Kuakman en el sudeste asiático (VIII)


 

Toni Kuakman consigue salir de Vietnam in extremis para reunirse en Tailandia con sus amigos, creyendo que todos sus problemas se han solucionado y toca disfrutar de las vacaciones. Pero...
Ya en Bangkok llegué al hotel, el mismo donde una semana atrás olvidase mi dinero escondido en un rollo de papel higiénico y donde ahora había quedado con mis amigos. Primer contratiempo: ellos no aparecían y el recepcionista se negaba a darme la llave de la habitación al no estar a mi nombre. Le dije que les llamase pero enarboló una nota que me dejaron explicando que se iban a dar un paseo por los canales. Fino detalle por su parte, pensé; casi me quedo colgado en Hanoi por no poder contactar con ellos y ahora se van sin esperarme, pero al menos me dejan un aviso.
¿Qué podía hacer sino sentarme en el sofá del vestíbulo aguardando furioso su regreso? Allí fue pasando el tiempo y al cabo de un par de horas, cuando ya me estaba transformando en hombre lobo, les veo bajando la escalera tan frescos. Pero ¿cómo era posible? ¿ No estaban fuera? Pues no. Resulta que la nota era del día anterior, cuando no les localicé por teléfono, y el imbécil del recepcionista se había confundido. No obstante, la culpa oficial acabó sobre mí, ya que habían interrumpido su juerga nocturna para nada.
En fin, pese a todo ya estábamos reunidos. Faltaba recuperar mi dinero, que guardaba el director en la caja fuerte. Por suerte, éste sí hablaba buen inglés porque si no... Verán, para asegurarse de que yo era el dueño del fajo, me sometió a un interrogatorio tan exhaustivo que llegó a mosquearme: que por qué viajaba solo, si estaba casado, cuál era mi empleo, cuánto ganaba, goles con la selección... No hay que buscarle tres pies al gato; al parecer en esa región de Asia, al igual que no expresan sus emociones en público, consideran normal indagar sobre la intimidad del prójimo; el menos el occidental, al que, leí en algún sitio que consideran inferior, narizotas y maloliente.
El río que nos lleva...
Total, que tras aconsejarme tener muchos hijos el tipo me entregó el dinero. Lo acaricié con deleite -al dinero, no al director- y le di a la limpiadora que lo había encontrado una buena propina, equivalente a su sueldo de un mes.

Pasamos un par de días en la capital viendo lo típico: los wats, el Palacio Imperial, los mercados... También contratamos la experiencia salvaje de bajar un río en una balsa, lo que en realidad resultó tan tranquilo como remar en un estanque. Un estanque putrefacto, eso sí, porque la gente que vive en los barcos arroja sus aguas fecales al río entre otros mil millones de basuras posibles. Al menos parecía improbable la probabilidad de caer al agua, no por ahogarse -ya digo que era un remanso- sino por la posibilidad de tragar un poco -igual bastaba el simple contacto- y acabar infectado de una de esas enfermedades raras que House descubre en el último minuto.

También dimos un paseo en elefante. Algo un tanto ridículo, ya que nos querían subir a los tres en el mismo paquidermo junto a un espantajo escuálido, de piel lechosa y mirada extraviada, a cuyo lado no nos queríamos sentar porque además iba disfrazado de explorador decimonónico, con salacot y todo. Al final me tocó a mí el gran cazador blanco mientras mis amigos fueron en el elefante de detrás partiéndose de risa todo el camino.
Nada comparado con el patético intento de ligoteo entablado una noche en un bar con unas bellezas locales. No, esta vez no eran hombres maquillados (vean el patético incidente de Kuakman II) pero el affaire acabó igual. Estábamos tomando unas copas en Bangkok la nuit cuando se nos acercaron unas chicas con ganas de desarrollar relaciones diplomáticas entre Oriente y Occidente. Salvadas con dificultades las barreras lingüísticas -ni unos ni otras fuimos capaces de repetir correctamente nuestros nombres en las presentaciones- empezó la parte antropológica, con las tres tailandesas fascinadas por el hirsuto vello de nuestros brazos, del que carecen los hombres del país. No contentas con la frondosidad de las extremidades nos pidieron ver la del pecho, aunque no se conformaron con la mera observación y pasaron al análisis táctil sin cortarse un pelo, nunca mejor dicho.
Después del test, cuando todo parecía encauzado, llegó la pega. La cosa no era gratuita sino de pago y, como no quisimos acceder ni cuando ofertaron una rebaja, se levantaron cabreadas, se supone que por el tiempo perdido. Eso sí, una de ellas quiso llevarse un recuerdo de España y no se recató en sobarme el culo a manera de despedida; al menos era la más guapa.
Kuakman aún tiene más aventuras en Tailandia. En el próximo episodio, durante una excursión a Chiang Mai, seguirá metiéndose en líos.

Foto 1: bangkok.com

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