Más sobre Bocas del Toro


Después de descubrir algunos encantos de Bocas del Toro (Panamá) en el último post, no sin cierta reticencia egoísta de quien en el fondo desea que nadie más lo conozca, para preservarlo de la invasión del turismo masivo, he llegado a la conclusión que eso es algo que terminará ocurriendo inevitablemente, quiera o no. Es cuestión de tiempo. Así que contar una experiencia no sólo no será malo, ya que no se puede detener el tiempo, sino que puede servir de acicate a alguno para visitar ese sitio antes de que se transforme

En fin, si el otro día me centré en Isla Colón hoy es el turno de hablar de otras. Antes, un apunte anécdotico sobre el nombre del archipiélago, que no tiene nada que ver con la boca de ningún toro sino que haría alusión a un cacique indio llamado Bokatoro que mandaba allí cuando llegaron los españoles. Es sólo una teoría pero tiene su gracia.

Ya no es tan divertido lo que les ha pasado a muchos extranjeros que, subyugados por el encanto local, decidieron quedarse y adquirir una casa. Una vez pagada, descubrieron que los vendedores no eran realmente los propietarios, así que en los juzgados hay unas cuantas causas pendientes de resolución. El hecho de que, además, últimamente se hayan producido algunos robos a turistas, sobre todo cuando están bañándose en la playa, indica que no todo el monte es orégano en los paraísos ignotos.

Cuidado con las casas: muy bonitas pero pueden traer problemas legales.
 Bueno, al grano. Una vez que conozcan Isla Colón llegará el momento de saltar a otra y la elección más obvia es la vecina Isla Cristóbal (no se estrujaron mucho el cerebro para el nombre, ¿eh?), ya que en ella está uno de los escenarios estrella del archipiélago: la laguna de Bocatorito, también conocida como Bahía de los Delfines

La razón: manadas de estos cetáceos viven en ella. Nadan y resoplan en sus aguas, mansas y cristalinas como un espejo, cruzándose juguetonamente ante la proa de las lanchas. Evidentemente, éstas deben navegar muy despacio y sus ocupantes no pueden bañarse allí; claro que apenas tendrán tiempo porque estarán contemplando atónitos el espectáculo o sacando humo de sus cámaras fotográficas.

Los delfines, fáciles de ver pero muy difíciles de fotografiar. Conviene poner el modo multidisparo.
En la misma isla hay una comunidad indígena que se puede visitar. Otra opción es ir hasta Cayo Coral, un minúsculo pedazo de tierra redonda ubicado entre las islas Bastimentos y Popa. Como indica su nombre, está rodeado de arrecifes coralinos en aguas muy tranquilas y poco profundas que las hacen idóneas para practicar snorkel. En la lancha suelen facilitar el equipo (gafas, tubo y aletas; no hace falta chaleco porque se hace pie). Corales, pargos, peces sargento, calamares y holoturias son parte de la silenciosa fauna multicolor que se verá. 

Comedor del restaurante de Cayo Coral. En la foto de cabecera del post se ve un plano general.
Después de esa apasionante experiencia, cuyo mayor peligro no son las barracudas ni los peces sospechosamente parecidos a pirañas (aunque de agua salada) que me obligaron a alejarme de su barrio a base de pequeños mordiscos, sino el implacable sol tropical, que quema a base de bien aunque el día sea nuboso y sople fuerte viento; después de esa experiencia, digo, nada como recuperar fuerzas allí mismo, en un restaurante palafito, sin paredes y de techo de paja, en torno al cual pululan miles de peces en busca de las migas que caen desde arriba..

El regreso a Isla Colón se hace recorriendo la costa de Bastimentos, protegida como Parque Nacional y llena de manglares, cocoteros, pequeños hoteles-cabaña sobre el agua, pelícanos pescando y, al fondo, la salida hacia mar abierto emtre las dos islas, delimitada por el romper de las olas en los arrecifes. Se entiende que los aficionados al surf suelan acercarse; también quien practique submarinismo tiene su santuario: Olas Chicas.

La costa de Bastimentos. Al fondo, donde rompen las olas, mar abierto.
El último núcleo antes de llegar es Punta Juan Brown. Por cierto, este apellido es bastante habitual en Bocas del Toro; lo tenía también nuestro guía local, un peculiar tipo clavado al actor Bubba Smith -aunque sus amigos lo comparaban con Mike Tyson-, que solía trabajar para el Smithsonian guiando a sus científicos por la selva en busca de serpientes y que a echar salsa picante a la comida le decía "vamos a darle un poco de mala vida".

Foto de despedida con Brown, el guía.

Fotos: Marta B.L.

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