Kuakman en el sudeste asiático (II)

Toni Kuakman se embarca en una nueva aventura: vacaciones en Tailandia y Vietnam con unos amigos. Tras un accidentado viaje con final insospechadamente feliz, llega a Bangkok, donde ha de hacer escala hacia Hanoi.

Como decía la última vez, me instalé en el mismo hotel donde habría de encontrarme con mis amigos en una semana. Lo lógico hubiera sido echar un sueño para, por la mañana, despertar sin problemas y tomar el avión que me llevaría a Hanoi. Pero me dio por poner la tele y ver un vídeo promocional del establecimiento, explicando que estaba en pleno centro urbano y rodeado de numerosas atracciones nocturnas. Me pudo la tentación y decidí dar una vuelta.

Eso sí, también advertían contra los robos en las habitaciones, así que tenía que dejar mi dinero a buen recaudo. Lo normal hubiera sido guardarlo en la caja fuerte de recepción pero si las cosas fueran normales no habría nada que contar. Como sólo pensaba salir un rato, busqué escondrijos a mi alrededor. Descartadas por obvias la maleta y bajo la almohada, tuve una idea genial que no se le ocurriría a ningún ladrón, entre otras cosas porque los ladrones no suelen estar mal de la cabeza: metí el fajo de billetes en un rollo de papel higiénico. ¿Qué caco tendría la desfachatez de usar el retrete del sitio donde roba, eh?

Henchido de orgullo por mi genialidad, bajé al vestíbulo, donde me hice amigo de una pareja española y nos fuimos juntos a cenar, pues resulta que ella era una experta en cocina tailandesa y se mostró dispuesta a explicarme los secretos de la gastronomía local. Luego nos acercamos a un mercado nocturno de artesanía, tan lleno de gente como los bares donde paramos a tomar unas copas y que estaban animados por grupos que tocaban en vivo. Así, entre la música, el gentío y el alcohol -fue cayendo una cerveza tras otra- me percaté de la presencia de un grupo de chicas fascinantemente guapas y estilosas.


Tan elegantes y bellas eran que parecían de otro mundo, inalcanzables para un simple mortal. Por eso, cuando una me sonrió abiertamente, no pude evitar mirar a mi alrededor, no fuera a hacer el ridículo contestándole en plan Alfredo Landa y luego resultase que el objeto de su atención sería otro. Pero no, era a mí a quien atendía aquella diosa, acallando el ruido en mis oídos, volviendo mi realidad a cámara lenta y transformando la murga del show en una música celestial.

Así que ya me disponía a acercarme en plan Bogart cuando de pronto empecé a percibir detalles discordantes. La desconocía tenía una nuez más grande que el carpintero de mi pueblo y sus dedos agarraban la copa como lo haría el Estrangulador de Boston con el cuello de una víctima. Tenía que pasar, claro. Resultó que la beldad ¡era un hombre! Como en Con faldas y a lo loco pero sin la gracia de Joe E. Brown al final. Y todas sus compañeras también eran de sexo masculino.

Sonó la alarma interior y mi reloj mental me indicó que era la hora de volver al hotel. Me despedí de la pareja española y salí casi corriendo, echando miradas furtivas hacia atrás por si me seguía aquella versión oriental de Conchita Wurst.

Kuakman se salvó por los pelos pero no desesperen. En el próximo post verán que es capaz de complicarse aún la vida, para nuestro solaz.

Foto 1: Mathias Krumbholz en Wikimedia

Foto 2: bangkok.com

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