Kuakman en el sudeste asiático (III)


Recordemos que el inefable Kuakman vuelve a contarnos sus aventuras, esta vez en Tailandia y Vietnam. Tras un inicio de viaje accidentado en Londres, recala en Bangkok para pernoctar antes de tomar una conexión a Hanoi, decidiendo conocer la ambigua vida nocturna de la ciudad. Y a la mañana siguiente...

Hay un refrán de mi tierra que dice "El que va de romería se arrepiente al otro día". Pues tal cual, oigan. Me desperté repentinamente creyendo que todo iba bien porque soñaba que la Afrodita de la noche anterior -que resultó ser un hombre- se me lanzaba encima, cuando me dí cuenta de que había acostado sin poner el reloj. ¡Eran las ocho y mi vuelo salía a las diez!

Por suerte, me conocía lo suficiente como para prevenir mis propios despropósitos y, astutamente, no había deshecho la maleta la jornada anterior, así que sólo tuve que cogerla y pedir un taxi para el aeropuerto. Por supuesto, no todo iba a salir perfecto y los quince kilómetros hasta allí eran de continuo atasco, de tal manera que me ví obligado a ofrecerle una pasta gansa al conductor para que me llevase a tiempo. Pero como dice otro refrán, éste ya nacional, "Poderoso caballero es don Dinero". El coche voló y pude llegar a la terminal, facturar en el mostrador de Air France, pasar el control de seguridad y sentarme tranquilamente en la cafetería a tomar el merecido desayuno del que me había visto obligado a prescindir en el hotel.

Entonces, cuando me deleitaba taza en mano con el último sorbo, éste casi me sale disparado por la boca cual fontana cafetera con lo más horroroso que me podía venir a la cabeza en ese momento, y no hablo del ligue erróneo de anoche. ¡Se me había olvidado coger el fajo de billetes que escondiese en el rollo de papel higiénico de la habitación! Un terremoto de escala ochocientos, un tornado tamaño king size, un tsunami de los siete mares, me sacudió el cuerpo en tres dimensiones y sensurround.

Todo mi dinero estaba allí, tan magníficamente oculto que incluso yo me había ido sin acordarme de él. La maldita resaca. O la maldita mente, que había ideado un escondrijo perfecto. Como impulsado por un resorte, salí corriendo al mostrador de facturación, a ver si la encargada me dejaba salir y regresar al hotel. No fue fácil, con mi inglés de Kuakilandia y el suyo de nosesabedónde, y allí perdí tiempo y más tiempo intentando hacerme entender mientras las agujas del reloj de la terminal avanzaban implacablemente, como si cada minuto se anunciara con una implacable campanada.

La terminal de Bangkok
Al final aseguró no tener autoridad para ello y me remitió al personal de Air France, cuya oficina estaba en alguno de los pasillos del aeropuerto que normalmente no puede usar el público. Los recorrí ansiosamente descubriendo los despachos de incontables líneas aéreas que no había oído en mi vida, hasta que por fin encontré la de la compañía francesa... que estaba vacía, claro.

Ello se debía a que acababan de anunciar por megafonía el inicio del embarque de mi vuelo, así que decidí presentarme allí y explicar mi caso al personal. Corre que te corre durante diez minutos y entonces surgió otro obstáculo. La puerta para embarcar estaba al final de un pasillo en cuyos laterales se abrían diversas salas de espera para los diversos vuelos. Sólo que no se hallaba todo al mismo nivel y se comunicaban por una rampa y una cristalera, de manera que para hacerme ver y oir tuve que ponerme a saltar, gritar y aporrear como un mono enjaulado al que enseñan un plátano desde el otro lado.

Cuando por fin vieron a lo que debieron pensar que era un demente en plena crisis, pese a lo cual me hicieron señales de que podía pasar los muy osados, di la vuelta y subí la rampa a todo correr. Para entonces ya habían transcurrido otros diez minutos. Les narré mi problema y esa vez supe que me entendieron a la primera porque, aunque se giraban para disimular, estaban mondándose de risa. Lo más práctico, decían, sería llamar la hotel y contarlo. Claro, pensaba yo, salvo si tienes que explicar que escondiste tu dinero en un rollo de papel higiénico; así sería trending topic en las redes sociales locales de todo el sudeste asiático en cuestión de segundos, cosa que no me seducía precisamente.

No obstante, puesto en contacto con ellos, los del hotel dijeron que si decidía volver no tocarían la habitación y me dejarían entrar a coger el dinero. Pero apenas quedaban tres cuartos de hora para el despegue ¿Me daría tiempo? pregunté a los franceses. "Je ne sais pas". Pues qué bien.

Cambié de estrategia. De nuevo corrí -brinqué, volé- por los pasillos de la terminal hasta llegar otra vez al mostrador, donde le pregunté a la tailandesa anterior cuánto tardaría un taxi en ir al hotel y regresar. "Para mañana están previstas lluvias" contestó en macarrónico inglés confundiendo el tiempo cronológico con el metereológico mientras yo hacía un esfuerzo sobrehumano por no lanzarme sobre ella a estrangularla. Así pasaron otros diez minutos más.

A veces no se puede luchar contra el destino. Me había convertido en un Sísifo que no sólo tenía que empujar una roca cuesta arriba, sino que cuando ésta caía otra vez lo hacía incandescente y llena de pinchos. Así que tiré la toalla, retorné a la jaula de mono, digo a la cristalera, y volví a hacer las simiescas muecas. El personal de la aerolínea me permitió entrar y me contó que habían llamado otra vez al hotel: la señora de la limpieza había encontrado el dinero cuando hacía su trabajo y ahora estaba en manos del director, que se comprometía a guardarlo hasta mi regreso a Tailandia dentro de una semana.
No había tiempo para más. Subí al avión, donde yo era el único pasajero que faltaba, esbozando una falsa sonrisa de agradecimiento. Sí, el dinero estaba a salvo pero ¿qué iba a hacer una semana en Vietnam sin nada en el bolsillo?

Respuesta: no subestimen la capacidad de Kuakman para sobreponerse... y enredar aún más las cosas, como veremos en el próximo capítulo.

Foto 1: Robert Van der Steeg en Wikimedia
Foto 2: Gronico en Wikimedia

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