Excursión a las islas Sarónicas: Poros, Hidra y Egina


Hay dos cosas que abundan en Grecia hasta rebosar, chorizos aparte: ruinas arqueológicas e islas; a menudo, ambas cosas combinadas. Los rincones insulares más famosos son Santorini, Mykonos, Corfú, Naxos, Rodas y Creta, por citar los que se me vienen a la mente de buenas a primeras. Pero si se va a permanecer unos días en Atenas es típico dedicar una jornada a hacer una excursión en barco por tres islas Sarónicas, las que están en el golfo homónimo, frente al Pireo y al lado de Salamina.

Se llaman Poros, Hidra y Egina. Hay más claro, pero el minicrucero típico suele ser por ese trío. Es una experiencia que se puede improvisar, sin necesidad de reservar con demasiado tiempo; los hoteles mismos ofrecen la posibilidad. Un autobús va recogiendo a los clientes de puerta en puerta y los traslada al puerto para embarcar en una nave no muy grande, similar a un ferry.

Durante el trayecto se puede deambular a discreción por las cubiertas, pasando por encima de los pasajeros acomodados en el suelo, en busca del mejor punto para conseguir la foto deseada. Quien lo prefiera, o se sienta azotado por el viento, o acalorado por el sol (las zonas de sombra enseguida quedarán ocupadas), dispone de comodidades en el interior, como cafetería, restaurante y, en algunos barcos, piscina o discoteca.

Poros 

La primera isla que tocamos fue Poros, que se encuentra a unos cuarenta y ocho kilómetros de El Pireo y a un par de cientos de metros del Peloponeso. Es una abrupta elevación de tierra formada, en realidad, por la unión de dos islotes que apenas suman treinta kilómetros cuadrados y donde lo más destacado es la torre del reloj del pueblo: construida en 1927, tampoco se trata de una belleza excepcional, sólo que porporciona una panorámica de los alrededores al ser el punto de observación más alto.

Ésa es su baza pero también su pega. Entre el lento proceso de desembarque y la cola para subir hasta ella, pasa la hora establecida de visita, de manera que uno tiene que regresar precipitadamente para no quedarse en tierra. Y, así, se queda sin ver nada más: ni museo arqueológico, ni los restos del templo de Poseidón, ni las fachadas neoclásicas; corriendo a bordo para la siguiente escala.

Hidra

Es el doble de grande que la anterior y se alza frente a la Argólida. Su orografía también resulta un poco más suave, evitando así las frustrantes aglomeraciones. Por todo ello se estipula un tiempo de estancia más largo, que permite elegir entre darse un baño en la minúscula playa local o dar un paseo para conocer el lugar.



La zona principal es el puerto, lleno de restaurantes y puestos de venta de artesanía tradicional. La gracia de Hidra está en que no se permiten vehículos a motor, por lo que los desplazamientos se hacen en el coche de San Fernando (ya saben, un rato a pie y otro rato andando) o en burro; las reatas pasan continuamente mostrando la imagen más pìntoresca, constituyendo el gran atractivo para los niños y dejando un poco de color local... marrón; un rastro de heces marcando el camino.


Bordeando los acantilados por un sendero flanqueado de de lujosas villas de piedra, resultado del establecimiento allí de ricos navieros decimonónicos, pero que hoy están en manos de celebrities, se llega a un molino tradicional desde el que se ve una perspectiva del puerto.  Y entonces toca apurar el paso para volver a embarcar. Desde la cubierta, ya zarpando, se veía a algunos rezagados corriendo inútilmente, mientras sus familiares gritaban desconsolados desde la amura; parecía la separación de Marco y su madre.

Egina

El barco navega de nuevo en dirección a Atenas, pero antes de llegar atraca en Egina, situada a veinte kilómetros y con nombre de la ninfa amante de Zeus (bueno, una más de su colección) en la mitología clásica. El trayecto coincide con la comida, que va incluida en el precio y es amenizada por un grupo de danza folklórica ataviado a la manera tradicional. Uno de los bailarines, por cierto, es el doble perfecto de Iñaki Urdangarín, lo que infiere a aquel momento un aire algo esperpéntico, ya que tenemos que compartir mesa con otros pasajeros y entre ellos figura también un sosias de Filemón Pi (sí, el de Mortadelo), que viaja acompañado de su madre y parece tan memo como el original.


Egina ya tiene un tamaño considerable, en torno a noventa kilómetros cuadrados, por lo que visitar sus principales atractivos requiere una de dos:  coger un taxi en el puerto o contratar una excursión en autobús antes de bajar, pagándola aparte. Viendo el peligro de que el barco se vaya dejándote en tierra, como pasó con Marco, en Hidra, parecía mejor la segunda opción. Así, fuimos primero hasta lo alto de la colina donde se alza un antiguo templo, dórico y de los mejor conservados de Grecia, dedicado a Afaya, versión local de Atenea.


Afortunadamente aquí sí hubo tiempo de sobra para verlo  y fotografiarlo a fondo. Lo mismo se puede decir de la siguiente visita, el monasterio de San Nectario, cuya iglesia es la de mayor tamaño del país aunque no tenga más interés (es de mediados del siglo XIX) que la tumba del santo. Por último, aún restó algún minuto -uno o dos, tampoco echemos campanas al vuelo- para descansar en el puerto y fotografiar los barcos pesqueros.

En fin, de vuelta a Atenas, el autobús deja a cada turista en la puerta de su hotel y se habrá vivido una experiencia diferente y curiosa en la capital.

Fotos: Marta BL

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