant a manos de su esposa y su suegra), mientras otras acogían negocios típicos (una mugrienta cantina, una curtiduría, el taller de un zapatero... ¡Incluso un despacho de abogado!) y alguna destacaba por ser de mayor alcurnia, contando con varias dependencias (entre ellas un WC, equipamiento tan insólito entonces que sus dueños presumían de ello colocándolo a la vista desde la puerta de entrada).

En ese inmundo entorno, las ratas campaban a sus anchas y con ellas las pulgas. Terreno abonado pues para la Peste Negra, de la que se desató un virulento brote en 1644 que se extendió por el resto de Escocia durante dieciocho meses. El único sistema para afrontarla fue la cuarentena, que obligaba a los infectados a permanecer en sus casas, señalizadas éstas con una bandera blanca para que se les suministrasen víveres y que algún abnegado médico (el Dr. Rae ganó una fortuna pese a cobrar muy poco por sus servicios), embutido en una larga túnica, guantes y máscara nariguda, a la veneciana, con hierbas aromáticas en su extremo -todo ello de cuero-, les visitara para sajar las bubas o, en su caso, certificar la muerte del paciente. En tal caso era costumbre quemar todos los enseres del fallecido dentro de su propia vivienda, lo que a veces acababa en incendio o derrumbe.
La víctima más famosa del Yersinia pestis, la bacteria de la enfermedad (de la que se venden divertidos y frikis peluches en la tienda de recuerdos), fue la pequeña Annie. Sus padres la precedieron en el óbito y ella se quedó trágica y espantosamente sola hasta que también le llegó su hora; una historia muy suculenta que no dejó escapar la cuentista vidente japonesa Aiko Gibo, quien en una visita al Mary King's Close aseguró haber contactado con su fantasma. Para aliviar su estancia en el más allá le dejó una muñeca de regalo y así originó una tradición, porque otros turistas siguieron su ejemplo y, hoy, los cientos de juguetes que éstos dejan abarrotan la habitación de la niña y obligan a vaciarla periódicamente (se regalan a entidades dedicadas a la infancia). 


No es la única historia de ultratumba que se cuenta allá abajo. También está la de una vivienda cuyas paredes tienen una capa de pintura demasiado rica en arsénico, por lo que el visitante actual sólo puede echar un rápido vistazo desde la puerta... aunque unos listos autoproclamados investigadores se las han arreglado para obtener permiso y colocar una cámara de infrarrojos, que graba día y noche en espera de que algún espíritu tenga a bien mostrarse.

Hablando de cámaras, Mary King's Close se acondicionó y abrió al público como atracción turística en 2003 pero no se pueden hacer fotos durante la visita. Eso sí, al final del recorrido te hacen una que luego, si se quiere llevar, hay que pagar a precio de oro. Si lo llegan a saber en aquellos difíciles tiempos...

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