Grandezas y rarezas de Arucas

Es una interesante experiencia alquilar un coche e ir visitando las diversas localidades de Gran Canaria por carretera. Muchas no tienen nada de especial pero de vez en cuando te topas con alguna que desconcierta, como es el caso de Arucas

Originariamente fue un asentamiento indígena (de los arehucas, de ahí el nombre), si bien no se conserva nada de esa época al haber sido destruido en 1478, lamentablemente. De hecho, la parte histórica es de finales del siglo XIX y sólo es anterior la ermita de San Pedro (del XVIII, tampoco hay que ir mucho más atrás).

Aunque tiene categoría de ciudad lo es sólo por concesión de la reina regente María Cristina en 1894, ya que apenas sobrepasa los treinta y cinco  mil habitantes, así que tampoco esperen grandes avenidas ni rascacielos, más allá de un jardín botánico o la fábrica del ron homónimo, la más grande de Canarias. 

Y, a propósito, ahí entramos en materia. En Arucas sí que hay un par de cosas destacan por un tamaño y una espectacularidad que, en cierta manera, parecen fuera de lugar, como si alguien los hubiera dejado caer allí desde el cielo o, al contrario, hubieran brotado de la tierra como la proa de un submarino emergiendo entre las olas. 

Una de ellas  es el volcán, ahora apagado, en cuya falda se asienta la población y que es conocido, no muy imaginativamente, como Montaña de Arucas. No es que sea muy alta en sí (poco más de cuatrocientos metros, más los del mirador que lo corona), pero en una de sus laderas tiene una extraña depresión en el terreno con forma de huella; quizá un guiño de la Naturaleza en recuerdo de Doramas, el caudillo aborigen que dirigió la resistencia contra la conquista castellana y que, finalmente derrotado y ejecutado, se supone que fue enterrado allí.

La otra rareza sí que asemeja ser una estrambótica intrusa: es la llamada Catedral de Arucas, un templo descomunal de sesenta metros de altura (de nuevo el mas grande de Canarias) que parece haber sido erigido en el lugar erróneo. En realidad no tiene categoría de catedral, ni siquiera de basílica, pero la llaman así por su imponente aspecto.

Se asienta en el mismo sitio donde se levantó la ermita de San Juan Bautista a principios del siglo XVI, nada más pacificarse la región, ya que el edificio actual es muy posterior: se empezó en 1909 y no se concluyó hasta 1977, aunque su inauguración para el culto fue en 1917.

De inconfundible estilo neogótico, según el diseño del arquitecto Manuel Vega March, no faltan abundantes elementos típicos como torres, pináculos, rosetones, vidrieras y arcos ojivales (todo ello labrado en basalto, que le confiere un extraño tono negruzco al conjunto) y, en el interior, más sobrio, tres naves (la central el doble de ancha), crucero, tribuna, girola y capillas. De la ornamentación cabe destacar el retablo, pinturas de las escuelas andaluza y flamenca y un Cristo yacente firmado por el escultor canario Manuel Ramos.

Pero todavía podría mencionar otra curiosidad aruquense, estrambótica, fascinante y, para muchos, desapercibida: una solitaria y espigada palmera que se yergue al lado del templo, como intentando rivalizar con él en altura. Otra rareza que brota de la tierra, larga como un día sin pan y de copa perfecta. No sé si tendrá su historia detrás pero me resultó lo suficientemente llamativa como para pasar a mi posteridad fotográfica.

 Foto: Marta B.L.

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