El Cementerio Judío de Praga


La parte turística de Praga está dividida en cinco zonas: Hradcany (la ciudadela donde se ubican el Castillo y la Catedral), Malá Strana (que acoge al famoso Niño Jesús y el Muro de John Lennon), Nové Mesto (Ciudad Nueva, de los siglos XVIII-XIX), Stare Mesto (casco histórico municipal) y Josefov (Barrio Judío). 

Esta última es presentada a menudo como Museo Judío en conjunto, dado que la visita habitual implica entrar a las cinco sinagogas, la Sala ceremonial, el Centro de Educación y Cultura y, sobre todo, el cementerio, con una misma entrada. De hecho, se podría escribir un libro entero sobre todo esto así que hoy me voy a centrar exclusivamente en el camposanto, un rincón que por sí solo es motivo suficiente para viajar hasta la capital de la República Checa.

Los senderos para los visitantes discurren entre masas amontonadas de tumbas y estelas funearias.
Fue creado en 1478 (aunque la tumba más antigua, la del poeta Avigdor Kara, es anterior, de 1439), para sustituir al anterior, descubierto en 1866 en la Nové Mesto y desde el que se trasladaron algunas lápidas góticas, hoy exhibidas en la parte interior del muro que rodea el recinto.

El problema de los cementerios es que les pasa lo mismo que a las bibliotecas: los fondos se incrementan continuamente y poco a poco van quedándose sin espacio. Eso mismo ocurrió en Praga cuando ya no se pudieron hacer más ampliaciones, obligando a enterrar los cuerpos unos encima de otros con capas de tierra superpuestas.

La sangre azul de Hendela Bassevi se nota en su lápida
Cosas de la Ley Judía (Halajá), que prohibe destruir o desplazar las tumbas. Así, se llegan a contar doce niveles en los que descansan los restos de unas cien mil personas: el aforo de un gran estadio de fútbol enlatado en una hectárea encajonada entre las sinagogas Pinkas y Klausen y la Sala de Ceremonias, si bien sólo hay doce mil lápidas

 Si el visitante se extraña de que esas estelas sean de fechas muy distantes entre sí pese a estar juntas (más bien agolpadas en maravilloso desorden, lo que obliga a caminar exclusivamente por los senderos trazados ad hoc) es porque las más añejas se recolocaban en la superficie para que no quedaran enterradas cada vez que se incrementaba el nivel.

Pero todo tiene un límite y hubo que decir basta. Las bibliotecas empiezan a digitalizar sus libros liberando espacio pero los cadáveres no de pueden transformar en PDF. Moses Beck tuvo el honor de haber sido el último inquilino admitido en el cementerio en 1787; ocupa una esquina.

Sin embargo, su sepulcro no es el más visitado porque para eso están los del alcalde Mordechai Maisel, el astrónomo David Gans, el científico Josef Shelomo Deldemigo, el rabino y bibliófilo David Oppenheim y, sobre todo, el maestro Jehuda Liwa Ben Betzalel, más conocido como el rabino Löw, a quien, entre otras hazañas legendarias que algún día contaré, se  atribuye la creación del Golem (un ser antropomórfico hecho de barro al que se insufló vida y cuya misión era defender a los judíos de los ataques cristianos).

La tumba del rabino Löw, con piedrecitas y papeles depositados sobre las molduras en señal de respeto.
La tumba de Löw es fácil de distinguir porque su lápida suele estar cubierta con pequeños guijarros y papeles expresando buenos deseos. También llama la atención la de Hendela Bassevi, esposa del primer noble judío de Praga, por su belleza ornamental. Y otro rincón especialmente emotivo es el túmulo Nephele, donde eran enterrados los bebés y niños menores de un año.

Fotos: JAF

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