On the beach


Dado que estamos en verano, que apenas he podido ver el sol y que menos aún lo veré si se cumple el plan de pasar las vacaciones estivales en Escocia, no está de más consolarse atendiendo al peligro potencial del astro rey para nuestra salud y recordando un caso vivido hace unos años en África. Fue una experiencia extraña, algo esotérica, como verán.

Después de un intenso viaje por Uganda y Ruanda pasé los últimos días del periplo en Lamu, un archipiélago situado en el océano Índico que pertenece a Kenia y del que ya hablé en alguna ocasión. Una de las jornadas en aquel paradisíaco rincón africano empezó con una tranquila y convencional mañana de playa.

Como ya sabía lo agresivo que puede ser el sol ecuatorial, tal como sufriera mi espalda durante poco más de una hora de snorkel en Panamá el año anterior, esa vez me embadurné de crema protectora como para detener una bala y repetí la operación cada quince minutos de forma casi obsesiva. Digamos, de paso, que la playa de Lamu es enorme, kilométrica, y está casi completamente vacía; sólo algunos camellos y algún ocasional lugareño conduciendo una reata de burros altera la tranquilidad. Por eso cuando nos retiramos para comer, no pudimos evitar pasar ante tres compañeras del viaje que acababa de aposentarse sobre las dunas y, según nos dijeron, tenían intención de tostarse relajadamente.

La inmensa -y vacía- playa de Lamu.
 Pues bien, a una de ellas se le fue la mano. Por la noche, una amiga nos explicó que estaba bastante quemada por el sol y nos pidió un aftersun. Al llevárselo descubrimos espeluznados que aquello eran más que quemaduras normales. Su piel no estaba del color rojo gamba que habitualmente vemos ostentar en el Mediterráneo a los anglosajones; ella alcanzaba un escalón más en la escala cromática y el tono era más oscuro, ligeramente amoratado. En lugar de broncearse en una playa parecía haberlo hecho en Chernobyl y daba la impresión de que si le pasásemos un contador Geiger se pondría a pitar de forma desenfrenada.

El símil es oportuno porque era como para poner los pelos de punta, máxime si se tiene en cuenta que yo, poco antes de empezar las vacaciones, había revisado On the beach, una película de Stanley Kramer basada en la novela de Nevil Shute que aquí se tituló La hora final. Cuenta cómo, tras una guerra atómica, el mundo queda destruído y los supervivientes se juntan en el único país que se libró de las bombas, Australia, aunque están condenados de todas formas porque la nube radioactiva avanza hacia esas latitudes inexorablemente. Y cuando finalmente llega...

No abundan los turistas pero sí un fortín, camellos...
Bueno, el caso es que nuestra compañera no se había echado crema -"No sé por qué", dijo-, con lo que el adverso efecto no era sólo en la piel; también tenía dolor de cabeza, vómitos y malestar general. Tanto como para que al día siguiente se quedara en el hotel mientras los demás visitábamos el casco antiguo de Lamu Town. Lo malo es que inmediatamente después terminábamos nuestra estancia en Lamu y embarcábamos en una avioneta para regresar al continente. Ese trayecto se salvó sin mayor dificultad, dada la escasa distancia. Pero luego tocaba esperar varias horas en el aeropuerto de Nairobi para coger el vuelo de conexión a Bruselas y, desde allí, a España.

...y burros, muchos burros.
 Ese tiempo en la terminal fue agónico. Entre su estado físico, el abarrotamiento de gente y la música ambiental repetida en un machacón bucle infinito, hora tras hora ella se iba poniendo peor y, ante la posibilidad de que no la dejaran volar en esas condiciones, le sugerí una visita a los servicios médicos del complejo. Me hizo caso y poco después nos atendió una voluminosa enfermera ugandesa que la vio tan mal como para recomendar su ingreso en un hospital; pero la idea de quedarse allí y depender de la sanidad keniata la horrorizó y se negó. Ni siquiera aceptó una inyección, no sé si por temor a la no esterilización de la aguja o a su enorme tamaño- y al final sólo nos llevamos paracetamol.

Ignoro cómo terminó la cosa porque ella se pasó las diez horas en el avión durmiendo y terminábamos viaje en ciudades diferentes, así que no volví a verla, aunque imagino que en España sí acabaría hospitalizada.

Fotos: Marta BL y JAF

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