Kuakman en el sudeste asiático (IX)



Kuakman se reúne con sus amigos en Tailandia y, juntos, visitan el país. Ni en su compañía es capaz de evitar meterse en líos.
Dejamos Bangkok y nos trasladamos al norte, a la inevitable localidad de Chiang Mai, una ciudad rodeada de montañas y selvas, festoneada por las cúpulas doradas de los templos budistas y tirando a abarrotada de turistas. Para alojarnos elegimos una especie de pensión que tenía una habitación con tres camas y poco más, lo más barato del lugar que conseguimos.
Tras recorrer las calles empezamos a buscar un restaurante donde cenar pero no nos poníamos de acuerdo: yo quería seguir disfrutando de la comida nacional pero uno de mis inefables colegas ya echaba de menos la alta cocina occidental, léase hamburguesas y pizzas. Asimismo, queríamos probar los famosos masajes tailandeses que, no sé si saben, pueden ser de dos tipos: los oficiales, que se dan en los templos, y los no oficiales, que pueden acabar de cualquier manera. Y ahora pensarán que fuimos a dar con uno de estos últimos ¿no?
Verán, durante nuestro tira y afloja gastronómico dimos mil vueltas hasta que nos topamos con un todo en uno, un restaurante que se anunciaba con un irresistible Paella con sangría y masaje (!). Ya, ya imagino que se les habrán puesto los pelos de punta pero nosotros no pudimos resistirnos ante tan convincentes y sofisticados argumentos. Viva la globalización.


Aún no habíamos pedido cuando se presentaron en la mesa las masajistas representando la variedad humana: una guapa sonriente, otra sociable pero fea como un demonio y una tercera seria y algo tosca. Ellas mismas nos sirvieron la paella,  que estaba buena por cierto, sorpréndanse; tanto que la dueña nos confesó que su hermana se había casado con un español, de ahí la exactitud de la receta.
Faltaba el masaje, ansiado y temido a la vez. En una visita al baño pude ver una sesión a través de un biombo y no parecía tener nada anómalo pero una cosa es decirlo aquí y otra estar en el frente. Además, el precio total era tan barato que resultaba sospechoso. En fin, pronto lo sabríamos porque al acabar la cena volvieron a aparecer las tres gracias y, en correcto inglés, nos invitaron a pasar a la sala ad hoc.
Tenía ésta tres colchonetas como único mobiliario. A esa desnudez nos indicaron que debíamos añadir la nuestra, cosa que nos dejó algo confusos: ¿desnudo total? ¿Los tres a un tiempo? ¿Orgía oriental? Pero no, nos trajeron una especie de camiseta sin mangas y un pantalón pirata adornado con motivos orientales que parecía de payaso; muy propio ¿eh? Nos ataviamos con todo ello y esperamos el siguiente paso hombro con hombro, entre risas estúpidas, como si fuéramos adolescentes.

Kuakman no ha facilitado fotos. Esto es una reconstrucción hipotética.

Entonces llegaron las chicas. Por una vez tuve suerte y me tocó la más guapa, que se puso manos a la obra aunque poco a poco empezó a darme más charla que masaje. Y una vez más entrando en temas personales, como el director del hotel de Bangkok: qué edad tenía, si estaba soltero... Me comentó que se sentía sola porque todas sus amigas se habían casado y, de repente, soltó la bomba proponiéndome matrimonio. Religioso además e inmediato: durante la misa del próximo domingo. Ya ven, si en Vietnam me tomaban por un depravado sexual ahora me postulaba como padre de familia ideal.
Aún estaba en shock cuando me percaté que, mientras la chica seria se aplicaba a su labor masajística con encomiable profesionalidad, la más pequeña -la fea, vamos- no paraba de reir de forma incontinente. La risa era porque su cliente, mi amigo, estaba demasiado tenso y no había forma de que relajase los músculos. El caso es que la cosa concluyó sin nada extraño (salvo el hecho de que una desconocida te proponga ser su marido a los diez minutos de conocerte mientras te soba estando vestido de clown), lo que demuestra que no hay que desconfiar cuando en un país extranjero te ofrecen paella con masaje.
Al terminar nos duchamos para quitar el aceite, bajamos a recepción, pagamos el precio acordado y fuimos despedidos con una invitación a volver en otra ocasión. No lo hicimos porque nos íbamos al día siguiente y además decidí que una paella no vale un matrimonio, si bien ahora, en el tiempo y la distancia, me pregunto si no hubiera sido un buen negocio. Al fin y al cabo estaría tratado a cuerpo de rey por una bella tailandesa experta en dar masajes y puede que incluso tuviera mi propio restaurante, a lo mejor no de paella pero sí de fabada.
Por una vez y sin que sirva de precedente, episodio de relax para Kuakman que, no obstante, volverá a las andadas en el próximo (y último), durante su visita a las mujeres jirafa.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Bueno también podía haberle pasado como a Frank de la Jungla, divorciado y pidiendo dinero para sacar a su mujer de la cárcel

Entradas populares de este blog

Las huellas de la Operación Antropoide en Praga (II)

Xocolátl

La Capilla Sixtina: el Juicio Final