Kuakman en el sudeste asiático (VI)

Confiando en tener suficientes medios con un fajo de billetes y una tarjeta de crédito, el inefable Kuakman empieza su recorrido turístico por Vietnam.

Después de Hanoi y Hué conocí la espléndida bahía de Halong. Este lugar que las fotos de los catálogos muestran en radiantes días de sol, pero que en realidad suele estar cubierto por la niebla, de manera que uno sólo sabe que está allí porque ha contratado el pasaje en barco. Por eso encontrarse un triste puré de guisantes en vez de esos fantásticos islotes pétreos aflorando de la superficie resulta un tanto frustante.

Pero la cosa fue aún peor en una excursión por la selva que hice por una isla cercana. Lo que pensé que iba a ser un paseo se convirtió en una interminable marcha legionaria de varias horas, a treinta y cinco grados de temperatura -para eso sí salía el maldito sol- y con unos compañeros que no puedo llamar de fatigas porque el único al borde del colapso era yo; el más joven, para mayor escarnio. Encima nunca había estado en una selva tan rara como aquella, en la que no se veía ni oía animal alguno; ni los cantos de las aves. Así que, quizá para compensar el cansancio, mi mente empezó a imaginar que la ausencia de vida se debía al agente naranja lanzado por los aviones estadounidenses y que aún estaba activo, afectando a todos los visitantes del lugar sin que nos enterásemos. En unos años sufriríamos mutaciones y...

En fin, no hay mal que cien años dure -ni el agente naranja siquiera-, así que terminado el extenuante trekking, llegamos al pueblo donde íbamos a pernoctar. Ignoro si todas eran así o es que a mí me tocó la habitación más infecta del país, pero el caso es que la cama tenía un colchón de espuma vieja, raída, aplastada, con sábanas de un dudoso color blanco que probablemente no se habían lavado en las últimas semanas, por no remontarme unas centurias atrás. En una esquina aún estaban los ajados zapatos del último inquilino, salvo que los anfitriones los hubieran puesto allí a mi servicio, lo que no sé qué sería peor.

Bueno, sí lo sé: el cuarto de baño. Lo de cuarto quizá sea un tanto excesivo, ya que no pasaba de dieciseisavo, y, por supuesto, sin taza; modelo cuclillas al que apenas un par de centímetros separaban -más bien unían- de la ducha, la cual presentaba un aspecto tan vomitivo que uno no sabía en cuál de los dos agujeros sería más antihigiénico ducharse. ¿Algo más? Sí, una ventana que no cerraba bien, quizá para permitir la entrada a los murciélagos vampiro que habitaban en la isla. 

Al menos se comerán los bichos, pensé benévolamente atribuyéndoles el carácter de singular servicio de habitaciones. Pero la conga que se marcaban las rollizas cucarachas al lado de la cama demostraba que no, que vivían y muy bien. Eran tan grandes -¿otro efecto del agente naranja?- que, por un momento, las confundí con los zapatos olvidados. ¿O es que realmente no eran zapatos? No quise saberlo. Salí de allí corriendo como si en vez de insectos hubiera tigres y exigí en recepción que me dieran otro sitio.

La dueña del establecimiento se puso hecha una furia, como si yo fuera un veterano de la Guerra del Vietnam con el que tuviera cuentas pendientes. Pero al final accedió a cambiarme de aposento; imposible que fuera más asqueroso que el otro. Para celebrarlo me fui hasta el único bar que había en el pueblo -y en toda la isla-, donde mantuve un mano a mano cervecero con otros compañeros de excursión hasta el anochecer, anunciado mediante el habitual corte de suministro eléctrico en toda la zona.


Era la señal para irse a dormir, pero caminando a oscuras por las calles no es nada fácil orientarse, créanme, por eso entré en un hotel equivocado; me di cuenta porque en vez de cucarachas había unos recepcionistas durmiendo en colchonetas en medio del vestíbulo. Salí y llegué hasta el siguiente hotel, donde una familia jugando a a la Playstation me indicó que aquél tampoco era el mío. Volví atrás ya que mi sentido de la orientación, aunque algo alterado por las tinieblas (y por las cervezas, todo sea dicho) me decía que tenía ser el anterior, pese a que los ronquidos de los durmientes en el suelo, traducidos al español, insistían en decir que no.

Así que de nuevo me ví junto a la familia. El padre debió pensar que ese turista indeciso iba buscando tema, así que, muy amablemente, me ofreció a su presunta señora. Azorado, rechacé la propuesta y retomé la búsqueda, deambulando perdido por la negrura callejera. Al cabo de unos minutos, en serio, acabé otra vez ante el cabeza de familia, que ahora debió convencerse de que nadie puede ser tan estúpido, y directamente me ofreció a su hija. Una vez más salí disparado y busqué refugio con los morfeos de las colchonetas, a los que desperté sin miramientos. Y ya se imaginarán lo siguiente ¿no?

En efecto, realmente aquél era MI HOTEL desde el principio. Por lo visto las cucarachas se reunían exclusivamente en mi habitación.

En el próximo episodio concluye la estancia de Kuakman en Vietnam. Pero, como comprobarán, por poco se tiene que quedar allí el resto de su vida.

Fotos: Toni Kuakman

Comentarios

Antonio Villabella Patallo ha dicho que…
Uff vaya calore sme entran y no por la temperatura¡ sino de angustia. Muy bueno

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