Un viaje a Medellín

 

Si hace unos días me preguntan qué sabía de Colombia en general y de Medellín en particular la respuesta hubiera sido algo escueta. Que es el país de Juan Valdés, de una cantante que ha perdido enteros desde que se hizo del Barça, de un Nobel de Literatura que pidió eliminar la ortografía, de un artista obsesionado con la gordura y, hace años, de unos futbolistas que parecían sacados de un frenopático (recuerden el peinado imposible de Valderrama o el juego portero-delantero de Higuita).

Si nos circunscribimos a Medellín, la cosa se reducía aún más. Su personaje más conocido era Pablo Escobar y su motor económico el narcotráfico. En mi caso incluso podía sumar una película colombiana sobre ese tema, titulada Sumas y restas, interesante pero en la que me resultó imposible entender una palabra de los diálogos excepto la expresión "hijo de puta" (pronunciado algo así como higoeputa), que los personajes repetían en todos y cada uno de sus diálogos, como si el guionista fuera Marlo, el de La hora chanante.

Por tanto, cuando el Convention & Visitors Bureau de Medellín me invitó a visitar la ciudad en un blogtrip en representación de La Brújula Verde, otro blog con el que colaboro, dije que sí, entusiasmado con la oportunidad de conocer un lugar al que quizá nunca se me habría ocurrido ir de otra forma. Sólo eran tres días, lo que significaba que casi emplearía más tiempo en los desplazamientos, pero ya saben lo del caballo y el diente.

Eso sí, aunque me pagaban viaje y estancia, el traslado a Madrid desde Asturias, donde vivo, era cosa mía. Lo hice en tren, empezando una aventura digna del inefable Toni Kuakman. Y es que ver aparecer a mi compañero de asiento con los ojos vidriosos, la nariz como un pimiento y un pañuelo pringoso en la mano puso en DEFCON 1 todos los sistemas de alarma de mi organismo. Oteé el entorno en busca de una plaza más segura pero el vagón iba lleno, así que entre la guerra bacteriológica y que mis defensas naturales se desplomaron al ver una de las películas con las que suele solazarnos Renfe, Crepúsculo: amanecer, me di por infectado irremisiblemente.

Como al día siguiente el avión salía a las 8:00 y yo debía estar en el aeropuerto dos horas antes, tuve que tomar un taxi a las 5:00, ya que el Metro está cerrado a esas intempestivas horas (ah, la dulce vida en el Paleolítico, sin horarios absurdos). La broma me costó treinta y cuatro euros con el añadido posterior, a mi regreso, de que los listos de Radiotaxi se niegan a hacerte facturas si no firmas un contrato previo con ellos.

Un madrugón para nada, porque el vuelo se retrasó dos horas (Barajas es Barajas): primero porque se empeñaron en llamar a una pasajera que no aparecía y luego por no sé qué problema con el sistema que suministra oxígeno a las mascarillas. Cuando por fín despegó, el comandante aseguró por megafonía que no nos preocupáramos porque llegaríamos a tiempo para las conexiones en Bogotá

Así pues, todos le hicimos caso y nos dispusimos a sobrellevar las diez horas y media de trayecto como  pudiéramos. La mayoría del pasaje era sudamericano y, por tanto, abundaban los niños más de lo habitual en estos casos, con todo lo que ello implica. Afortunadamente, Avianca tiene un moderno sistema de ocio a bordo, personalizado, para poder elegir película sin tener que tragarse crepúsculos a la fuerza. 


Aunque el mayor entretenimiento fue contemplar las evoluciones de la pasajera de la fila de al lado. Era una especie de Sandra Bullock, de llamativa vestimenta -tacones inacabables, escote vertiginoso-, que ya atrajo mi atención cuando le echó una bronca a otro viajero que tardaba demasiado en colocar su maleta en el portaequipajes. Pero es que nada más sentarse, y después de usar el smartphone pasándose por el forro la prohibición de apagarlo durante el despegue, sacó una botella de ginebra que la azafata le tuvo que requisar hasta destino. 

A partir de ahí ya no pude dejar de observar fascinado, uno tras otro, sus arranques de originalidad. Como al usar cíclicamente un espejito y un pequeño estuche de maquillaje (algo que, por cierto, contemplé muchas veces en Colombia) para cuidar su cutis. O, tras poner un filme, no sólo reirse en alta voz con las escenas más divertidas -el llevar cascos la hacía aún más estentórea- sino que las aplaudía con entusiasmo. Y cuando en un momento dado sintió frío -en eso era igual que los demás, ateridos por el aire acondicionado- no se puso por encima una manta, un jersey o una chaqueta; abrió el compartimento superior del equipaje y sacó un espectacular abrigo de pieles.

En fin, al aterrizar finalmente Bogotá me olvidé rápidamente de Miss agente especial porque el reloj, debidamente adaptado al cambio horario, revelaba que el comandante mentía o se equivocaba: llegábamos muy justos para las conexiones, como verán en el próximo post.

Foto 1: Martin St-Amant en Wikimedia
Foto 3: Avianca Facebook

Comentarios

Luis Tamiche ha dicho que…
Unos de mis mejores viajes que tuve fue ese. Los agente de viaje son excelentes y la atencion ni se diga pues. Para mi unas de las miejores la verdad. Espero pàsar pronto nuevamente y contar con ellos.
Fuente:galapagos islands 4 day cruise

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