Kuakman en el sudeste asiático ( y X)

Hoy terminamos de contar las aventuras del inefable Toni Kuakman por el sudeste asiático. Un viaje que no acaba sin que nuestro protagonista haga lo indecible por complicarlo. Esta vez intentando visitar infructuosamente a las famosas mujeres jirafa.

Sabrán que en el norte de Tailandia hay una tribu originaria de Birmania -cruzó la frontera huyendo de una dictadura militar contraria a la diversidad étnico-cultural- cuya principal característica es que las mujeres alargan artificialmente sus cuellos mediante la paulatina colocación, a lo largo de los años, de una serie de aros. Por eso las llaman mujeres jirafa o, en su lengua original, padaung.

Las teorías sobre su causa son variadas: que si les sirve de protección contra ataque de tigres, que si las afea y evita el adulterio, que si antaño era un símbolo de riqueza... En cualquier caso se trataría de una ostentación a sin marcha atrás, ya que si se quitasen esos adornos se les rompería el cuello, carente ya de fuerza y con las vértebras cervicales demasiado separadas entre sí. Y aunque hace un tiempo se había empezado a romper la costumbre, terminó recuperándose ante el interés de los turistas, a los que cobran por entrar al pueblo-escenario. Dignidad y salud a cambio de beneficio económico; una vieja historia.

Hoy en día hay cierta concienciación contra eso pero hace años, cuando viajaba por esas latitudes, eran una curiosidad antropológica. Así que allá me fui con mis amigos en motos, dado que estaba algo lejos y no había autobuses. Como de camino pasábamos unas bellas cascadas, decidimos ir en bañador. Y llevamos también los pasaportes, por si acaso. Yo guardé el mío en el bolsillo. Ah, ¿ya empiezan a reirse?

 Pues aciertan. Al poco de ponernos en marcha, a toda pastilla por la carretera que se abría paso entre el follaje, el sentido arácnido me avisó y eché mano atrás rápidamente para comprobar que, como me temía, mi pasaporte había desaparecido, seguramente caído por el camino. La lógica dice que bastaría con retroceder hasta dar con él, máxime dado lo poco que llevábamos recorrido y siendo tres. Pero es que mis queridos amigos volvieron a pasar de mí (véase Kuakman VIII) y siguieron la ruta, dejándome tirado en una curva con la confianza en que recuperaría pronto el documento y les alcanzaría.

No lo encontré. Regresé al hotel y miré por toda la habitación, no fuera a engañarme la memoria, pero no, el único que me la jugaba era el maldito destino. Me acerqué hasta la comisaría por si alguien lo hubiera hallado y entregado a las autoridades, pero tampoco. Visité todos los bares del pueblo y nadie se había topado con un pasaporte. La cosa era grave porque al día siguiente volvíamos a Bangkok y luego a España. Y claro, siendo domingo la embajada de nuestro país no respondía al teléfono. Aunque no sé si hubiera podido oir nada, ya que los altavoces colocados en las calles no daban un minuto de silencio, anunciando machaconamente vaya usted a saber qué.

Así estaba, dando vueltas como un burro alrededor de la noria, atronado por los malditos altavoces y pasando cada pocos minutos ante el restaurante del señor Lu, quien tan amable como cargantemente me preguntaba cada vez que pasaba si ya lo había recuperado mientras yo me encogía de hombros y negaba con la cabeza con aire estúpido. Claro que si sólo hubiese sido el señor Lu... Pronto se extendió la noticia y todos los dueños de tiendas, bares, hoteles, locutorios, fruterías y mil negocios imaginables me hacían la misma pregunta al pasar ante sus locales, con lo que acabé con cierta tortícolis de tanto sacudir la testa.



Avergonzado del asunto determiné refugiarme en mi habitación, no sin antes dar la consiguiente contestación al recepcionista, que, por supuesto, también me inquirió al respecto. Pero nada más entrar me topé con una nota que alguien había dejado en el suelo, como en una película de espías. Era de la policía ¡Tenían el pasaporte y podía pasar a recogerlo a las nueve del día siguiente! Me apeteció salir a la calle a gritarle a toda la calle, a toda Chiang Mai, a toda Tailandia, que ya lo había encontrado, que me dejasen tranquilo.

Entonces me di cuenta de que anochecía. Había transcurrido una larga jornada y mis amigos aún estaban fuera. ¿Se habrían perdido? ? ¿Decidieron quedarse a vivir con las mujeres jirafa? ¿Se los habría comido un tigre? Pues no. Resultó que habían regresado ya horas antes e incluso vieron el aviso de la policía pero, en lugar de buscarme para dármelo, se fueron a la cascada, a bañarse; lo primero es lo primero y Toni Kuakman se quedó en segundo plano ante la posibilidad de una tarde zambulléndose en el agua. Lamenté que los tigres de la región no fueran más espabilados.


A la mañana siguiente me acerqué a la comisaría de la policía turística, tétrica donde las haya a pesar de su nombre. Los agentes me entregaron la documentación explicando que la hallaron al poco de irme y que se habían pasado el día comunicándolo por los altavoces callejeros (tierra trágame) ¡e incluso en la radio local! Tuve que firmar en una especie de libro donde prometía que, al retornar a España, escribiría al ministro de Turismo tailandés contándole la eficaz labor de la policía de Chiang Mai. Luego me pasaron a un cuarto aparte, indicándome que aguardase sentado en un ajado taburete, único mobiliario de la estancia. Mientras mi incansable mente empezaba a imaginar siniestras historias, entraron varios policías cámara en mano y me pidieron el favor de hacerse una foto conmigo para el periódico del cuerpo. Toma ya. Ésos sí que sabían autopromocionarse; a estas alturas ya deben ser generales, por lo menos.

En fin, aquí termina el relato de mi viaje al sudeste asiático. Lo restante, incluyendo el perder la conexión Frankfurt-Madrid y perdonar la vida de mis amigos, resulta intrascendente por habitual y repetitivo.

Pues lo dicho, aquí concluye esta serie de diez posts sobre las aventuras del inefable Toni Kuakman. Pero no se preocupen porque, inmarcesible al desaliento, sigue viajando y ya me ha proporcionado más material, que publicaré el verano que viene
Fotos: Toni Kuakman

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Los amigos de Kuakman deberían reencarnarse en mujeres jirafa. Me alegro que últimamente se haya replanteado el circo de las mujeres jirafa

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